Notas facebookianas de junio (2016)

Antes en el barrio:
– Cariño, el fontanero nos la ha metido a base de bien.
– Ah ¿A ti también?

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Años 60:
– Te lo confieso, amor, me la han metido con lo de la estampita.
– Tranquilo. Están preparados para eso ¿Te han quitado mucho dinero?
– Dinero no, amor, pero es probable que tenga que visitar el proctólogo.

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«En la época en que Polonia se hallaba bajo el dominio comunista, había disidentes que daban clases nocturnas en sus casas y dirigían seminarios sobre escritores y filósofos excluidos del canon oficial (por ejemplo, Platón). No había dinero que cambiara de manos, aunque seguramente existían otras formas de pago. Si ha de sobrevivir el espíritu de la universidad, algo por el estilo deberá surgir en países donde la educación terciaria ha sido subordinada por completo a los principios comerciales. En otras palabras, puede que la auténtica universidad deba trasladarse a casas particulares y conceder títulos cuyo único respaldo sean los nombres de los profesores que los firmen.» (Subrayado de Marisa Bou al excelente libro de Coetzee Diario de un mal año).

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Es sólo la posibilidad de un amor nuevo pero, a fecha de hoy, mi duda reside en la certeza de que quizá no exista. A veces tiene dos nombres. Yo tuve varios en el pasado y muchas veces, sustituido por una vida mental dada a la vegetalidad, no he sabido hacerme la pregunta de si de veras existo. Si realmente lo hice alguna vez. Y sin embargo te quiero, cantaba la Concha Piquer.

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Borrador:

Despiezo trozos de cielo con unas manos
que acaban de rozar el mechón de un transeúnte.
Más tarde, me masturbo mientras lloro
mirando en la pantalla del ordenador
a una japonesa metiéndose un pepino por el ojete.
No soy nadie. No soy nada.
Tan sólo pasaba por aquí.
Ni puta idea de por qué elegí quedarme.

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Hoy se me ha ido la olla un poco y me he comido un tripi que guardaba en el cajón desde el año 1997. Así que discúlpenme si pongo incoherencias típicas que también pongo cuando no hago este tipo de cosas. Besitos.

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Hace relativamente poco no respondí un comentario hecho en mi muro. Hoy, tras ser castigado impunemente bajo so pena de padecer el látigo de la indiferencia de aquel que lo hizo, he recibido un mensaje en el que he sido amenazado por parte de esta santísima presencia fantasmática de devolver mis tres obras a la librería donde dio con ellas. Queridos y facebookianos amigos: En esta noche el mayor miedo imaginable me domina. O algo parecido. He estado por preguntarle muy seriamente si conservaba el ticket de compra o si prefería que le consiguiese uno y enviase a su dirección de correo ordinario.

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Luis A. de Cuenca:

He leído parte de su obra. Honestamente, en lo que a mí respecta, veo sus maneras unidireccionales y es el principal motivo por el cual me es, su obra, aburrida, llena de poemas que, una vez empezado el primer verso, conoces, no sólo los tres siguientes, sino también el encargado de dar cierre al asunto. Ayer coincidí con el señor Luis Alberto de Cuenca en la presentación de un poeta que me fue magnífico (Alfonso Brezmes) y de quien no dudé en hacerme con un ejemplar (Ultramor) -gracias MJ Vidal Prado, santidad leve de una flor que despierta siempre hacia la verdad de un amanecer-. Hube de darle la mano. Lo que no le dije fue que era el preferido de mi editor, leonés, para presentar mi última obra y que terminé declinando este ofrecimiento en favor de una buena amiga que, además, es muy bella. No le dije que fui el mismo que le sirvió agua con gas en la Escuela de ideas (aparte bluff) Hotel Kafka, donde uno ejercía de camarero, coordinador y lo que hiciese falta a cambio de escasa dotación económica (¿Será que soy tonto? No digo que no). No le dije que su corbata le sentaba peor aún que su peinado. Y tampoco le di las gracias por aceptar mi saludo cuando su postura de solemne caballero de nuestras letras parecía pedírmelo encarecidamente. No le dije que le conocía y, sin embargo, sin mencionar que llevaba en el suyo mi nombre, efectivamente, le llamé por su nombre y añadí: poeta.

