Opio, amor y Facebook

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De lo más lindo que me ha dicho una mujer enamorada que no haya resultado en ser mi querida y desaparecida abuela se lo debo a mi ex en los tiempos en que eramos algo más que un puñado de ingrato silencio. Si digo que no es estrictamente literal me refiero a que no puedo recordar con precisión las palabras que salieron de su boca aquella noche de hostal mientras, desnuda y generosa, me besaba la espalda en lo que yo fumaba el penúltimo cigarrillo de esa noche mágica. Es más, lo más seguro es que las filtre, que me dé a literaturizarlas, con sumo gusto, por lo que quiero de asumirlas en un abrazo tendente a un estrangulamiento venido de una pasión que pocas veces he encontrado en mí: “Yo no sé si es por las pastillas esas que tomas, pero descubrí que me gustabas cuando vi que tus ojos empezaban a juntarse, uno casi vivo y el otro dormido, un poco a la virulé, y tus labios a caerse, para dormirse casi del todo, descubriendo una cara de subnormal que tenía que ser mía”. A lo que, bien su literatura o bien la que hago yo ahora, le dio por añadir: Cuando se te cae la baba me entran unas locas ganas de follarte.
Contaría, cosa ardua, los días en que su imagen no viene a mi cabeza. Y pareciera que no la quiero.

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Mira, le has dado like a esta y la acabas de conocer. Hasta seguro que has sido tú quien le ha pedido amistad. Siempre zorreando. No sé cómo no lo vi. Al principio me decía: Bueno, como se lo hace a todas -si es que se te cala nada más conocerte-, pues no pasa nada. Si es que eres un babas. A mí al principio es que me hiciste gracia. Hasta te leí y me gustó, pero, al poco, te calé. Enseguida se te ve venir, y así es como te ven todas. Tú lo que no tienes es vida. Que sepas que a otros les he puesto de patitas en la calle y contigo no lo he hecho porque me das pena. ¿Y esta otra? ¿También has quedado con ella para follártela? Le has puesto un corazón en su foto ¿Está buena, eh? Te pone… pues vete con ella, seguro que te acoge como yo en su casa. Que lo sepas, un calzabragas, eso es lo que eres. Sólo sabes zorrear y ponerte hasta el culo, borracho. ¿También les decías las mismas cosas que a mí? Seguro que eran las mismas. Mira que fui pardilla…

Me lo han preguntado más veces, pero hace poco un buen colega, entre cerveza y cerveza, me preguntó muy serio, en vista de algunas cosas que escribo en el Facebook: Tronco ¿tú eres misógino? Lo negué, pero una respuesta mucho más realista hubiera sido admitir que soy misántropo. Y mucho. Acto seguido haber pedido una nueva ronda para todo el que se encontrara en la barra.

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Qué buenos son los derivados del opio, caray. La única vez que me hicieron una colonoscopia, el encargado me enchufó a base de bien. Yo iba acojonado. De fondo sonaba una radio donde estaban poniendo todos los éxitos de los Beatles. Antes de que el tubo entrara por el agujero de mi ano yo me figuraba llorando en la ducha mientras veía sangre mezclándose con agua corriente, pero luego todo fue sustituido por mi idea de eso que llaman paraíso. Tanto que, cuando hubieron terminado la exploración de mis entresijos más íntimos, yo estaba experimentando el nirvana, así que les dije a todos los de bata verde que había reunidos en la salita pendientes de la prueba: Oye, que yo veo muy pronto terminar esto, que, si queréis, podéis bajaros los pantalones y seguir con las vuestras. Eran muy serios y apenas se sonrieron. Estuve por añadir: Venga, coño, que pongo yo para una botella de Cardhú y algo de confeti. De la radio se avecinaba el solo de Clapton en While my guitar gentle weeps.

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2.

