Notas facebookianas de primera mitad de octubre (2017)

Encuentro contraindicada cada afirmación que se me ocurre.

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Supongo que hará año y medio que me llamaron de la radio. Mi amigo y tocayo se decidió por una llamada a tres donde, además de él y la locutora general del programa, intervendría mi editor, muy chiflado él, no lo tomen a mal, pues es su costumbre y la practica desde bien jovencito. Yo me acababa de levantar casi feliz de que mi aspecto no apareciera en el formato donde sería atendido. Bien, mi tocayo y yo lo intentamos, pero el que más se acercaba a hablar de algo sin dispersarse era mi editor que, como ya he dicho, está bastante chiflado. Por un lado, en mi habitación cabía la posibilidad de que entrase mi madre a preguntar, por ejemplo, si tenía ropa para lavar o algo relacionado con la comida. Y bien… llegó mi momento y, a pesar de lo cultito que se intuye en ello, deslicé que andaba leyendo a Roberto Calasso. Fue un error porque, a continuación, acaparé silencio. Este silencio podía notarse y me impedía a las claras desarrollar algo que tuviera relación con lo que el silencio que había generado (en un descuido) pedía. La atención era yo y mis palabras definitivamente eran vagas. No hablaba sobre nada y, a un tiempo, podía notar esa especie de paranoia del momento centrada en una persona que no sabe muy bien qué se ha dicho ya, o se ha podido dejar de decir, acerca del libro en cuestión que, resulta, ha dicho (y esto era verdad), se encontraba leyendo. Por otro lado, uno andaba con seis a la vez y le vino ese a la mente cuando podría haberle venido cualquiera de los otros cinco. Y bien… sí, no dije nada. Y el programa se acababa y, de hecho, finalizó. Y colgué. Y, claro, supe que estaba hecho, pero que hubo cierto momento en que ese silencio que he nombrado usaba de protagonismo una palabra (la mía) que no terminó de decidirse del todo. Y ahí quedó eso. No gran cosa, no, para nada. En fin.

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Pero también había que tener cuidado con brillar. Los asistentes a la muestra iban a pedirte más e incluso mejor. Y te pasaba (¿O a ti no?) por la cabeza hacerlo mal a propósito con el único fin de que te dejaran en paz. De que su decepción fuera exclusivamente suya, del otro. Con suerte, vivías lo suficiente para contarle al hijo de alguna amistad que tú pudiste llegar a ser alguien.

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Recuerdo la llegada del lavaplatos a la casa del barrio, coincidente con la llegada del cuarto de baño a La Calera. Nuestras abuelas veían en eso algo que no sólo no les hacía falta sino el enemigo, pues se entrometía demasiado en quehaceres del día a día en el que vivían instaladas. En Madrid, mi abuela fregaba los vasos, platos y cubiertos que almacenaba en la pila una familia numerosa, mientras en La Calera, mi otra abuela hacía sus necesidades en el campo o la troje acompañada de papel de periódico. En mi casa del barrio, debido a la relación de mi tía con la tienda de electrodomésticos del barrio, llegaban muchos aparatos (a precio coste) que desaparecieron rápido del ideario de sus posibles compradores (relegados al trastero por sus mínimos usuarios). En cuanto a esto pienso en el pelador de patatas (hoy parte de un imaginario exclusivamente vintage). La idea de robot moraba en nuestros vecindarios de primeros de los ochenta y no era raro imaginar el 2001 de la manera en que lo dibujaba Kubrick. En cuanto al cine, no es un ocio del que haga mucho uso, pero sí calculé acertada, aunque imaginé mayor protagonismo en cuanto al sentido de la vista, Her de Spike Jonze. El caso es que la ciencia avanza a pasos de actualidad opinativa y, sin embargo, traído el recuerdo de mi abuela, asumida dentro de una población de aproximadamente cincuenta habitantes, no puedo evitar que me venga a la mente la idea de que, curiosamente, después de lo que vemos, sigue habiendo la posibilidad de manchar bragas o calzones tras hacer uno sus necesidades y no aplicarse debidamente a la hora de lavarse el ano, un tema que abandoné tras mi cura definitiva. Y, en fin, me es raro.

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Homo Faber (Max Frisch):

Precio de la adquisición: 2 €
Requisito: Los tenía. Y también para la caña de luego.
Reacción: Oh, my god!! (en referencia al segundo impacto)
¿Si sabía que existía?: Pues mire, no. No tenía ni puta idea.
Resultado: Mejor que seguir los avances (o su contrario) en cuanto a discursos políticos que refieran a cualquier estirpe.
Grado de silencio: Notable en cuanto a manejo.
Nota: Aún es demasiado pronto, pero este pavo (el autor) tenía un puntazo. Diría que fue, a su manera, un precursor. Por favor, no me preguntes de qué.
¿Pedirá disculpas en cuanto a la resolución y encuadre de la foto?: Lo reconozco, no soy ningún experto.

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¿Os acordáis del día en el cual uno de la clase aprendió a usar la frase “Me es indiferente” y la aplicó a todas las preguntas posibles que pudieran referirse a él? ¿Os acordáis cuando sustituyó esa expresión por “Me la sopla”?

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Una vez el jefe de la pandilla (el precario sueño de los niños del barrio) me dijo que la dejaba (demasiada responsabilidad, etc…) y que confiaba en mí para que me hiciera cargo. Apenas pude conciliar el sueño en la noche. El día siguiente prometía una revolución venida de mi mano. Alguien habló de aplicarme un 155 el día en que dije que me proclamaba lo que me habían proclamado. Y claro, ante eso, dije que él me dijo. ¿Y quién era él? Pues el jefe. Pero el jefe ya no era el jefe, así que quedamos todos en hablarlo al día siguiente. Oye, que yo no he hecho nada, que a mí me dijeron… En eso consistía mi defensa. Pero uno dijo que nadie de la pandilla podía estar seguro de que lo que me habían dicho me lo habían dicho a mí. Entonces me independicé. Con el tiempo todos los colegas se independizaron de los demás colegas del barrio. Yo finalicé dejándome el pelo largo. Algunos saludaban, pues yo también lo hacía. Nadie recordaba que, durante nuestra niñez, habíamos sido una pandilla que amenazaba con rivalizar con el resto de pandillas del barrio que, esto es concluyente, no existían. En los veranos nos juntábamos en la piscina y casi casi… oye, tan amigos.