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Uno se sabe nada, aparte la usura y facilismo con el que esos amigos despeinados de la pubertad le sugerían que era una especie de tripi al que le habían salido brazos y piernas, un Obélix en cuya ausencia de barriga se encerraba no sé qué receta mágica. Uno simplemente, si algo fue, fue fauno, fauno de la manera en que lo describe Verlaine (no el de Mallarmé). Uno se vio vivir todo eso y, sin embargo, acabó regresando. No, no me preguntes por qué (al menos hoy, al menos ahora, en este mismo instante).

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Colección de poetas de Lavapiés crean poesías a partir de las canciones de Labordeta y las recitan en los bares advirtiendo que es un humilde homenaje (Tiene gracia la redundancia «humilde» eh). Joder, qué pesaditos. Si queréis homenajear a Labordeta no hagáis este tipo de eventos en los cuales sólo os falta una cabra subida a un pequeño tronco… leed a Rubén Darío, a Vallejo, a Jorge Guillén…

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En máster chef Junior un niño ha plagiado los ingredientes del postre que me hago todas las mañanas: Finas hierbas, extractos de mescal fuenlabreño, estricnina, zumo de melocotón y una base de atún con semillas espolvoreadas de atropa belladonna. Es posible que gane y haga un reconocimiento público a mi figura, por no hablar de las siempre sensatas palabras del jurado.

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Alguien ha echado un tripi en mi diaria infusión de cicuta.

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El concepto de cinismo proviene del latín cynismus aunque tiene origen griego. El término permite hacer referencia a la impudencia, la obscenidad descarada y la falta de vergüenza a la hora de mentir o defender acciones que son condenables. Por ejemplo: “El cinismo permite que en algunos estados de Facebook de tamaño folio y medio Arial 11, haya cinco likes y tres corazoncitos por parte de algunos usuarios a los 30 segundos de haber sido compartido».

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El concepto de pasota proviene del latín ir a su puta bolus aunque tiene origen tibetano. El término permite hacer referencia a Paco, que se quedó en el bar del hospital tomando whiskies mientras su señora, Adela, daba luz a quintillizos. La definición cortar el hilo umbilical ya trata un término favorable para ser descrito por los médicos y enfermeras encargados del asunto.

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Ya sé por qué se llama La España vacía. Porque su autor se los ha comido a todos.

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A veces una broma vive en mí. Despierto y, sinceramente, no sé a qué sensatez recurrir. Todo, dentro de la broma, se ríe de una osamenta pertinente para echar a rodar por las escaleras del rellano. Mi broma me vence, me torna, soy plastilina en su talento. La broma me moldea hasta que retorno yo a retornarla en la breve tragedia de que no queda pizza alguna ni leche en la nevera. Ni tan siquiera unas flores (los tulipanes -turcos- son mis favoritos) alegran, desde su maceta, la flor de una broma que a su vez pone voz a la frase: No te rindas, querido amigo. Levántate siempre.

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Después de numerosas (casi incontables) acusaciones y juicios tras ser continuamente vejados por una sociedad de evidentes carencias morales, los gordos hemos conseguido que el estado nos pague las dietas de marisco que, como opción preventiva, nos fueron recetadas por médicos de la seguridad social. (Gota al poder).

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Cuando mi vida prevalece soy un artista. Cuando no, sólo soy Alberto.

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A menudo me digo de ser menos vehemente en mis irreverencias (exabruptos las ha llamado más de una persona -dos-). Quitarles peso a fuerza de mostrar el niño que he sido, que, siempre que puedo permitírmelo (poco), retorno a ser. A menudo me digo de ser menos inconsecuente con un juicio salido de mis teclas o de mi boca. A veces asesinaría un mar lleno de sirenas, de no contar con cera para tapar mis oídos ni cuerdas para atarme a mástil alguno, que platican, sin más, el ruido suave de una vida demasiado dulce, así como avara e incluso criminal y a la que unos cuantos perdonan por «frívola».

