Nueva York y los poetas

La noche llega, en este invierno, con la prontitud de la navaja rastrera. Yo soy el amigo rastrero, que es el más necesario que se tiene en esta vida. Y, sin embargo, creo que no he hecho daño a nadie nunca, y tampoco, ni siquiera, a mí mismo. Uno acaba siendo día y noche, agua de botijo (de La Calera) y cerveza a la sombra de un sol exacto, por mucho que yo ya no beba salvo Coca-cola, por mucho que en este enero el sol sea dudoso. Uno acaba siendo sus hijos u obras, las que no tiene y que a veces reinventa. Y también sus padres, que andan por ahí, de compras o de médicos, o en las estanterías (de Fray Perico a Schiller, pasando por Harry Crews). Uno fue la música negra, el jazz, el rock, el pop, la bachata (y el fado, que también es negro, y el flamenco, y hasta la música clásica), un retrato al óleo de Roberto Alberto, que pinta Norteamérica hoy, andando por entre rascacielos y palomas o tórtolas venidas de la Andalucía (me lo ha presentado en facebook el gran Javi Viadero, co-dueño de la hostería Sol y cántabro, entre otras artes). De los poetas hubo de entender Harlem mejor que nadie Federico García Lorca, que fue señorito en vida y tras su muerte, y también fue Mallarmé y la nube en medio de la rosa. Federico vive en cada hombre y en cada mujer, niño y niña, enterrando a un insecto al inicio de la serie de Mario Camus, fabricando una cruz de una ramita y colocándola encima de la arena. Federico fue cruz, dos Españas y un surrealismo que venía de mucho antes que de Breton o Tzara, niño amarillento entre los legajos de las juventudes, escribió en El hombre aproximativo, me salto un verso para continuar: insaciable niño por entre las reliquias / el agua fresca ha desaparecido y sus ojos están todos / muertos. Eso veo en el paseo por Nueva York de la serie de Roberto Alberto. Una universalización de una juventud que también es o fue la mía. Por cada niño que pierde un ojo un ojo nace en una mirada de niño. Buenas noches, viejita mía, que ya no estás en el pueblo. Eso digo yo a mi abuela la Ciriaca y a mi abuela la Bastiana, que se dejan sonar en el Lady in Satin de Billie Holiday mientras lavan la muda de una familia entera en el pilón, entre otras vecinas, todas pobres y con alguno de sus maridos, perdón por la broma, en la cárcel. Federico en el barranco de Víznar, junto a dos hermanos toreros, se me hace la muerte de muchas personas que viven en los versos de Poeta en Nueva York. De los beatniks, los autores más españoles que conozco son Corso y el Ferlinghetti que escribe: “Cristo se bajó/ de Su Árbol desnudo/ este año / y huyó a donde / ningún intrépido vendedor ambulante de Biblias / recorriera el país / en un cadillac de dos tonos / y donde ningún/ Nacimiento de Sears Roebuck / completo con Niño de plástico y pesebre / llegara por correo certificado / el niño con entrega inmediata / y donde los Magos de televisión / no cantaran alabanzas al Whisky Lord Calvert”. El Coney Island para la mente lo veo en la feria de san Isidro donde Lorca se retrata con Buñuel, que le preguntó en un bar si era verdad que era maricón. El joven poeta que volvió a Granada se fue y ya no sé si volvieron a verse, aunque volvieran a verse. La noche se arruga en un correo oxidado mientras uno ya no sabe quién es o ha sido o fue o, quizás, será. El hombre y sus generaciones (todas inevitablemente perdidas) se encuentran en un semáforo en rojiverde. Se miran de reojo de vez en cuando, compran el periódico en el mismo sitio. Se preguntan qué estarán haciendo sus hijos, que son como los cuentos -dijo el maestro Zúñiga- a saber lo que hacen cuando no están en casa. ¿Y qué es una casa sino unas paredes y un techo? Esta