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Un Buñuel ya francamente desquiciado por la sordera, que le hacía la radio una cosa obsoleta, dedicado a corregir sus memorias, en las que empleó mucho más tiempo que en el rodaje de cualquiera de sus muchas películas, ateo gracias a dios y de Calanda, donde los tambores de procesiones y fiestas seguían repicando en su cabeza, se deseaba a la muerte que los lunes le siguiera llegando el periódico. Me pregunto qué le dirán los diarios mañana. Qué pasará por su cabeza al descubrir que la realidad en el noreste de un país que le fue medida para su arte y muy lejano imita su Ángel exterminador.

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El mundo está lleno de editores con una idea de novela o ensayo en la cabeza en lugar de con una idea de catálogo (el estilo de un editor es su catálogo, decía mi maestro, que no me ayudó) en la cabeza. En eso falla parte de la cultura de este país. Siempre que quede alguien a quien le importe que eso de la cultura sea una cosa que exista, prevalezca y vaya hacia adelante. Sabemos que hay mucho talento que vive bien. Grandes dentistas y grandes estrellitas del fonógrafo. La edad de los bipolares nos invita a ser demasiadas cosas ¿Verdad?

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Hay un grupo, quizá es página (no estoy seguro), del que un día me hice y del que siempre pienso en quitarme, cosa que termino no haciendo. Tiene que ver con mi signo del zodiaco, que resulta que es piscis (aunque eso se debe a que fui sietemesino, porque si no sería otro mi signo y también tan contento, miren ustedes). Pues es que me sale en el inicio y me digo: Quítate ya. Pero, por otro lado, dicen cosas como: Buen día, pececitos entrañables. Y nos desean a todos un buen lunes o domingo. Cierto que algún hijoputa no exento de mala hostia te advierte que el apocalipsis va a llegar a tu signo o que un coche va a atropellar a mamá, tengas o no mamá. Pero sí hay un lugar donde llego a explicarme por qué no termino de quitarme, que no digo que mañana no exista la posibilidad de que lo haga. Y se debe a que contrarresta, por un lado, el resto de páginas o grupos en las que andas, queriendo o sin querer, y que informan sobre auténticas cosas que de veras pueden joderte una sobremesa, aparte esos versos preciosos de jovencitos/as, ancianos/as y tipos/as medio cualquier cosa como yo mismo donde aparece, de vez en cuando, un “sobretodo” en el que tú estableces el espacio que debiera mentalmente. Andan por ahí, como tus amigos de toda la vida, con quienes a veces pasan seis meses y no os decís ni mu el uno al otro, y, sin más, permanecen. Claro, joder, contrarrestan. ¿O de veras van a ser todo últimamente páginas de gente portando una bandera y levantando una manita por encima del hombro? No sé si estos amables pececitos responden a alguna vertiente de estas a las que nos están acostumbrando los noticiarios. Seguramente sí. No sé, quizá me quite. Se empieza el día en Facebook deseándote, pececito, un feliz jueves lleno de vitalidad y se puede acabar incendiando un contenedor con un gato recién nacido dentro con el fin de transmitir alguna especie de extremismo sectario. No sé, dudo. Quizá me quite en un rato. Y de lo de las cosas de poesía también. Si yo lo dejé…

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Terminamos una charla improvisada en la que hablé durante casi una hora de cosas que me pasaban por la cabeza. Ya con los vinos una amiga se acercó para preguntarme por qué no escribía una novela de humor. Me dijo que le daba vergüenza preguntármelo en el turno de preguntas. ¿Y por qué no lo has hecho? Lo hubiera agradecido mazo, queridita. Lo he hecho, incluso a veces procuro juego en las redes sociales, no podría vivir si no me refugiara en mis santones del humor particulares. A veces hago por ser South Park, en la intimidad, tipo peña que parla catalán. A veces hago por ser el puto John Waters. O Paco Alcázar, el de los tebeos. Muchas veces incluso me permito ser Ferdydurkiano, con el consecuente tomarte por un subnormal que eso trae. Pero no te dejan. Te señalan y lo más bonito que sale de algunas bocas es que eres un payaso. Se permiten darte lecciones, ya sabes, en la intimidad. Algunas veces has de aceptar ese puto elogio que se resume en: Con lo que tú vales (luego viene el Y sin embargo…). He escrito esa novela que sugieres, amiga, y ha sido rechazada por una editorial valorada por muchos de los asesores periodísticos de nivel nacional hace once años. Bien. Siempre quiero hacerlo. A veces no se limitan a llamarte payaso. Se les pira la olla a esa gente que no son tú. Bien pueden calificarte de agresivo, incluso me han llamado facha. No, no hablo de libertad de expresión ¿Qué coño es eso? En mis últimas novelas (tengo el cajón lleno) algunos han hablado de un humor amargo, que es lo que parece le va aquí a la peña, a lo que podrían añadir: Nunca exento de lirismo. Hablan de ironía nacida de la oscuridad y ¿Sabes? Queda la mar de bien por escrito. Te piden que pilotes mucho, que saques un eso que tienes tú que dar al mundo, tu deber es hacer de Eagleton en libros como su magnífica autobiografía El portero, y las maravillosas Después de la teoría, El sentido de la vida o Cultura. En el pack nadie incluye esas fabulosas risotadas con las primeras temporadas de Los Simpson. Iré más lejos, no mucho, un poquito: El juego de nuestra generación en un fanzine que pretendíamos vender a una librería que desapareció (El aventurero) donde mostrábamos el cuerpo por entregas de Irene Villa. Sí, no te niego que no hubiese falta de decoro. Era horrendo, puede percibirse así. Pero nunca fuimos sujetos peligrosos como lo era peña que se encaraba contigo en el metro de Madrid, esta ciudad llena de cultura, porque tu peinado (o tu despeinado) no eran de su agrado. Se vieron casos de asesinatos. Y se siguen viendo. Puñaladas en el corazón. Patadas en la cabeza (no me libré) que a algunos se los llevaron a la tumba o les tumbó en una cama para el resto de sus días. No, lo del humor no está siquiera bien visto aquí, en general, y tampoco en las redes sociales. Lo más agradable de lo que pueden etiquetarte es de incendiario. Y pasa que yo, un poner, no recuerdo haber pegado a nadie, y nunca he llevado a clase una navaja. Alguno llegó a llevar la pistola de su padre. Sí, impresionaba. Bastante.