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Pongamos que existieran dos opciones literarias que, en cuanto a disímiles, cuadran. Pongamos que el universo letrístico se dividiera en Balzacianos y Rimbaudianos (¿Cuadra? A mí, rimbaudiano, sí). Pues bien, será que uno se va haciendo viejo, pero… si me da con lo de la casa, me voy a hacer con unas clases de maquetación, portadas con dibujos propios (mi formación se dio en la facultad de Bellas Artes), una imprenta y una furgoneta. Qué pereza, casi que le pido dos duros a Madame Masa y me voy a Abisinia. Ay.

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Conozco a unos cuantos a los que no les vendría mal tomar nota:
«A la pregunta siempre embarazosa: ¿qué estás escribiendo ahora?, respondo que escribo sobre flores, y que otro día elegiré un tema todavía más nimio, más humilde si cabe. Una taza de café solo. Las aventuras de una flor de cerezo. Pero por ahora tengo ya mucho para ver: nueve tulipanes muriéndose de risa en un jarrón transparente. Miro su estremecimiento bajo las alas del tiempo que pasa. Tienen una manera radiante de estar indefensos, y escribo esta frase a su dictado. «Lo que constituye un acontecimiento es lo que está vivo y lo que está vivo es lo que no se protege de su pérdida»» (Autorretrato con radiador, Bobin).

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Otra vez no he vuelto a quedar finalista del Tiflos de cuento. Si es que la gente que pasa las cosas a braille comete faltas de ortografía o se le olvidan las comas o algo.

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Lo del Foster Wallace. Una depresión muy grande. Eso es lo que me pasa. Pero, si bien, no me apetece terminar de leer (por orden) La broma infinita, me da que tampoco escribirlo. Y si lo escribo ¿Para que se quede en el disco duro de un ordenador? Anda, pasadme una oportunidad, que ya me da igual que sea en forma de soga, editoriales que distribuís los libros que, con muchísimo esmero, maquetáis y pasáis por imprenta. Alguno hasta ponéis una faja de esas tan ridículas en el libro acompañadas de un elogio de Jorge Javier Vázquez, o hasta pagáis el ISBN de cara a una segunda o, incluso, tercera edición. ¡Hasta leéis! Corregirme no es necesario. Si queréis, puedo trabajar como corrector ortotipográfico o de estilo para alguna de vosotras a cambio del alquiler y latas Litoral. Como lector no, que os veo venir. Como lector: No. Salvo si he de corregir y da para lo dicho antes, obvio.

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Qué tiempos aquellos en que mi psicólogo era un vaso ancho de whiskey. Me preguntaba, a la mitad, qué tal la vida. Esa consulta era una terraza donde cabía lo que tuviese de suelto en el monedero. Yo le decía al vaso ancho que tirando. Eso era vida. Muerte también pero, como decía el otro, No todo va a ser follar.

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– Tienes demasiado orgullo.
– ¿Es que tú no?
– Yo tengo muchísimo más. De ahí que el tuyo me sea molesto.

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Descubro subrayado en un Umbral de hace veinte años en mí (57 aproximadamente en Francisco Umbral) que Ignacio Aldecoa era más poeta en sus cuentos sobre poceros que muchos poetas en sus lirismos amanerados. Más abajo el viejo Aldecoa suscribe el epitafio del maestro: Un cuento o es un riesgo que se corre o no es nada.

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A una desconocida que pasa por la calle:
– Venga, preciosa, un polvete rápido aquí mismo. Que es que me he enamorado.
– ¿Tú eres raro, no?
– Mucho más de lo que te acabas de imaginar.

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¿Egocéntrico yo? Hombre, si acaso algo ególatra, eso no te lo niego.

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