Siempre perdiendo

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Una vez me perdí en casa de unos amigos multimillonarios. A mí me daban un trabajo de tres horas y, al finalizar mi jornada, me invitaban al bar de la carretera a los recién llegados Barceló y Brugal (que venían proponiéndose desplazar al Cacique y el Pampero) para los amantes del ron, que se necesita tener mal paladar, entre los que a veces me contaba. Claro, nos daban las tres de la mañana y alguna que otra vez terminé en su casa donde, ya digo, me perdía, y no una vez, sino al menos dos veces e incluso tres. En las paredes había dos cuadros míos (uno un regalo que le hice a su pequeña por la comunión y otro que me pillaron algún día por unas 20.000 pesetas) y, acompañándolos, dos Canogar, un Saura, grabados de Chillida y alguna boutade de Tàpies. Yo me preguntaba por qué dos Canogar si un Canogar ya es la obra íntegra de Canogar. Cualquier Canogar es siempre el mismo Canogar que otro Canogar, que tanto les flipaba a mis jefes. Y con el resto de los que había en esas paredes es lo mismo, incluido yo, que con lo que me dio de mis exposiciones en ayuntamientos me fui una semana entera a Roma a beber vino rosso en casa de un amigo. Las vanguardias artísticas, que se dieron a principiar con un grito, nos vinieron a decir, entre otras muchas cosas, que lo que un artista es y lo que representa, aunque no representaran nada, es un poquito las dos caras de una moneda de veinte duros. Junto con el espectador conformaban el híbrido de eso que a veces se llama arte, un concepto muy ambiguo con el que se sigue jugando y del que yo, debido a que me aburre, me he desfasado de cómo le va hoy en día. Claro, el verdadero arte donde yo debía de andar según cruzaba las esquinas de las paredes adornadas por lo que ya he contado, era encontrar la cocina, que parecía sacada del Traffic de Tati, y la cosa podía llevar su buen rato. No digo ya encontrar el vaso, el café, la leche, el azúcar y la cucharilla, no fuera a ser que me pillaran moviéndolo con el dedo. Y para acertar con el botón del microondas no digo nada. En fin, que era más o menos buena esa vida, pero que sin ser uno de los artistas preferidos de tu amigo pudiente también se está muy bien. A veces les echo de menos en plan tomar alguna que otra caña e idear un poco unos imposibles. Hasta donde sé, se retiraron a un pueblo desierto, quizá a una casa todavía más grande. Y no me han invitado, no.

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Influido por una cita extraída del Podcast del grupo (amigo) No vuelvas por aquí, en entrevista al cantautor Nacho Vegas, que mea colonia desde la naturalidad y con menos necesidad de despeinarse de la que podría tener Guardiola -es sólo cuestión de bagaje, aunque el bagaje también se trabaja, supongo-, me he puesto a leer a un autor norteamericano que desconocía y que a Nachete, por lo que dice de otra manera, le mola mil (también le pasa con Houellebecq, del que ya hablaré si mi mundo internético preferido -que, con la tontería, son más de diez personas- deja de hacerlo). El caso es que me he puesto con Dennis Cooper (quince páginas). Bien, me gusta esta mierda. Lo digo en serio. Pero necesito matizar que no estoy de acuerdo con lo que me encuentro en la solapa. Eso de las comparaciones con Sade (aburrido precursor de no sé muy bien el qué, aunque lo sepa), Bataille y Genet. A ver, que entiendo a qué viene como consumidor de anuncios que he sido, pero que a Genet no lo veo por ninguna parte en Dennis Cooper y no me parece justificado en el hecho de que el señor Cooper, como el otro, y como Nachete -y como yo un día de estos- le haya dado uso al jaco; y a Bataille tampoco lo veo (y no tendrían que perdonarme esto ni Nachete, ni Dennis Cooper, ni la librería -estupenda- Tipos Infames, donde voy ahora mucho, sino el responsable de poner esa barbaridad que, con la tontería, me ha llamado gilipollas). Que la treta es idéntica a la que usaron para vender a Bukowski necesitando mencionar a Henry Miller -prosista, como los del ejemplo que he usado originalmente, mucho mayor, capaces de crear imágenes, de hacer poesía en un sentido del que uno ve pocos supervivientes-, y que huele mucho y desde hace mucho por parte de según qué editoriales vivísimas (aún) y pudientes (¡compro Nabokov! repetía Herralde en una concentración del sector europeo -con Calasso o Schiffrin entre el grupo de oyentes- por allá por Maastrich ante la estupefacción de un montón de señores que observaban, entre la risa floja y esa vergüenza que siempre es propia pero que llaman ajena, comportarse al notas como si aquello fuera Wall Street -que sí, que terminaría teniendo a su Nabokov, sí, no puedo saber a qué precio-). Que el asunto es muy fácil. Que, caso de ponerlo, me cuenten también a qué se refieren. Que la gracieta de los bajos fondos, de lo turbio, de excesos que a saber a qué palacio de dorados o latas de atún vacías te conducen la pillo, pero que no todo van a ser ocurrencias en la literatura, aunque también puedan -y deban- serlo.

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Vale, no es que yo haya sido un currante nato, pero he pasado por bastantes trabajos malos (cortador de hierro aspirante a saber soldarlo, bedel, mayordomo, cablista, repartidor, preparador de mesas de comedor -¿No querrán que añada los que he hecho por menos beneficios aún? Llegaré a ello-). Si alguien me pregunta qué eres, digo que vago. E incluso, si cuadra, añado que bastante poco apañao, sosote y agigolao, algo inútil, vaya, pero buena gente etc… lo que puede ser hasta cierto, o muchas veces sin duda lo es, salvo las veces que pienso en planes para destruir la humanidad por diversión y, como no suelo tener tiempo, si acaso doy ideas por las redes a alguien que sea más emprendedor. Bien. Otra cosa es que me pregunten en qué trabajo. ¿Jubilado? ¿Pijo? ¿Discapacitado? Distinto es cuando me cogían en alguna revista. Al menos podía decir: Reseñista (nótese que no digo “crítico”), y, bueno, pues vale. Vale, no sé, yo no hago o no suelo plantear una pregunta tan directa como ¿A qué te dedicas? Quiero decir, así, de sopetón. Pero es una pregunta muy común, incluso se puede hacer, pongamos, con la mejor intención. A veces digo ¿Qué haces? o, más veces, ¿Qué tal? Pero… mejor si sale de la otra persona responder, sin pregunta. A lo que voy, bastantes personas que me quieren bien se confunden en una cosa, lo hacen para que me anime, para llamarme al orgullo o algo parecido. Que diga que soy escritor, dicen. O, peor, poeta. Pero es que hay veces en que te presentan así a los demás. Yo voy a seguir a tope con vosotros, Pardié… reconozco que es mejor que cuando alguien (o yo mismo) me presentaba como Esquizofrénico. El juego es similar y muchas veces se queda en juego, pero ¿No comprendéis que es indignante?

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Una tarde de estas conocí a una conocida de una amiga en un bar de raciones. Yo soy Alberto ¿Cómo andamos? Yo me llamo Jimena y no me puedo quedar mucho porque he quedado con unos amigos para leer mis poesías en bla bla bla… es que soy poeta. Y se queda mirando la ventana, por donde entra un rayo último de sol la mar de agradecido. Qué interesante eres, Jimena. Por cierto, cinco minutos a mí me da para paja compartida en el baño.

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