Cristóbal Serra, mallorquí

Adivinaste temprano que aquellos profesores que gustaban, en ocasiones, de usar la regla andaban algo tocados de la taranta. Nos trajiste traducidos de tu inglés a Blake y a Swift entre otros. Hoy he visto un documental en el que sales leyendo. Recitabas una de esas hojas tuyas que iluminan al hombre y alucinan a los niños. Te llamaban la atención los locos, así como los pescadores, y también los libros. En el documental se ve una librería completa que gira en torno a muchos patrones que en ti, amigo que no conocí, amigo de la bestia y la flor, del látigo y de esos árboles que huelen a cualquier cosa, eran uno sólo. Permanecías en Andratx, con una miga de pan en una mano, contemplando serenidad en las turbulencias del agua a las orillas del puerto mientras los actores de la zona se presentaban a agasajar a Gertrude Stein por si rozase la vara e hiciera de alguno un Hemingway o un Picasso. No pasaste por el aro y eso te llevó a no parar hasta que te fuiste. No delegaste. Te moviste entre tus estudios sobre el Apocalipsis y un entorno que te llevaba a traer en ocasiones un aprobado en inglés a un alumno negado al que querías, y que te quiso. Tus letras son un baile en el salón de una casa donde los muebles que la visten son necesarios, de una choza que prendería algún día en tu Cotiledonia, que era tanta patria tuya como los diferentes idiomas que enseñabas. Esos lenguajes, los símbolos que había en esas láminas donde uno te figura yendo de una a otra, pasándolas, ni aprisa ni lentamente, con los dedos de unas manos hechas, por igual, de saber y de entusiasmo. Aquel alumno tuyo de inglés me dijo que lo aprobaste, ya ves (me dijo que no sólo a él, que lo hacías con toda la clase) que en su caso, le respondiste que era para que aprobase en algo de una vez. En el documental que vi hoy aparece tu pieza recitada como usando versos blancos, con respeto infalible hacia un sonido que te venía del lirismo terrible de ciertos santos a quienes ofreciste tu homenaje en Antología del humor negro español y tus pensadores elegidos en Efigies, los diarios de Bloy y sus cuentos, el Tao te King. Tú, que amabas a los burros, así como a las cabras, eres en mí el poeta del XX. A tus Tanteos crepusculares un teórico medio moderno entre la poesía y Deleuze los llamó viejos el día que la diñaste. No vio tu desnudo filtrado por el acierto, por la propiedad, porque tú fuiste, ante todo, un yin y yang de delirio y propiedad. Tú eras el reflejo del faro en las aguas ondulantes de la noche, el dorado que habitaba en el rincón menos encendido de tu casa. Apareces sentado en un sillón color vino. Tu atuendo es una bata marrón algo roída que luce limpia. El director del documental te propone que leas y tú no te opones. Es un texto tuyo, pareciera que no recuerdas bien, pero no dudas. Lees con voz lenta porque lees allí con más velocidad que tu voz. El texto resulta ser algo tuyo que tampoco es que te sorprendiera, aunque sí lo haga. Tu obra pareciera echada al mar Mediterráneo, que es desde donde tú viniste. Eso dijiste, y sólo dijiste eso: Yo vine del mar (aunque dijeras más cosas). Allí no es difícil figurarte manteniendo una charla con un barquero. Luego llegas a casa, saludas, das un abrazo ¿De quién será dueño esta biblioteca?

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