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Una vez tuve un profesor de tai chi. No aprendí nada. Me quedé en la primera figura, que era la cabeza de un caballo o algo así. Nos fuimos de vacaciones a Plasencia, donde me dijo que era famosísimo y me presentó a un profesor de kárate que, nada más conocerme, me mostró una foto que, me dijo, le hizo su ex, la que le contagió algo raro que él no tenía ni puta idea qué era. En la foto aparecía él en bolas sentado con una erección que le tapaba la cara. Sí, dijo, este soy yo. Antes la vida era feliz, me dijo antes de abrazarme mientras no podía parar de llorar. Luego me preguntó si era amigo del tipo que hacía tai chi. Le dije que no. Él me dijo que tampoco. Que sólo tenía un amigo en el mundo y ese era yo. Me pedí un whisky. Él me pidió que le invitara a un Trinaranjus. Vale, majo, pero sólo uno eh. Luego vino mi profesor de Tai chi y se pusieron a hablar de lo que ellos denominaban tiempos mejores. Qué coñazo. Esto fue el primer día. Una semana entera así y yo preguntándome si debería yo pagarles, encima, los putos Trinaranjus.

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Dicen Los Manolos de 4 que no tienen perdón esos hinchas que recriminan al equipo por perder. Esos hinchas que les llaman “cabrones”, según Los Manolos de 4, no tienen perdón. Se les olvida a los Manolos de 4 que no todo el mundo vive de dar bola a los equipos, que hay otra gente, a quienes ellos llaman “hooligans” cuyos domingos, por desgracia, se limitan al resultado que dé de sí sus “colores”, ese equipo de sus amores por el que se gastan una pasta en diversificar el mes. Se olvidan los Manolos de 4 que C. ese chico que iba a terminar con la pescaera, terminó petándolo en el Sevilla y, claro, en el barrio, otros chavales vimos que, de golpe, su familia asimilaba demasiadas tonterías. Demasiados coches, por ejemplo, que aparcar. Y tal. Gente humilde, verdad? Claro. Se olvidan los Manolos de que, una vez que son mayores y se llevan a su bolsillo una buena pasta (mucho dinero negro), la única obligación que tiene esta gente para con sus “hooligans” es ganar, nada de practicar deporte, que eso ya lo hicimos todos (pasa que el cabroncete de C. tuvo más suerte). Ganad, cabrones, y si algún hincha (se ha gastado su buen dinero en veros perder) os llama hijoputa, agacháis la cabeza y pedís perdón. Si sois malos, lo sois, igual que los tales Manolos, de Cuatro.

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No le conocía de nada. Le di un Me encanta de esos (hará cinco meses o por ahí) y, acto seguido, recibo un privado suyo: Sé que te gusto. No es de extrañar. Te gusta mi estado, eh hijo de puta? Es que yo leo mucho Barthes ¿Sabes? Tú en cambio… a ti te llevaba yo al río nevado, hijo de puta, y te metía dentro. Menos 20º, cabrón. Sé que no tendrías pelotas para resistir y… Me limité a responder: Tranquilo, amorcito, para mí también es un placer conocerte. Te invito a cenar esta noche ¿Puedes? ¿Qué habrá sido de él? Ni mu que me ha vuelto a decir, y no me acuerdo de su foto de perfil. Quizá ya no esté por aquí. Siempre se van los mejores.

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Son aproximadamente las cinco de un domingo cualquiera (cuando salía de casa me pasaban estas cosas) y recibo la llamada de un colega con el que, en ocasiones, salía de marcha:
– Masa, cabrón, ya sé lo que estás haciendo. Estás follando. Follando sin parar. Por eso te he llamado, para ver si lo cogías o no. Tú siempre estás follando, hijo de la gran chingala. No sabes hacer otra puta cosa en este mundo, así que te cuelgo para que sigas con tus fornicios de siempre, cabrón. Y cuelga. Y yo, en un pronto, me veo en el tanatorio donde me encuentro. Si llega a llamar cinco minutos antes me pilla ofreciéndole mis condolencias a mi amiga por la muerte de su hermano mayor. Y, por un momento, pienso: chavalote, no le des más vueltas, un día, cualquier día vas a ser tú el que se encuentre rodeado de centros de flores, así que… joder, respira y, sí, por qué no, tírale los trastos a alguien. O, ya has cumplido, vete. Las cervezas en los tanatorios tienden a ser caras y… Pero, joder, qué triste ¿No? Calculo la edad del chico, dos años más mayor que… bah…. vete.