Hoy he ido a casa de mi tía. Allí hemos celebrado el cumpleaños de mi padre. 69 ha hecho, lo que ha traído gracietas de corte básico sobre la postura sexual más incómoda de Tele 5. Lo celebrábamos allí porque es donde mejor están los niños, así que, tras la ducha (a la que me voy acostumbrando), he hecho otra de las cosas que más odio de mi existencia (y advierto haber estado unas cuantas veces mucho más cebón que a día de hoy): ponerme unos calcetines. Lo de menos es que sean negros y lisos, de lana; eso entra dentro de lo que he ido aceptando como mi estilo. He perdido toda habilidad para ponérmelos del tirón y la elasticidad no es lo mío, lo cual compenso sexualmente con lo ufana y decorosa que es mi pichurra. De camino a casa de mi tía (apenas 200 metros), había unas jóvenes sentadas mirando el atardecer. El disimulo de mi mirada ha bastado para entender que la que ha girado su cuello hacia mí lo ha devuelto a su interlocutora con un leve ademán expresado en hombro derecho y cara que venía a decir “Nada que nos interese, socia”. He procurado evitar imaginarlas acuchillándose la una a la otra y casi lo he conseguido. ¿Por qué, Alá? Nunca fui un adelantado a mi tiempo, pero a veces entiendo que sí logré estar en mi edad. Ellas, probablemente, estaban en la edad del amor, y yo he seguido caminando pensando que es una edad que no se acaba. Luego he procurado pensar en la literatura y el ruido, en ambas cosas a la vez, pero, cuando he querido darme cuenta, ya estaba en la puerta de la casa de mi tía y, en la mesa, esperaban cuencos con fiambre, bollos y patatas fritas, y, más tarde, un par de tartas que hoy no me apetecían, además de la prohibición de echar humo. Bien, ya estaba dentro. Lo de abrazar un árbol lo dejé para la vuelta, claro, pero a mi regreso doy fe de haberlo olvidado por completo.

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3.

Me dice una amiga que tiene una amiga que se ha encerrado con el objeto de escribir un libro sobre sus vivencias. Me dice que le ha dicho que ella, a su vez, tiene un amigo que es escritor (y se refiere a mí) que, seguramente, la puede ayudar. ¿Y? Mira lo que escribe, me dice, tengo en el bolso un poema que me ha enviado. Mi amiga me lo lee mientras yo hago por entender algo que pueda señalar cuando finalice. Son tres páginas. Trata a veces de un pájaro que a veces canta y otras tiene depresión, y de las nubes. Las nubes salen mucho. También la noche sale un par de veces. Y también sale un gato persa. Perdón que te interrumpa, le digo a mi amiga, a mí los gatos persas me parecen unos chulos y unos antipáticos. Una vez tuve uno. Nada, perdón, sigue. Mi amiga sigue leyendo. Yo intento entender. Algo tendré que decir cuando acabe. De repente, ahí está, todo lo que he dicho que sale hiere el alma de la poeta. ¿Ya? Joder, cuando empezaba lo mejor. Ríe (ella). No sé qué decirte. Podríamos quedar, dice ella, y tú le dices. ¿Pero está buena? Mi amiga me dice que lo dejó con él tras vivir juntos tres años, que la convivencia es una mierda. Sí, puede ser. ¿Pero qué te parece el poema? Bien, bueno, pero ¿Se ha encerrado a escribir un libro sobre sus vivencias voluntariamente? Sí, porque dice que todo le recuerda a él ahora y que está mejor en casa, pero quiere escribir. Me ha enviado más, si quieres te los paso y quedamos y le dices ¿Qué puedo decirla? ¿Te lo leo otra vez? Si quieres la llamamos por teléfono. Espera. ¿Cómo me has dicho que se llama? Adriana, se llama Adriana. Qué bonito nombre, llámala. A ver si lo coge. Mira, sí, ha habido suerte. Adriana, que estoy con mi amigo el escritor que te conté y le he leído una cosa de tu libro ¿Te lo paso? Hola, Adriana, una puta genialidad, me he quedado sin palabras. No, nada, gracias a ti. Un beso, lo mismo un día nos conocemos y te lo doy en persona. Vale. Hasta luego. ¿Qué? Me dice mi amiga después de despedirse. Pues nada, habrá que pedir otra cerveza o algo. Mi conclusión es que los tiempos que corren no son ni mejores ni peores que cuando Torquemada, pero bueno, la cerveza está muy rica bien fresquita.

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