Muditos, viejos sin fin (25/07/08)

Me he levantado a las cinco de la mañana, que es una hora que no lo es, como cualquier otra. Es demasiado tarde para el amor y demasiado pronto para el vino -tampoco tengo amor ni vino-. No hay nada en qué pensar y me acuerdo de cómo jugaba la bola mi amigo, que ya no está. Tomo café y escribo porque no hay nada más. Veré amanecer y me creeré, como el tonto, que es el día. Que entre eso y los cigarros ya está hecho un bautismo que diría ser para siempre.

Los grajos se despiertan y me sorprende que no se hayan ido ya a otra parte, que canten así de inútil sobre tejados y ramas.
En mis manos -los grajos- son sólo funcionarios de las minas que me invento, para que el trabajador no muera. Igual me es el cobre hallado que un sombrero -de copa- sobre la copa de un árbol, e igual son esos pájaros mismos los encargados de que las nubes se desplacen por el aire.
Cantan o chirrían porque saben lo que es algo aunque no sepan. Por eso son amigos, de alguna extraña manera.
Decía creo que Pessoa que si el corazón pensase se pararía -no, no es que lo crea, lo acabo de ver subrayado de El libro del desasosiego, que es un libro que ni me gusta ni me disgusta y por eso me gusta-.

Tampoco te pases, escribo serie D como podría escribir cualquier cosa. Me he hecho a no pensar la niña y hoy sus senos son las guindas de un pastel quemado de tanta vela -y sus pasos, a lo mejor o no, las intuiciones de un microondas hecho sin reloj, como su cabeza, la mía y la de mi prima.-
Pero es que no puedo estar seguro de si es eso lo único que tengo en la sesalia o es que hay más ralea madurando algún que otro podrido (no, no es que no la ame ni tampoco que sea amor -el amor no sé lo que es salvo una cosa de la que hablan mucho los mayordomos y las criadas por la tele-). Cuando me muevo lo noto e intuyo que es el cerebro chocando con el cráneo, accidentándose. Un papelito hecho una bola que intenta encestarse él solo en una papelera que no puede caber dentro de otra.

La niña tampoco existe. Es una tortura tan idiota como yo y mis felices veranos de pequeño yupi en las salas de recreativos viendo jugar a mis pájaros mayores.
Igual la memoria es una máquina a la que le falta acordarse de las cosas cuando se levanta y le sobra, precisamente, levantarse.

Hoy me he despertado acordándome de mi amigo, que ya no existe. Me he calentado un café y me he puesto a escribir porque cantan los grajos. No puedo imaginar otro motivo -pero porque no puedo imaginar, no porque no lo haya-. A estas horas, como a otras, es que no se puede hablar con nadie excepto con un muñeco que es yo hecho de trapos y no necesita dormirse ni despertarse ni decirse ni callarse, aunque se calla porque no sabe otra cosa ni tampoco nada de los grajos, ni los oye gritar porque el día empieza. No los oye no, ni se ha perdido, porque nunca tuvo que encontrarse.
Es que, le explico, los grajos no quieren quemarse en este agosto y gritan por lo que les viene encima, la caló. Son el violín sucio e inencontrable de esta casa. Cuando atrapados en la chimenea no cantan y parecen un corazón dentro de otro -dos taquicardias que no quieren oírse juntas- procurando una sola fuga -la necesaria- para hacer una en re afuera, donde chirrían como puertas oxidadas que se están cerrando cada vez más lentamente.

Gritan y vuelan como víctimas porque son el atentado que supone amanecer en una casa tan grande a la latitud que sea. Cansados o no de repetir la clave, suficiente milagro es respirar, así, de mañanitas en plural y en un instante.
Me he puesto un disco de rap para no oírlos.

Me cago en la leche puta, sé que es fatal acabar así un texto en el que sale mi amigo, pero hoy me voy a meter un taladro en la vena aorta y luego lo voy a volver a dejar en la caja de herramientas.

Ya ha salido el sol, sin él son flores desaparecidas. Contentos estarán esos cabrones pájaros.
(Compañeros del alma, compañía.)

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El lienzo que acompaña a la crónica es de Frank Marc

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