cama sin hacer, estas estanterías con libros… Menos mal que hay cigarros. Me los trae la tía Pepita, que es un ángel hecho abuela (una abuela que casi no se sabe abuela, que retorna a la niñez para jugar a llevar a la guarde a su nieto, del que soy padrino). Marco Rodríguez Iglesias y yo, un día, en NYC. A veces lo imagino. Nueva York es un piano un poco roto en un salón chic (pero con botijo) de Granada, y también en el psiquiátrico Dr. Esquerdo, donde yo aprendí el amor entre desordenada y desfasada gente con distintas fobias. Camarón de la Isla representó eso aullando a la bahía de Cádiz en una sala del inmenso acordeón de París; Sena, metro y lluvia de jueves tarde. Quizá vaya algún día, quién sabe, ojalá con una mujer bella. Una mujer que sea tan bella que hasta me quiera. A mí, que soy, como Narciso Serra, ex ministro e intérprete de piano de plató de televisión, -así se presentó a Francisco Umbral: un hijo de la generación de Bob Dylan- que es, Zimmerman, una especie de músico que no tiene generación sino que es ellas, como Borges en cuanto a la literatura, o Kafka en cuanto al trabajo, el insomnio y la muerte (en esto último se parece a nuestro Robert Walser). Hoy las mujeres próximas descifran la cocaína en el libro Instrumental de James Rhodes, editado por la pop Blackie Books (me he quedado un poco más allá del prólogo). Yo entiendo a Bach en la carnicería de abajo (Aluche) más que en la autobiografía de una especie de músico que, ay, ha sufrido. En la ceguera y homosexualidad del cura don José Luis antes que en la santa iglesia, dando las campanas, nosotros, hijos de Valseca, todos los domingos: preludio de golosinas, cigarros y primeras novias, que siempre acabaron en la buhardilla de otro, como mis dibujos y libros, que llegaron a Héctor Escobar, a Javi Viadero y Roberto Alberto, y a Txema Arinas y Txema Iriberri. Y a Eloy Tizón, humilde maestro mío que aprende y se aprende en un oficio que no existe salvo haciendo letras, a veces también comiendo una lata de atún o bebiendo coca-cola. En mi niñez quise ser Adolfo Suárez que, como David Bowie, se ha muerto hace poco tiempo. Me parecía un hombre guapo, como Lorca en las fiestas de san Fermín, si es que fue, o lo mismo es que lo estoy confundiendo con Hemingway. La copa de champán de la niñez y las medias caqui de mamá. Todo junto. Así nos veo hoy a los niños que, sin embargo, somos un poco viejos. Arte y pueblo son una misma cosa en un tren de miniatura roto. Por qué odio saber menos que la mujer con la que salgo. Ella dice amar a Lorca, como yo hoy. Ella dice escuchar al músico de viento Jorge Pardo, como yo hoy. Todo es antiguo. Y nuevo. Y las dos cosas. Y el molino hay que cuidarlo, así como la letra, así como la ciudad. En Nueva York también respiré. Y como si fuera la primera vez. Escribió Cummings cuando ya no era otra cosa que su obra, para una conferencia que dio en Harvard. La capital de Europa, un solo de piano, es Roma. Me pregunto si esto lo supo la esposa de Reagan. He estado allí dos veces (en Roma). Para mí Roma es lo más parecido a una pizza que he visto nunca en los ojos de una niña de quince años. Para mí Roma era Franino, hoy con hijos, en el Trastevere. A veces me quedaba solo y bajaba las tardes a por una botella de vino rosado al mercado de enfrente del bloque y no me masturbaba porque ese comedor no era mi casa, aunque me tratasen como si lo fuera. Escuchaba el disco en islandés de Björk y perdía, como muchas veces, al ajedrez. Soñé con escribir El niño republicano, de Haro Tecglen. Me veía, yo que fui gris y naranja, en esas páginas de nicotina, café frío y un hijo muerto que también era yo. Y hoy me veo en un retrato de