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En ocasión de una visita (navideña y lejana) a una tienda para comprar ropa (cosa que sucedía cuando mi tía Pepa decidía acompañarme) me fueron dados a elegir algunos de los modelos (algo latinos -como jipis-). Mi duda residía en uno negro y otro gris y… fue cuando apareció ella, la tendera (se llamaba Luz Marís, aunque no estoy nada seguro de si se escribe así). Me dijo que ni de coña me iba a llevar ninguno de esos modelos, sino otro que contuviera color, porque, añadió, aunque tú no lo creas, yo te conozco, y eres una persona alegre ¿Entiendes? Debió notar que mi sonrisa era tímida, mi tía se involucró lo que pudo. Luz Marís, o como se escriba, era una chica latina muy bella y morena. Se deshizo en halagos, entre los que concluyó que mi mente era sana. Ella decía conocerme y yo no me veía capacitado para decir que no a ese conocimiento venido de ella, mucho más precioso que el mío, generado en pensamientos “tóxicos” acerca de quién era yo. Naturalmente, hice caso a su petición y adquirí un jersey con motivos verdes, marrones y blancos (incluían el dibujo expresionista en negro de una casa). Le di las gracias. Me dijo que no podía continuar hablando, debido a su situación con sus jefas, pero que fuera a verla si pasaba por allí porque yo “era un caramelito” y ella quería tomar un café conmigo. Le dije que me pillaba de paso debido a un sitio al que asistía lunes y jueves, una subespecie de estudios para hacer algo. Recuerdo salir del metro y avanzar la calle procurando no mirar la tienda, quizá estaba ella, quién sabe, probablemente me estuviera viendo. Me había aconsejado cortarme el pelo y mi tía la secundó hasta que me dejé convencer. Si me veía ¿Qué vería? ¿Seguiría reconociéndome? Llegó el inicio del verano (el día en el que adquirí El hombre jazmín, de Unica Zürn, en Méndez, una de mis librerías favoritas en aquella época) y mi tía, a pesar de mis negativas, insistió en que debíamos pasar por esa tienda y preguntar por el nombre de esa chica, el cual yo recordaba, si es que soy capaz de escribirlo bien. Se había ido. Casi suspiré, aunque en mi ideario no la he olvidado. Algún que otro rasgo de su cuerpo y de su cara sigue conmigo, aunque hayan pasado ya lo menos quince años. ¿Qué hacer sin esa persona que aparece de la nada, de la mera casualidad, y te conoce mejor de lo que tú mismo te conoces? ¿Qué hacer sin tan suculenta preciosidad a tu lado, tomando, aunque fuera, café? Pues supongo que lo que más o menos llevo haciendo durante todo este tiempo, a veces me siento enamorado, otras no paro de trabajar en trabajos de mierda, y a veces estoy aquí, enamorado hoy no obstante, que lo sepan, pero siempre aquí, enfrente de una pantalla donde evito teclear su nombre, o mi recuerdo de su nombre, al menos. Tú, además, eres inteligente ¿Sabes? Pues no lo fui, querida, fui cobarde, tímido, no estuve a la altura de donde me colocaste. Y, qué le vamos a hacer, tampoco pasa nada ¿No?

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Duele encontrarse con cierto tipo de perfil femenino. Ese perfil de Estoy, ante todo, buena, lo cual muestran mis selfies pero, más importante que eso, soy soñadora, soy poeta, soy persona, no me trates como a un juguete sexual, marichulo, porque te vas a encontrar con un ramillete de hostias salido de mi verborrea incansable, también sensible, de mi alma envuelta en cien mil prodigios que no son tú ni lo van a ser. A veces añaden: no obstante, creo que escribes muy bien.

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Advierto que todas vosotras os mostráis exquisitamente equidistantes conmigo.

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Cariño. Estoy follando, no me molestes. ¿Conmigo no, no? No, me están follando en un programa del ordenador, me han prometido 200 €. Vaya, bueno, pues te dejo. Folla tú con otra, si puedes. No, sólo quiero follar contigo. ¿Quieres llamar? Les apetece grabar cómo doy negativas a mi novio. No jodas que les has dicho que yo soy tu novio. Sí, les da morbo. Pues no soy tu novio, para mí sólo eres una putita con la que follar de vez en cuando, parece ser que ellos pagan. Sí… y… Y nada, con ese dinero te compras un móvil nuevo que, con este, la conexión va fatal. ¿Y si me compro un móvil nuevo, hablarás mientras Jordi, el niño polla, me folla? Sí, y que se ponga si quiere. Genial, en esta sociedad, cariño, el dinero es dios.

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Cosas de familia. Debido a mi comunión con mis amigos convinieron en presentarme a su hermano: El tío más bruto y más borracho de las fiestas de los pueblos. Admito que procuró mostrarse simpático conmigo. Yo advine a los mozos si hermanas no había que me quisieran conocer. No, dijeron, tú y “Brutus” os llevaréis estupendamente, sois la pareja del año de El Adelantado de Segovia.

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Quedamos finalmente. Ella me ve entre la multitud. Eres gracioso, pero en facebook molas más. Bien ¿Qué hacemos? Ella dice conocer un japonés. Yo le digo que sólo tengo dinero para un bocata, morcilla o bacon. Ella dice que le gusta la clase. Yo tengo clase, digo ¿No la ves? Dice que no, pero que me invitará a mi bocadillo. Digo que vale. A mitad del café nos damos un beso. Le pregunto si le ha gustado. Me dice que mucho, pero que eso no implica que tenga clase. Le digo que sí tengo clase y, acto seguido, suelto un eructo maestro. Con ello quiero decir realmente: Sé que me quieres besar otra vez.

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Y luego están esas llamadas que te hacen y te dices si serán importantes, y el politono, en lugar de un pit pit, es una maravilla del reggeaton o similar. Cuando vas a colgar, de repente, lo coge un amor de tu vida que te dice “Hola, soy Santiago ¿Te acuerdas de mí?” Em, no, creía que era importante. Entonces él dice algo así como: Nada hay más importante que nuestro amor. Y es cuando tú, con cierto reparo, cuelgas y te dices: Vida esta ¿Para esto ideo chistes en facebook?

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Uno se acostumbra a oír a su amigo, el más salido del cole, decir, ante una mujer de vértigo “¿Para qué querrá unas piernas así?”. Naturalmente estamos hablando de piernas capaces de abarcar unos cuantos planetarios. Y su reacción en cuanto a su pecho viene a ser parecida “Eso luego lo chupas y sabe a goma”. Chaval, te recuerdo con quince admitiendo que te la meneabas con Leticia Savater en su programa para jovencitos. “La chica las pajas” en tu ideario era ella. Pero, amigo, bueno, ya no sé si somos tan amigos ¿Me vas a decir que…? Sí, dice él, y estoy seguro de que esa chica por la que se os cae la baba es un transexual. Solemos hablar de unas espaldas comparables con las de Audrey Hepburn. No entiendo a muchos de mis amigos. Porque, de entenderle, le animaría a seguir su incondicional amor por la Savater. No, amigo, si yo una vez me la meneé tras salir ella, joder, qué putada, ya habían empezado los dibujos, pero en ellos yo… la percibía aún, y tal. ¿Ese hecho convertía su ideal pajillero en Bugs Bunny? En fin… Puaj.

