Los agradecimientos

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Tras una sesión de dos días de libertad, cariño y visita al cajero uno llega a la habitación de siempre sin saber muy bien quién es o quién ha sido y, también, de qué ser en un futuro inmediato. Hay una cierta sensación de incorregibilidad, y también de que el sol cambia, que no lo hace. Es ilusoria y también tan exacta como la teoría de la gravedad. Es paradójica. ¿Qué haría una historia sin eso? Uno tiene la impresión de haber sido bueno en el papel de sibarita, que deviene, no siempre (vale), en un porcentaje variable de lo mucho o poco que tiene uno de consciente. El resto, en mi caso, bastante constante, va y viene del bufón al que ya no le surge en el ideario verdad imaginable que decirle al rey, un desplazado cuya viable dignidad reside sólo en la huida y, diré más, un adefesio cuyo final se cierra en el papel de terror de los taxistas. No pasa nada, está bien. Es sólo la mitad de un mal necesario. Y ¿Saben? Lo voy a usar. En el arte las cosas funcionan, lo que no quita que uno se equivoque en un trazo o al darle a la tecla. Es una parte del juego que ayuda a que el juego lo sea. Por lo demás, este texto debe agradecer que los amigos sean suficientes como para no ponerse a citar por si se olvidara alguno. Aquí miro eso que odiaba Breton, el cielo azul, con el azul, que sobra. Ya habló Válery y recordó Umbral varias veces que la sintaxis era una facultad del alma. No lo sé, pero sí es la forma más directa y complicada de vestir a un texto con la minuciosidad de un buen sastre. Es el motivo por el que una página en blanco puede hablarnos de que está bien como está. Esto es: No vayas a cagarla empezando a echarme tinta. Pues, qué leches, habrá que amoldarse a ella. Lo dejo en principio en Una tarde libre y, si en algún momento me pilla a mano, una capsulita de Paracetamol o algo que se le parezca. Como dijo una vez Guardiola: Mi agradecimiento es muy grande. Besos mil

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