Nigredo en domingo

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“En el estanque de la tradición, croan muchas ranas perezosas.
En los surcos de la conformidad, reposan los pájaros muertos”
(Cristóbal Serra, Granos de polen)

Volviendo sobre las respuestas -resueltas en correcciones a modo de tratado y resultantes en un personalísimo libro- Michon, editado como quisiéramos algunos fueran editados todos los libros de la estupenda editorial Wunderkammer, a propósito de Faulkner, cuya pasión por él inspiró no poco contenido lírico en Cuerpos del rey, pasa a citar al escritor italiano Guido Ceronetti, fallecido hace un mes y descubierto por mí (en el estupendo Vila-Matas “Impón tu suerte”) hace dos, acerca de una pregunta del italiano que, según Michon, produce vértigo. Tras haber dejado claro que el nigredo de Faulkner era su relación con la bebida (cosa que no nos produce extrañeza), cita lo siguiente, a través, como ya he dicho, de Ceronetti: “¿Cuál era la nigredo de Mozart? ¿Sobre qué íntimo batiburrillo coloca la obra su máscara embelesadora? ¿Qué precio de negra maldad fundacional tiene que pagar la obra? Y cuanto mayor es la deuda, seguramente, más probabilidades tiene la obra de ser hermosa”.

 

 

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Vive en mí un mandril histérico que no cesa de poner caras a los transeúntes que se acercan a su jaula. Si pudiera estrangularía cuellos de aves, mordería tripas de ratones hasta notar en la punta de su lengua la última respiración del mamífero en el momento en que uno de los ojos se le descoyunta. Hay algo en mí de mirarse un viernes en el espejo de perfil y medirse la barriga con las diferentes etapas que ha sido durante mi vida. Hay en mí una parálisis de niño hebefrénico en medio de un circo. Lo veo, me percibo en mi agorafobia, encerrado en una pantalla que hace las veces de la jaula del mandril y poniendo gestos, invitando a cada nervio a hacer su movimiento por leve que sea. Hay en mí un hombre serio que come solo y luego se pone un café mientras observa el techo de la cocina y también oye, desde una especie de más allá, noticias que llegan desde un televisor que truena en su apabullante encendido. Hay en mí una hoguera donde un animal sonríe y me he acercado, en algún momento, a acariciarle. Pero se retira. Prefiere arder junto con todas esas cosas que viven al otro lado de mi vida.

Los libros enseñan vías de escape que, no obstante, sólo están entre sus páginas. El agujero que tengo en la parte occipital de la cabeza reconoce dolores en cuanto la visión se topa con una letra. Hago como si fuera su problema, bordeo ese agujero y, a veces, padezco una especie de orgasmo. Tras los cuatros cigarros de turno, vuelvo sobre esas hojas, en las cuales descansan lirios y procedo a metérmelos en la boca, a masticarlos antes de cerrar los ojos y escapar de una vez por todas de fantasía tan profana.

Desde la perspectiva que la luz ofrece observo un nudo marinero. Es la noche. Creí, sobre las ocho, que podría dormir a pierna suelta y sin contemplaciones, pero pienso en la otredad, que es otra manera de decir que pienso en mí. ¿Qué es ese fantasma? Acaso una mariposa que se ha colado por mi boca y vuela a lo largo y ancho de mi cuerpo, dotando de viveza mis órganos vitales, por no hablar de que les concede un sentido. Por un lado quiero pensar que eso del amor es una creencia parecida a saber que vives y que lo nombrado no existe, por eso lo llamé fantasma, porque dice la verdad y también desaparece.

En una ocasión visité los derruidos vestuarios del equipo de fútbol de mi pueblo segoviano. Mi plan era mear, aunque no hubiera corriente de agua. Era verano y el sol lucía seco como el paisaje. Entonces, en una bañera rota descubrí una rata mirándome. Fue una mirada de cinco segundos donde la duda era quién se iba. Quisiera que hubiese durado algo más, pero la rata huyó por la alcantarilla. Salí de los destruidos baños creyéndome mejor persona, aunque no lo fuera. Aunque el encuentro sólo hubiera sido una fotografía que no acabó colgada en parte alguna.

Es raro quererse, muy raro. Tiene un poco de llevarse la contraria. De decirle al mundo que vives bien bajo su sombra. De querer abrazar lo que haya a tu alcance. De que no te den asco los zurullos que tu semilla ha ido dejando, a modo de señales, por el camino. Es raro decirle a tu enemigo que podrías ser él y no perder un segundo en llorar. Es raro decirse que bajo un árbol abrazarías la flor marchita que habita en tu cuerpo, por dolido que esté, por domingo que prometa. Es raro que morirse sea una fiesta.

 

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