Notas para una teoría de Andorra (25/03/10)

Antes de venir la primavera me criogenicé en el bies de una amapola, en el salón leí a Horacio y, cuando fui avisado, asistí, con cara de póker y solo -transporte público-, a entierros de maestros míos.

Sólo he hecho orejas a gente cuyos sexos me importan un comino. En mi casa queda vivo un grano de arroz y lo he metido con dos dedos en la boca como si me perteneciera.
La ruina es mirar el sol de esta tarde a través de un microscopio. La mente delira en otra dirección cuando has cumplido diez años y sólo ves animales en el metro.

La tierra, que es del aire, consiente la esquizofrenia. La mayoría de los esquizofrénicos somos medio relativos y a veces no tenemos imaginación. Hoy que enfermedad y medicamento son la misma merienda -el mismo copyright- estamos dejando la enfermedad a la altura de una charca. Nos tenían que machacar más y no que alzo la vista y sólo veo marqueses a mi lado. Poco importa que duren así todo el rato o sea cosa de un segundo. Vosotros, que nacisteis para artistas del hambre, parecéis Beau Brummell simulando una gran cena. Tranquilos muchachos, tan sólo caeréis muertos en un asilo de caridad distinto. Y, mientras, a follar, como quien dice –permitidme esta maldad-. Dais… Si Michi Panero -en esta vida se puede ser de todo menos un coñazo- se levantase de su tumba os pondría el culo cojonudo.
Un diletante sólo es un intento de colono, y África es tan grande que no cabe en el marinero de mi primera comunión, esquizofrénicos burgueses, cerdos.

De donde yo vengo un loco es alguien a quien le basta la visión de una herradura. La vida eterna, en mi casa, es un tebeo gastado que tiene en la portada el esbozo de una fresa. Al abrirse es saludado un gendarme, cada viñeta trae un cementerio de pájaros y la historia, sin embargo, no dice nada más que el vestido de una princesa. En mi cocina las princesas son, como mucho, el amor a un tornillo del catorce un domingo por la mañana.
Mamá, no sé qué estoy haciendo, espero que leas esto a la hora en que miras tu correo. Desde que volví a ser ingresado adopto la postura de una llave para hablar con un grajo. Los demás, tienen ochocientos años. Aquí no hay chicas. Estoy aprendiendo a fumar sólo para hacer algo. Gracias por traerme libros, los he vuelto a regalar. No los entiendo. Con la medicación no hay quien se entere de una simple polilla y termino llamando a una recepcionista que siempre dice que no es ahí. Ha empezado a molestarme la ropa. En el tiempo en el que oigo que alguien ha cerrado, me desvisto. Todo es como el chiste ese del hombre que inventa el café y luego no sabe hacerlo o algo parecido. Estoy escuchando a Sokolov en mi habitación al lado del apestoso cadáver de mi abogado.

De donde yo vengo, esquizofrénicos, una mina sólo es un melocotón envuelto en un papel de periódico. Allí las noticias son el indicativo de que el tiempo se ha parado. Yo, mamá, sólo espero que un ojo termine de guiñárseme algún día. Lloro a la edad en que rayos y tormentas / rayos y tormentas / rayos y tormentas… Sigue, dijo, y añadió: tú estás para que te calce una langosta. Le tengo miedo, día y noche / día y noche / día y noche… dijo el poeta entonces. Estaba tan cansado de pasarme la vida, mamá, diciéndoles si gustaban los señores, día y noche -dijo el poeta- y a continuación: Noche y día. Y empezó: Noche y día / noche y día / noche y día. Es que… el poema había cambiado, dijo el entendido. Es normal, hay que estar al loro de lo que ocurre con la vida de una gacela. Se estaba haciendo mayor, casi tanto como un ruso normal y corriente. Sus hijos o lo que fueran esos, si se llegan a enterar, le llevan a un médico y adiós muy buenas.

Yo, esquizofrénicos, escribí lo mismo cada día en la única pizarra del sitio de donde vengo. Entonces una mariposa era un producto químico para tener barba y la ausencia de plan, en ese día, la feria perfecta que existe dentro de un catalejo. Siempre cantábamos canciones en el autobús de la empresa. El último cigarro sólo era una excusa para decirle a los amigos que, al menos tú, volverías. He conocido a un hombre, mi nuevo vecino, siempre nos decimos adiós cuando cruzamos. No sabe quién es, aparte del demonio. ¡Mierd! ¡Llaman otra vez! Debe ser Paca. Sin duda se le ha olvidado recogernos. De aquí a allí hay tanto camino que se te pueden acabar las pilas del walkman en cinco paradas de metro y, ahora que tu miedo ha sobrevivido, el sol es una estatua.
Siempre es así… los felices y los infelices tienen el mismo cuello de acordeón bajo sus cabezas de plástico y la luna no es más que un bruto en silencio.

– Tía Pepa, no llames hasta mañana. Me encuentro escribiendo sobre mi teoría de Andorra y me duele la tripa. Yo creo que ha sido la ensaladilla rusa. Los esquizofrénicos no entienden que sus desprecios son mi pan y es hoy cuando hablo a través de las personas que viven en un océano hecho todo de reírse. He inventado que mi vecino es poeta y sus alejandrinos traspasan todo el rato la pared hasta que me tiran al suelo. Como siga así, escribiendo, voy a sacar de pobre a medio mundo. Llámame mañana. Ojalá haya descansado y, si me lee mamá, dile, por favor, que no se preocupe, que sólo me he convertido en el momento en que una carcajada se sostiene en la nuez hasta que se encoge para no deshacer un cascarón.
La corriente lleva a los cisnes a donde el sentido solamente les da la vuelta dejándoles sólo unas cosquillinas en el vientre o como se llame. La primavera se parece a una novela de Rabelais. No sigo, mamá. Dale recuerdos a tía.
Os quiere,
A.

(Perdón por las manos y el pijama)

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