Lorca en estado puro: La Novia (por Marisa Bou)

A Lorca no se le quita ni una coma. Así de contundente se expresó Paula Ortiz, según nos informa Luisa Gavasa durante el coloquio que tuvo lugar tras el pase de La novia. Y es cierto, absolutamente cierto. Durante los minutos en los que he permanecido con los ojos fijos en la pantalla, un dolor casi físico se superpone a la contemplación de unas imágenes brutalmente bellas, mientras las voces desgranan la poesía lorquiana, ora recitada ora cantada, o simplemente murmurada. Con una precisión a prueba de expertos en Lorca. Con todo el respeto que merece nuestro poeta más universal. Con devoción de lectora fiel. Y eso he de agradecérselo por fuerza.

Sobre el fondo seco y duro de los Monegros, sobre el paisaje milenario de la Capadocia o en el penumbroso interior de una antigua cuadra, se despliega una amalgama de expresiones  -visual, auditiva, sensitiva, casi táctil-  en la que las Bodas de sangre son el fondo y la forma, la luz y su ausencia, rojo sangre y  negro duelo. Una sucesión de golpes que no dan tregua, desde la primera imagen de la novia surgiendo del barro  -que la cubre y la ciñe-, para solicitar la muerte que la redima de su amor culpable, del que su teñido vestido es muestra y prueba. Eso dice a la madre ya sin hijos: mátame, porque me fui con él, ese río oscuro lleno de ramas…

(…llévame de feria en feria

dolor de mujer honrada,

a que las gentes me vean

con las sábanas de boda

al aire como banderas…)

Paula Ortiz no se complace en el dolor. Está ahí, en el fondo, como la banda sonora de ese costumbrismo pasmoso de las tierras secas, de las gentes recias. Está en esa madre doliente que todo lo ha perdido ya y con la que Luisa Gavasa construye el personaje más creíble, con más hondura, contundente, sobrio. En La novia es el amor lo que se despliega, la pasión arrebatada y ciega: la belleza oscura de Inma Cuesta lo propicia. Tanto, que hasta me arrancó las lágrimas.

La mendiga pone cuchillos de vidrio reluciente en las manos de la novia, mientras le susurra: no te cases con él, si no lo amas. Vidrio omnipresente, en los puñales, en el carrusel, en el estallido de cristales menudos y afilados, en los que la novia vomita, símbolo de la tortura que la consume. Las imágenes no dejan ni un instante de ofrecernos respuesta visual a las metáforas lorquianas. En la fiesta de bodas, los movimientos sensuales de la novia hacen que cobre vida la canción popular:

…ay, tarara loca

mueve tu cintura

para los muchachos

de las aceitunas…

Y el embrujo del baile alrededor de la hoguera, ese juego de luz y sombra tan medido  -pero tan provocador-  con los invitados haciéndose partícipes de la fiesta (el novio, la novia) que se vuelve historia, relato, canción popular (la novia, el novio), rito iniciático y estacional a un tiempo, hoguera y danzantes confundiéndose emboscados en los besos (el novio, la novia) sabiendo que mañana han de volver a sus áridas tareas.

No puede la directora eludir la tragedia. Lorca quiso  -supongo-  denunciar ese atavismo que esclavizaba a la mujer y la convertía en parte de las posesiones del hombre. El destino fatal del hombre que se ve obligado a limpiar con sangre sus ofensas. Ese mía o de nadie del ofendido, ese vamos al rincón oscuro de la ofensora… Al fin y al cabo la tragedia es el triunfo del amor, y así lo cuentan Paula y Lorca, cada cual a su manera, tan diferente y tan igual:

…clavos de luna nos funden

mi cintura y tus caderas…

Dos ejercicios perfectos, el poético y el cinematográfico, que buscan provocar ese caudal de imágenes que se nos agolpa en los ojos y en los oídos y que hoy, tres días después de contemplarlos, todavía se enredan en mi mente y me oprimen el corazón. Los dos con gran economía de medios, puesto que ni nombres puso Federico a sus personajes (el novio, la novia, la madre, el padre, la mendiga…) más allá del de Leonardo. Y así Paula ha conseguido engancharme a su visión de la obra de Lorca, tan acertada y tan bella, con esos actores tan conmovedores y tan auténticos.

Sólo espero que el público joven acuda a verla y que se deje abrazar por ella, que un poco  -¡un tanto!-  de poesía hará bien a su materialidad (esa que el mundo actual les inculca) y que descubran que hay algo de mucho más valor que sus posesiones mundanas. Y que se enganchen a Lorca,

…con alfileres de plata

mi sangre se puso negra,

y el sueño me fue llenando

las carnes de mala hierba…

Y que todos los premios a los que está nominada esta bellísima película (Feroz, Goya y los que vengan) reconozcan este extraordinario trabajo coral.

Marisa Bou

18/12/2015

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