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Me escribe una chiquita preguntando si soy amigo de X. Digo que sí. Me dice que le diga: Oh, mi amor, mi fuego eterno. ¿Se lo dirás, por favor? Sí, se lo diré. Añade: Me muero si no estoy contigo. También dile que me falta el aire. Yo le digo que vale, que se lo digo. Me dice que le diga que no permita que se apague nuestra antorcha. Miren, yo ya no sé qué hacer. Le he dicho que a mí nadie me dice esas cosas ni me las ha dicho jamás. Pone su nombre y escribe ocho veces la palabra Amor. Miren, no sé qué hacer. El doctor Amor no está para mucha monserga. Todas las titis me dejaron. Todas se fueron con el viento y… ¿Qué más quieres que le diga? Que me muero. Vale, que te mueres. Joder, el puto Facebook. ¿Alguna que me diga a mí cosas de esas? ¿Alguna que se muera porque le falta el puto aire y yo ni cuenta que me doy? En serio, escribidme. Yo ya no puedo más. Amor a mí, y a mis c…

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Hay una fiesta de pijamas en mi casa ¿os venís? Estoy yo sólo.

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En vistas de que la probabilidad de amor crece de cara a mi fiesta de pijamas (yo el mío lo llevo desde el martes) he de deciros que yo encantado de la vida. Eso sí, quienes vengáis, tened cuidado en la rotonda, que está tomada por los españoles. Brunete lives.

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Recuerdo a esas chicas, las más bonicas de la clase, saliendo corriendo delante de los chicos, haciendo idea de que realmente las perseguíamos, sin evitar mirar atrás con aspecto de “Cuánto me gustaría que me pillara X”. Sí, reconocedlo, a vosotras también os había picado la gallinácea, incluso más que a nosotros.

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Hace cosa de poquito más de dos años perdí la amistad facebookiana de un escritor a la par olvidado que reconocido por una inmensa tontería que no nos priva de coincidir e incluso querernos en la vida real. A un estado en el que venía a hablar de cierta “infinita tristeza” venida a no recuerdo las causas, yo le dije en comentarios: tranqui, maestro, ya lo solucionaremos juntos armados de una pipita de crack. Con el tiempo me dijo que hubo de bloquearme porque la policía estaba al tanto de sus estados, a lo que me habló de ciertos problemas con la ley. Bien, no me decepcionó, estaba tan loco como yo le suponía, sin duda. Otro colega que hoy esperaba que le llamasen de Suecia.

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Era joven, como yo, y tenía parte de la cara llena de tachuelas. Iba rapado y vestía de cuero. Supe que yo no llegaría a un vagón de metro que ya comenzaba a cerrar sus puertas, pero él tenía más prisa que yo, llegó, quedándose encasquillado con la puerta. A pesar de eso, el metro parecía poder arrancar, por lo que, en un acto de huida de la pereza, me lancé corriendo a salvarle la vida o el brazo, cosa que conseguí y de la que luego sería ayudado por más gente. Pude coger el metro, gracias a la prisa del chico. Ya en el vagón, evitamos mirarnos. Pareciéramos, salvador por un día y salvado por un día, venidos de otro mundo, y nuestras pintas (yo vestía clásico tirando a joven que ha terminado sus estudios) también venían de ese otro lugar. Todo el vagón podía oír su corazón a punto de salirle por la boca. Sin embargo, reinó, tras la acción del día, el silencio, y yo procuré refugiarme en mi Umbral de turno de cara a mis diez paradas.

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Hace mucho tiempo (estudiante debía ser uno) cuando se echó una novieta que, con el tiempo, va y le deja por uno que se llama José María. No pude evitar echarle la bronca ¿José María se tiene que llamar? Me dijo que ella le llamaba Jose Mari. Pues, hija, peor me lo pones ¿Te molaba más que Alberto? Es que tú y yo… no nos veía. Bueno, con el tiempo me hice más amigo de Jose Mari que de ella. Nos dejó por un Carlos a quien ya no conocimos. Ni posibilidad nos dio. A saber qué será de ella. Seguro que a Carlos también lo dejó. Que no nos veía, me dijo Jose Mari al tercer cubiti que le dijo. Esa no ve na, le dije yo.

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Discurso de Felipe VI tras los acontecimientos en Catalunya:

Pienso que si del guión se hubiese deslizado, a mitad del monólogo, la frase “Porque, vamos, sí o sí que, por cojones, yo soy más español que vosotros”, incluso si los guionistas hubieran finalizado el discurso del joven con un “Bueno, chatos, que me voy que me espera la niña para el pincho los martes”, la sensación en cuanto a lo que dijo Felipe, respecto a fondo y maneras (¿qué desaborío, no?), no hubiera cambiado nada. O apenas.

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Me recuerdo con 30 mirando fotos de cuando tenía 20 y diciéndome: No eras feo para nada, chaval, si acaso eras gilipollas, pero nada que no cure la edad. Ahora con 40 veo fotos de cuando tenía 30 y convengo en pensar lo mismo, un poquito distinto quizá, pero parecidísimo. ¿Va siendo hora de aprender algo, no hijito?

