Ser leyenda manque pese

Hace algo más de un año hube de acudir a una cita de motivos artísticos. La cosa tenía que ver con una carrera que yo había decidido abandonar para darme inicio a un trabajo como monitor de cocina consistente en poner orden en el comedor de una granja-escuela. Allí reparé que alguien no cesaba de mirarme. Procuré devolver la mirada. Implicaba curiosidad de parte de esta persona. Simplemente sonreí. Me preguntaba si era yo la leyenda Alberto Masa, que me seguía por las redes sociales. Dije que de leyenda nada, aunque comprendía dimes y diretes en la facultad y todo eso. Me dijo que seguía mucho mi web. ¿Qué será hoy día de mi web? En esa época la procuraba más mimos. Le dije que iba a por una cerveza, que si quería algo. Me dijo ¿Ves? La cerveza y Alberto Masa, sin duda eres la leyenda. No sabía que existieses. De verdad que algo loco hay por la facultad, pero son inócuos, termino llevándome bien. Esto no es ninguna leyenda, amigo. ¿Ves? Pues no, no lo veía, o no quería verlo.

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Una ligera nota a pie acerca de La Leyenda: Es mentira que la figura Alberto Masa se encuentre representada por 200 monos escribiendo sin descanso en el edificio B de una multinacional española (sí, tiene gracia eso de multinacional y española; los monos somos conscientes de muchas cosas).

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Llevo muy mal el hecho, propagado por gente de mi pasado y multiplicado por mi labor -del todo desinteresada- en las redes sociales, eso de ser una leyenda. Es más: La leyenda. Llevo muy mal que decidan no atenderme en los restaurantes debida la acumulación de personas que desean hacerse un selfie con mi cara, no obstante, muchas veces atolondrada. Llevo muy mal que los camareros no atiendan mi petición de un pincho moruno (quizá en su cabeza, dirigida estatalmente, aparte por la sociedad del espectáculo, no conciben que una persona como yo pueda tener hambre, incluso dinero para pagar la consumición). De veras, se lleva mal esto de ser una leyenda. Soy el chico la Ciriaca, hostias, nada más y nada menos. Lo demás son sólo palabras (más menores que mayores).

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Ser una leyenda tiene cosas como resultar abordado por dos jovencitos en una terraza (mientras degustas una caña y un pincho de tortilla) y ser preguntado por ellos si realmente existió un hospicio para mentes enfermas, donde uno seguramente nació, y haberse alimentado de pacientes crudos durante toda una vida. Uno ya procura quitar importancia a esos chismes y sonreír en el selfie que colocarán en sus cuentas de Twitter.

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En nosotros, las leyendas, existe un enemigo claro. El asesino de leyendas. Intenta, a toda costa, llamar la atención debido a nosotros. Dice ser nuestro amigo con el claro afán de defenestrar lo que se dice de nosotros. Es capaz de decir palabrotas y de faltar al debido respeto a todo aquel que abogue por nuestra leyenda, el tal y como la ve. A cambio se propone como un/a histérico/a conocedor/a de una verdad que sólo a él incumbe. A las malas son capaces de escupir o tirar del pelo. Conviene no alimentarles demasiado con su comida favorita: Palabras llenas de verdad o vacío.

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Existen dos tipos de personas: Los que somos una leyenda y los que no. Los que no… esperáis vuestro turno en el cuarto de baño de restaurantes muy congregados.

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Sobre la foto: A veces no sé quién ser. A veces chupo del cigarro con tantas ganas que no puedo saber quién de ambos (cigarrillo o yo) acabará consumido primero.

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