Roberto Alberto donde un estudiante con mochila y una chica hablando por un móvil -y más gente- cruzan un paso de cebra en el verano de Nueva York; asfalto, letreros, taxis amarillos, humo de las alcantarillas, pelis, Woody Allen, que babea tocando el clarinete en Wild man blues. Me pregunto dónde estará Madonna. Qué estará haciendo Madonna ahora mismo. Me gustaría fornicar con Madonna, igual que cuando yo era pequeño y ella estaba de gira por el parque Arias Navarro en Aluche. Y luego los veranos, en Valseca. Cuando nos íbamos al pajar del tío Pedro, Madonna y yo, con unas revistas de esas modernas que le gustaban a ella de la música y la moda, y nos tocábamos un poquito el uno al otro poco antes del boom de Like a Virgin. Dónde estará mi buena Lau. Ayer vi Madrid a través de ella tomando una cerveza sin alcohol (ella con) y echando cigarros en una plaza. Qué bonita era la noche ayer tarde. Qué dorado el enero nocturno, radiadores eternos en la calle y cigarros que no se acababan porque eran continuados en nuevos. Y palabras que tampoco se acababan. Frases enteras. Dice, en su final, el poema de la visita al asilo, de Auden: “Mientras voy en el Metro para / estar / Media hora con una del asilo, / Recuerdo quién fue ella en su esplendor. / Entonces visitarla era un orgullo / Y no una caridad. / ¿Seré tan frío como para esperar / Un somnífero rápido, / indoloro; / O bien para rogar, como ella ruega, / Que Dios o la naturaleza precipiten / Su función terrenal?“. Me pregunto quién soy yo y seremos todos juntos, allí, en el asilo de ancianos en donde cojo un rosario de esos y rezo a, no sé, Jimi Hendrix o Jim Morrison o Felipe González. Me pregunto si no soy yo mismo un anciano o una anciana, o alguien que va a verse en un anciano o una anciana. Soy todo lo contrario que la vida psiquiátrica quiere de mí. Oye, por esto no es que me sienta mejor o más que nadie. Eso es lo que le digo a Marian, que es mi coach y vive en Quijorna y pinta en sus ratos libres, el rostro casi negro de un Jesús que es que es negro, como Lorca en Harlem, o la naturaleza, con su sabia memoria de cipreses antiguos. Y escribo, y pienso ¿A quién debo estar poniendo los cuernos a cambio de la escritura? ¿A mí con la camiseta del Nápoles cuando me llamaban en el barrio el Laudrup o el Paolo Futre? No sé dónde la he echado. Era muy bonita, como el fútbol directo de Careca, el sentido del oportunismo de Careca ante la portería contraria, los remates al segundo toque de Careca que finalizaban en poste. Y los pases de mediocentro de Alemao, que no triunfó en el atleti. Y Maradona, que no iba a los entrenamientos. Qué bueno era ese. Mejor que ninguno. Yo quise ir a Argentina, quise ser Gombrowicz en un café en Bacacay, y un tipo de pelo blanco con cartera de pana y una novia muy sexi me dijo que me dejaba una casa que tenía allí, caso de que yo tuviera para el viaje. Han pasado once años y yo sigo ahorrando. Aunque Marta Velasco, primuchi y alma de la librería Antonio Machado en Fernando VI, sabe que me lo gasto todo en libros. Antes también un poco en whisky o vodka. Nueva York, sin duda, es lo más parecido a dios que le veo al arroz chino (tres delicias) que he encargado hoy y cenaré después de hablar un rato con Laura, si ella quiere. Los seres humanos somos un poco poetas y medio artistas, y a veces estamos en Nueva York sin haber estado nunca, o en Facebook o Twitter. Se ve mucho de eso. Muy rumano todo, como esta web. Y chino. Y negro. Criaturítico. Y con eslogan.

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El retrato que ilustra la crónica es un óleo del Nueva York de Roberto Alberto

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