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Tarde me vi como sometido si hacía posibles (podrían denominarse imposibles según los casos) para provocar la decisión venida de mi interlocutor (a veces compañeros de mucho tiempo, otras una cuestión en la que tenían que ver empresas determinadas entre ambos) de dejar de contar conmigo, dejar de hablarme, optando por una más sencilla cuestión de carácter donde resulta ser uno quien toma la decisión. Es más sano. Elimina mucha burocracia. En un caso reciente mi provocación llevó a que mi interlocutor (ya no hablábamos de amistad) elogió mi inteligencia delante de otra gente y no pude menos de responderle que las flores se las estaba echando a sí mismo, que sus palabras no eran sus palabras una vez salían de su boca y que optara, en lugar de referirse a mí, por referirse a él, a lo tonto que es, aunque sea, si él quisiera, respecto de mí. Estuve por preguntarle si una cosa tan obvia como a la que se refería merecía ser contada ¿Para qué? Sí, podría haber optado por llamarme subidito, pero ¿De qué? No consiste la razón en que busques vueltas para mandarme a la mierda, aunque lo pretendas desde un supuesto halago, ex amigo, yo sé quién soy, neng, y, ahora, sabemos que estamos juntos en nada. ¿Crees que no duele? Parece que necesitas alargarlo. Métete tus juicios por el ano, porque resulta que me has fallado. Fue una suerte no tener que llegar a ahondar tanto en cuanto al discurso. Los halagos del enemigo coinciden con probables insultos en que suelen venirle de la falta de argumento. Sobran. Por otro lado, no suelo tener mucho enemigo. Alguno que lo es por oídas (defenestros), pero a eso uno se acostumbra. No es difícil averiguar las manos que prendieron ciertas mechas. Aparte de una pérdida de tiempo que llama a hacer uso de la botica de cara a conciliar el sueño. Nada, aquí estamos, en casa de mamá, procurando hablar bajito, y, a pesar de todo, creando, moviendo inclusive currículo exclusivo para trabajos que puedan ser elaborados en casa. Besos a todos, también a enemigos, aunque de eso hay poco por aquí, creo. No me pararé mucho a pensarlo, no sea que me dé una embolia. Ahí sí, que el humor no nos desaparezca. Al menos a los civiles, más o menos de bien que, claro, antes que nada, a veces necesitan de un plato de fideos. E incluso de abrazotes y tonterías de esas. Vaya que sí.

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Hace tres días, mi ahijado (ahora vuelvo a verlo más) tenía una especie de problema debido a que el pito se le subía. Vaya, por deux. Pues sí, y yo lo bajo, pero vuelve a subir, me dice. Y, claro, si es que eso del pito es a veces así, hijo. Debido a que tiene razón y la usa optó por quitarle importancia diciendo que seguramente se debía a un pelo. Sin duda es un pelo, he intervenido, y ya ha sido cuando he hecho mío el discurso: Los pelos no traen más que problemas. Cuánto mejor sería el mundo, hijo, si eso del pelo no existiese. Habría que acabar con el pelo. A mí es una situación, cariño, que me saca de mis casillas ¿Para qué el pelo? Marquicho y yo, así, a lo tonto, estamos iniciándonos en una revolución que hemos denominado lo más internacional posible (¿Qué es eso, Alberto? Mucha, mucha gente en el mundo entero. ¿También Nico? Sí ¿Es uno de tu clase? Sí. Pues también) en contra del pelo. Claro, él quiere mucho al perro y es todo pelo, con lo cuál, ha surgido el primer asunto a tener en cuenta: Si eliminamos el pelo en el mundo ¿Qué será de Trasgu? Yo le miro muy serio, a ver cómo lo solucionamos, porque es un tema a considerar. No he evitado cierta maldad a la hora de dirigirle cierta mirada y decirle, así, entre nosotros, sin que salga de aquí: Marquicho ¿Tú, de veras, quieres mucho a Trasgu o…? Me da que la campaña contra el pelo va a necesitar de un manifiesto donde hay muchas cosas que mirar aún… demasiados días, puede que meses, de reflexión. Y, mientras, concluimos en que: Estamos trabajando en ello.

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Recuerdo un lugar -la patria era la asunción de la mayoría de edad y el inicio de un camino- donde unos compañeros de estudios nos juntábamos en algunos lugares y veíamos a personas enfrascadas de manera soberbia en el rol que se encontraban ejerciendo. Cuidado con este tatuador, nos decíamos en la tienda de tatus, el muy gilipollas se cree tatuador. A este no le hagamos mucho caso, nos decíamos de marcha al encontrarnos con un cuenta-cuentos algo ciclotímico al que le daba por unirse a nuestro grupo, se cree de la movida. Cosas así. Hoy hay que tener cuidado con muchos idiotas porque, en ese mismo sentido, resulta que se creen españoles. Y algunos están dispuestos a sacar porras, y a usarlas.

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Debe hacer quince años de esto, puede que dieciséis. Yo daba clases (que el impresentable del alcalde de mi pueblo no me pagó) en la sala de juntas del ayuntamiento. Eran unas clases que vinimos en llamar Talleres de creatividad en la que se me juntaban al menos 30 niños del pueblo (esto es: toda su chavalería) cuyas edades iban desde los cuatro a los catorce años y allí contábamos, sobre todo, historias, aunque también veíamos películas de aventuras y dibujábamos, todo bajo mi supervisión, un profe que daba el perfil de animadillo, juguetón y tal, y que dejaba que los niños opinasen para forjarles a la contradicción, cosa que no siempre conseguía. Hasta ahí bien, incluyendo que eran los propios niños los que iban a mi casa a despertarme diciendo que era ya la hora, con lo que la mayoría de las veces ni desayunaba. Claro, eran la chavalería del pueblo y también se daba el caso de juntarse en la piscina, el bar o el juego pelota. Una cosa, hasta ahí, de lo más normal. A lo que voy: Había dos niñas (7 u 8 años) que bromeaban constantemente conmigo y, una tarde, se dio el caso que yo estaba con un botellín en el puesto de los helados de la piscina y vinieron a comprar chuches y, de paso, a vacilarme, cosa que yo llevaba bien. Pues estuvieron un buen rato acompañándome hasta que resultaba que una de ellas tenía que enseñarme “una cosa muy rara que había donde estaba el botiquín”. Y no suelo, porque me da pereza andar, pero me dirigía con ella a ver qué era cuando de la boca de la otra salió la perla: Jo, ahora vais a ir allí y os vais a poner a hacer el amor. Me quedé blanco. No sabía si pensar en las personas que lo habían oído y qué pasaría por sus cabezas, si pensar en qué coño estaba pasando por la mía o si explicarle, de una manera improvisada, el hecho de que, debido a ir al bar o a la iglesia o a la televisión o qué sé yo, su mente estaba completamente podrida. Y la otra venga a reírse. Cosas de niños, claro. Seguí a mi botellín y el libro que llevara en ese momento y ellas se fueron a sus juegos o vete tú a saber y no pasó nada. No sé si lo recordarán, pero sí he regresado al pueblo y, en la actualidad, son chicas normales con noviete y eso y yo las saludo como ellas a mí, no sé si con un par de besos pero, en todo caso, preguntando cosas como qué tal estás o ¿Ya has empezado la carrera? Estoy seguro que ellas han olvidado por completo esa anécdota e incluso me alegro, pero bueno, aquí seguimos, y el partido del atleti tampoco da mucho de sí, así que me ha apetecido relatarlo.

