Se los entierra. Se los llora. Y al final se los olvida (19/06/10)

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Sólo reconozco las tardes en estos días de lluvia. O lo otro. No sé si es lluvia o lo otro. Esto es, más o menos, lo que dijo Kafka en El castillo. Esto y no otra cosa implicaba, pues, a veces tormentas. Adoro en estas tardes leer a Joseph Roth. Amo a Joseph Roth y a una chavala que he de llamar. La llamo. Comunica. Salta el contestador. Leo a Joseph Roth en alto. Leo a Joseph Roth traducido por Miguel Sáenz, por Jesús Pardo, leo a Joseph Roth traducido por Juan Luis Vermal y revisado por José Vivar. Y luego cuelgo. Es una idiotez, una gran idiotez en la que se disponen varios elementos. Cada uno es una idiotez en sí. Juntos forman otra idiotez. Podrían separarse, repartirse. Podrían llamar ellos y decirle que le aman, sí, a un contestador automático. Uno es igual a uno. Lo dice el presidente de España. Es lo más sabio que ha dicho. Eso y que matarse está muy feo. Yo vivo en España. España es un país. JB, Patxarán, siesta, sueño con nada, me despierto, lloro sin lágrimas, casi es hora de cenar buey. Así es España. En eso estamos de acuerdo casi todos. Bueno, en fin, eso, no, no voy a decir más sobre eso. Tendría que explicarlo pero, la verdad, no sé. No, cómo no. Por qué. A veces las respuestas son una simple perdiz con las alas sin desplegar. Como, he comido. Bueno, nadie es perfecto.

Qué tontada más grande de post. Cierto. Estés de acuerdo o no, cierto. Estoy haciendo una alegoría de las seis y media de la tarde de un sábado. Tengo un amor. Es rubia. O rubio. No me acuerdo. Flaubert escribe a George Sand en el libro de William Gaddis publicado por Sexto piso y traducido por Miguel Martínez-Lage, con prólogo de Rodrigo Fresán, que no se calla nunca. No sé qué le pasa a ese chico, siempre, siempre está cantando y escribiendo. Me gustaría ser él, pero para hacer otras cosas y, bueno, como iba diciendo, le dice Flaubert a George Sand que la peña, la vasca, es detestable y que así va a ser, siempre, siempre y siempre. Y que hay unos que molan, en cambio, que tienen la antorcha, eso dice Flaubert en carta a George Sand, y que esos son la ostia y nunca cambian, pero que vete tú a saber. Los sabios escriben cosas muy bellas, llenas de bonito, lechuga y salsas. Tengo hambre y dónuts. Los dónuts son fenomenales. Amo a Joseph Roth pero no sé si los dónuts… quiero decir, leo a Joseph Roth, pero más vale tener un donut y leche a veces. No sé si Donuts tiene tilde o no. Estoy hecho un lío. La cultura es muy difícil. Sólo los precarios de espíritu se dedican a eso. Escriben y escriben, llenan folios los sábados a las seis y media de la tarde.

Recuerdo un niño que, antes de ser un chaval casi mayor, destrozaba hormigueros y arañas. No hay quien lo soporte. Hay que vivir con ello.

Cuando apenas dos dientes representen su sonrisa me entenderán. Entenderán por qué sólo espero un donut los sábados por la tarde. Entenderán que seré feliz mojándolo y lamiendo su azúcar. Algún día podré quizás decir que cuando despertó él era domingo, pero hoy no me sale. Estoy ocupado, leyendo.

Leo a Joseph Roth, adoro sus libros, uno por uno y hasta de tres en tres. Gracias, gracias vida. También al William Gaddis ese, lo adquirí por casualidad, dice en una página ¿De dónde viene este jodido Satán, así, de entrada? Y yo pienso: son todos así, no cambian. El demonio, no hay otro tema. Se divide en el amor y en la muerte, ambas son una eyaculación, pero esa eyaculación está llena de posibilidades, de espermas de esos, de lefa y cada una es un… oye, no te exagero, lector, yo nací de un espermatozoide, es más lo era. La semejante criatura, es decir, este blog de éxito -basta entrar, respirar, parar y volver a respirar para verlo y sentirlo-, no va sobre otra cosa. Mongolia, Valseca, lefa… ya está.
A veces escribo sobre el sol, que parece una naranja y ya está, a veces escribo sobre lo que leo. Saramago, al que admiré, decía que su trabajo consistía en levantar una piedra y mirar lo que había debajo y, decía, qué culpa tendría él si debajo había monstruos.

A mí me mola, me molan las piedras rotas, los cachos, los cojo y los tiro y, a veces, me la devuelven. Amo. No sé por dónde voy. Hoy no sé qué partido echan, creo que Italia. Yo voy con Serbia. Italia… no no, no me gusta en absoluto, aunque adoro el país. He ido dos veces a Italia. Iré más. Quiero morir allí abrazado a una estatua. Imaginaré que es una moza de dieciocho. Eso haré. Me da igual que la estatua sea Giordano Bruno. Lo mismo me da.
Me sale hoy sangre por el pito. Me puse una cuchilla y miré cuánto tardaba sin estornudar, así dos días hasta hoy. No sé qué me pasa, pero lo más seguro es que, antes de llegar a mi fabulosa Italia, me muera por un donut de azúcar, y que nadie lo vea. Carlos Barral dice en el prólogo de el santo bebedor (La leyenda del santo bebedor, Joseph Roth, anagrama, trad. de Michael Faber-Kaiser), que todos sabemos, sin necesidad de reclamar la asistencia de los ángeles o de los dioses, que el borracho hace cosas imposibles. Y yo hoy, como dije, comeré un donut y luego iré al Día. A lo mejor más tarde sigo con el libro ese de Gaddis o como se llame. Un beso,

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