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Muchas veces me da por recordar mis paseos por la calle Real, en mis veranos segovianos. Lo mucho que adoro esa ciudad si dispongo de la probabilidad de ir a mi bola, sin necesariamente conversar con las personas que me encuentro en las tabernas o con los camareros que, en algunas ocasiones, me conocían de las fiestas de los pueblos y me tenían por una especie de personaje, cosa que venía, la mayoría de las veces, de mi aspecto, que me era todo lo tonto que puede ser un aspecto. Recuerdo uno de mis últimos veranos sentirme especialmente feliz caminando por la calle Real, que, cuando acababa, uno se daba la vuelta y hacía el camino de regreso de nuevo, siendo una cosa que funcionaba, que mantenía la diversión llena de pacifismo en cuanto al ejercicio de la mera observación. Las tascas eran las mismas u otras. Había cañas baratas y también ponían buenos pinchos. La mañana era de principios de agosto y yo estaba pletórico. Me daban ganas de hacer cosas, incluso, que nunca hago, o que es bastante raro que haga, como comprar un helado, no sé de qué, de tutti frutti de eso o de limón (aunque también los he comido de turrón y de pistacho), no importaba mucho. Pues la mañana en concreto en la que pienso comprendí que mi pelo era bastante largo y que no veía por qué no aceptar un buen pelado en la primera peluquería que me encontré. Unisex. Mozas muy guapas y eso. Además lo que llevaba en el monedero me daba para permitirme que me lavasen la cabeza, con lo bien que sienta cuando cae el chorro tibio. No sé, esas cosas de sibaritas baratos de la vida a las que uno se da porque a veces uno también es un sibarita muy barato, aunque se dé pocas veces a mostrarlo. Fue un craso error porque el hecho de entrar, por mucho que advirtiera el pelado como la mar de útil, me obligaba a interactuar con esas personas. En un principio yo lo llevo bien en las peluquerías. Me da por hablar y el peluquero o peluquera me sigue el rollo, ya sea el rollo la actualidad política, el deporte o hasta lo mucho que nos gusta leer revistas, o hasta libros. Aquí, en esta peluquería, no había escapatoria. Era una secta. Y yo no me había parado a pensar en eso debido a mi entusiasmo. Luego ya sí ¿Una peluquería con un rótulo de neón donde pone Unisex en plena calle Real? Me di por afortunado cuando resultó que me iba a atender la chiquilla en la que yo me estaba fijando. Todo el encanto se rompió a medida que, no sólo hablaba, sino que no paraba de darme tirones, y no me permitía hablar a mí. Su conversación giraba en torno a la idea que ella tenía del Apocalisis y esa idea consistía en que debía adquirir todos los champús especiales que vendía la peluquería para que el pelo no se me cayera. Y yo lo aceptaba por mucha consciencia que tuviese de que no iba a comprar nada de eso. A veces me irritaba. Era una joven lozana con voz de pito y muchas ínfulas. Sus largas piernas a ciertas alturas ya no me decían nada, y no podía irme de mi asiento dejando su labor a medias. Sí me venían probables preguntas a la cabeza como ¿Dónde has estudiado peluquería? o ¿Por qué no te echas esos champús tan frescos en tus partes y te callas? Comprendía, no obstante, que su intención era impresionar a la jefa, metida en un traje de moda (en algunos sitios esas cosas tienen sentido), mostrar la eficiencia en cuanto a las ganancias de la puta tienda. Pero es que yo soy el cliente, estaba por decir, y en vez de eso le seguía el rollo, como si de verdad su apocalipsis respecto del futuro de las raíces de mi pelo me importase por un momento casi tanto como a ella. Fue una mala experiencia bastante cara y mi disconformidad apenas me dio como para salir por la puerta sin decir adiós o desear las buenas tardes. Procuré encontrar alguna tasca, porque me quedaba algo de dinero y, en mi manera, eso no era algo que podía joderme un día maravilloso, aunque… Lo peor no fue lo peor, pero tampoco ayudó. Sucedió que la tasca (muy frecuentada por mí en aquella década) tenía un espejo en el fondo de la barra. Menuda mierda de trabajo que me había hecho la menda ¿O era mi careto de susto el responsable? No me duró mucho… la cerveza estaba rica y podría pedir otra, incluso otra más.

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Tengo un dilema debido a la proximidad del libro este que he dicho que me iban a sacar y que es un conjunto de cuentos, muchos cuentos, y que a la pregunta de cuándo sale la única respuesta recibida (y que intuyo repetida si me diese por llamar a León) es: pronto. Eso no me ocupa absolutamente nada, ni tampoco me importa, ni está en mi mano, así que voy a ir al conflicto. Procuraré ser breve: Hay uno de los cuentos entre los que he seleccionado que odio mucho, pero que no termino de decidirme si quitarlo. El por qué me parece una creación de mierda: No sucede nada en él. Esto es lícito (conste que estoy pensando en maestros del género como Aldecoa u Onetti al afirmar esto, no en mí), pero es el único cuya voz responde a los pensamientos de una mujer. Y, claro, pasa que, por mucho que el cuento me resulte una putísima mierda, estoy enamorado de esa chica. No es que tenga muy en mente de lo que habla, pero reflexiona, se busca entre jaleos muy normales de la existencia. A veces la veo en el metro o la siento enfrente de mí cuando como y, mientras en la tele sale el Flo ese y su amigo, nosotros nos miramos ante nuestra tortillica de patatas y nos decimos: Menudos gilipollas. Es una chica que escribí un día a saber por qué, y no hacía nada salvo pensar, tampoco eran cosas importantísimas sino cosas que, en algún determinado momento, nos han pasado por la cabeza a todo ser humano. Es que la quiero ¿Saben? No estoy tan loco para haber imaginado cómo es su cuerpo y su cara. Da el perfil de ser de mi generación y, sí, cierta cosa de alejarse un poco del ruido, aunque se mueva en él. Y yo la quiero. Nunca se sabe en estas cosas, quizá si viviésemos juntos no nos entenderíamos tan bien como a veces imagino. El caso es que el cuento es una mierda y creo que me lo voy a cargar del resultado final, que ya tiene bastantes páginas y no pasa nada porque tenga cuatro menos. Claro ¿Conseguiré con ello olvidarla? Pues no, ni de coña. Y ¿Saben? Tampoco me apetece.

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Lamento bastante (tampoco una barbaridad, no se vayan a pensar) no compartir afinidad por la gran mayoría de series cuya venida se ha convertido en un oleaje que pudiera verse como ciertamente conmovedor para una generación que, en una buena parte, pudiera considerarse como perdida. Hoy, regresado al hábitat materno, mientras calentaba un filete empanado en el microondas me decidí por buscar un canal que convirtiese en ameno mi pequeño banquete (gasto cinco minutos como máximo en comer desde que me vino la manía, a veces agradecida, de saborear lo menos posible) he encontrado The big bang theory como una posibilidad. Lo suelto ya: Ha sido una experiencia desastrosa. Sé del mucho aprecio que goza esta serie para mucha gente cercana, pero no he podido evitar imaginar qué coño haría en ese pequeño apartamento cuya decoración, no obstante, me es pasable e incluso amena. Mientras los chicos hablaban de cosas muy graciosas que sólo entendían ellos (y que da gracia a la serie) una chica que, sí, he pensado si era merecedora de, pero se me ha pasado enseguida, les seguía el juego. Mientras deglutía mi filete me hacía a la idea de que estaba en esa habitación y no podía evitar intentar abstraerme de las ganas de darme al arrebato con estos seres, no obstante, entrañables, con la lectura, he pensado, de Los ensayos de Montaigne (la edición ilustrada por Dalí que me vino vía bancaria no me era más cómoda -aparte las ilustraciones del artista, también puede verse en las que hizo de El Quijote, eran fruto de una pereza de la que no hizo gala en sus decorados para el teatro o sus trabajos para Hitchcock o Disney, consistente en el manejo de la plumilla y bastante cercana a lo que podríamos haber conseguido cualquier post-adolescente versado en estudios relacionados con el arte, habida cuenta de una muñeca medianamente capaz- habita en casa de Marisa Bou, que me da que no la abre mucho, mientras yo me manejo con el pedazo de edición que hizo Acantilado). Lo intentaba, necesitaba concentración, al igual que dejar este texto para centrarme en el encuentro que se está dando cita en el Wanda Metropolitano. No había manera. Pronto quizá hable de algunas series que sí me han llegado mucho e incluso -las hay- he conseguido ver enteras. Respecto al manejo del humor sólo me han sido gratas creaciones de Groening, un poco el del papi ese gordo donde hay un perro que habla y South Park, aunque a veces me canso. Por cierto, he oído una corneta ¿Saben? Esto podría querer señalar algún tipo de gol y no es que uno sea muchísimo de fútbol, no, pero es que el Atleti-Chelsea, vaya, que les tengo muchas ganas al Chelsea, y… si no es hoy… a saber cuándo ¿No? Vamos, atleti.

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En Brunete dedicado a la salud (sí, también al amor). Echo un poco (no mucho, por poco llega a suficiente) ir a Bajo el volcán, discos y libros a ver a Fernando. Tío ¿Qué ha salido nuevo? ¿Conoces esta editorial? Sí, promete la hijaputa. Ya te digo. Me meo, tío ¿Puedo ir al baño? Ve enfrente que es colega, es que se me ha jodido la cisterna. Meas más aquí que en tu casa, de todas maneras. Lo reconozco, macho. Entro y me entran ganas de mear. Se llama Pablo, dale saludos. Hola Pablo, venía a mear. Luego si me sobra me tomo una caña. Me envía el de Bajo el volcán, que está muy pirao. Buah, está fatal, venga, pues están ahí todo recto. Genial, Alfredo, o Pablo. ¿Pablo, no? Sí, Pablo ¿Y tú? Alberto, Albertito, Albertícola, como tú quieras. Pues los tienes enfrente los baños, Alberto. Guay, tío. Joder, qué a gusto me he quedado, voy a gastarme pasta donde los libros y luego vengo y me tomo una caña. Tengo Alhambra. Ah, pues Alhambra cojonudo. Ahora vengo. ¿Qué, Ferni? ¿Qué hay de nuevo? Pues mira, ha llegado el nuevo Cartarescu. Joder, qué ganas, pero esto no me lo termino yo en cien años. Me he empezado uno de Palahniuk. ¿Pero a ti te gustan esas cosas? Claro, es la hostia, tío. Un día lo tienes que leer. Es un tebeo y luego vuelves a Guattari con fuerzas. Guay, pues te lo llevas. Vale, ese y el de… no, estaba pensando en… ¿En tías? Bueno, también en tías. Jajajjaja, me gusta verte, Alberto, tú no cambias. Tú sí, mucho. Pues me ha caído bien el del bar, te pago luego, que me hace falta una birra. Guárdame el del Cartarescu. Vale, yo te lo guardo. Joder, la vida puede ser maravillosa. Ea.

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