Lista de historias personales dentro (y fuera) de algunos libros 1

¿Saben que tengo un conflicto con los contactos de este programa? Se debe a una tontería sobre la que, en mis ratos libres (un 31% de ellos), doy vueltas. Tengo muchos menos contactos de los que he tenido en otras épocas en el programa, cierto, pero, me explicaré, regresé y… Yo hay un tema del que a veces quiero hablar aunque sea un poco, no siempre, pero es un tema que muchos de aquí conocéis. No sé si alguna vez he escrito seriamente sobre un libro, también es verdad. A lo que voy, hay varios juegos de esos por aquí en los que a algunos “les nominan”. Muchos, muy diversos y, a veces, en mis ratos libres (un 31% de ellos), veo a alguien con la propuesta esa de la nominación y, vaya, me digo: nomina a otro u otra, pero, vamos, que veo que a mí ni dios me nomina ni de puta coña, lo cuál, es cierto, no siempre me jode, pero me digo: joder, si serán sarnosos. Porque yo una vez aquí era Alberto Masa el de los libros (debido a que hay muchos Albertos Masa por España -más de los que yo creía- e igual que hay uno que es el de las maratones y otro que es el genio de los ordenadores, aparte también el ajedrecista, yo, indudablemente, o al menos una vez, por hacer la gracieta, me autobauticé así, soy el de los libros), y ni dios, ni mis amigos, nadie, ninguno me nomina para poner libros y decir algo de ellos, aunque sea en coña, o no decir nada de nada porque, veo, hay quien no dice nada de nada, sino que encasqueta la foto de la portada y ya está (que lo mismo, si me nominasen, esto es, si esperase yo de alguno de vosotros, cosa que a estas alturas he dejado de hacer en vista de que sois unos gañanes, me dijera: Tú, nominado… yo, a lo mejor, haría, hale, poner la portada de un libro y no decir nada con letras, en plan: lo he puesto porque me ha salido de la gaita). No sé, quizá lo termine haciendo porque, en vista de que nadie me nomina, decida nominarme yo mismo. De hecho, no con todos, con unos pocos sólo, estoy enfadado (quiero decir: es ya una cosa personal) el hecho de que no me hayan nominado. Bueno… es un proyecto. Opinión también. No quiero tampoco que os vengáis muy arriba. Abrazos y eso.

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Hollywood (Bukowski):

Empezaré por mi cuenta. No obstante, siempre fui un joven emprendedor. Bien, no sé cómo llamar a esta lista en la que, definitivamente a favor del caos, nomino una improvisación viablemente con sede en el triángulo de las Bermudas. Bien, no es que me lleve bien con el viejo Buk, pero tampoco mal. En la edad en que la diñó yo empecé a leerle influido por mis compañeros de escuela, que eran todos wannabees suyos. A lo que voy, ya por las fiestas de Valseca, estaban los chavales preparando la peña (poniendo bombillas, frigorífico y aparato musical alrededor de dos sofás salidos del barranco francés). Calculo que sería 1995, vaya y, aunque me venían a la puerta los colegas a decirme de una que decían que a mí me gustaba (era en realidad al revés, aunque, ya puestas las cosas así, terminase gustándome a mí) que qué hacía en casa y que si esto y lo otro. La verdad: Me leí del tirón el Hollywood del Buk. Que le dieran por saco a las putas fiestas y al DYC (aún segoviano) con coca-cola. Recuerdo más o menos bien la historia, pero, a lo que voy: al momento en el que un Bukowski ya viejo de la mano de la última chavala (ya no recuerdo su nombre… Linda? -por cierto, un primo mío tuvo un pastor alemán que se llamaba así, supongo que el chiste le hubiera molado al Buk, caso de no mandarnos a la mierda-) entra, recién llegado a su ciudad, en un bar de las afueras y todos los de la barra le reconocen. Es mítico el momento en que se viene abajo, en plan: ¿Así que vosotros sois mis lectores? Joder, todos borrachuzos como yo. Bueno, que sí, que lo terminaría y me iría a la peña y, cuando me quise dar cuenta, esa con la que yo andaba que si ella que si yo ya estaba con otro que, encima, tenía moto. Estuve por regresar a casa y leerme Hollywood otra vez.

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Zoo o Cartas de no amor (Viktor Shklovski):

Día de ponerse ya la bata y segundo libro (intentona de seguirme el rollo a mí mismo -leo que Rebeca se apunta-). Es bueno, aunque no lo pongo por eso. A lo largo de mi vida me han regalado bastantes libros. Este fue una sorpresa absoluta, imposible de obviar, sobre todo en cuanto a las escasas pistas que tenían (o eso me creía yo) esos santos colegas (nivel no les faltaba, quede claro) para, no sólo acertar el pleno en la quiniela, sino presentarme a un autor que se me perdía entre los nombres de los ensayos de escritores rusos de Zúñiga. Y, en cuanto a género, lo mismo. Me flipan estas cosas. Aparentemente cartas, pero la cosa se va y se viene entre ellas, sin dificultad, algunas dosis de mala leche, metafísica del frío y mucha lírica. No, no lo pude posponer, y el rato, corto, pero muy agradable ¡Benditos sean los descubridores de esta pequeña joyita!

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Nadja (André Breton):

Si me pongo a darle vueltas, tengo numerosos libros de culto o incluso, como es el caso del que me refiero, marcaron algo parecido a una época y que, sin embargo, no lo he destrozado con las tijeras de cortar el pescado (las mismas que uso para afeitarme), de puro milagro. Me sigue costando aceptar sin culpabilidad que llegué hasta el final. Todos tenemos un pestiño horroroso heredado de alguna verborrea de clase de COU o incluso de la facultad. Seguro, debido a su fama, lo ha señalado mucha más gente como su libro insoportable favorito. Hará unos meses recuerdo leer por aquí entrevistas a tres responsables de editoriales que me gustan. En la dirigida al creador de Pálido Fuego hablaron de a lo que quiero referirme yo con Nadja, resultando elegida -y me resulta muy legítimo- El innombrable, de Beckett. Siguiendo con la ficción, me apetecía, ya que he arrancado, ponerme a citar ejemplos de una literatura más reciente, pero eso no entra dentro de las que asimilo del todo como lo que son -y, ya digo, odio con ganas- sino por las que me he visto superado, al menos de momento (en especial Pynchon y Gaddis). Pero bueno, que eso, si al final sí, será en otra foto. Para quedarse ancho quemando cada página, Nadja me parece cojonudo.

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Búsqueda sin término, una autobiografía intelectual (Karl Popper) / Matando el tiempo (Paul K. Feyerabend):

Me parecen dos títulos bastante paradigmáticos en cuanto al contenido de ambas biografías (cierto que, en cuanto al subtítulo empleado por Popper, no habría uno de ser muy rebuscado para dudar si el libro trata sobre brujería o si el traductor, tienen la culpa de todo, ha formulado una especie de oxímoron de doble hélice. No, es cierto que puede ser algo consciente, algo que nos lleve a decirnos algo, pensé-). El jueves que viene consultaré a mi psicoanalista por si he dicho alguna burrada, pero no sé cómo ambas editoriales, que adoro muchas veces, no se han ahorrado el resto de metraje; chistes, por lo general, que siguen una vez que, tras haber quedado uno hipnotizado con ambas portadas, aparte sucesos sobrenaturales y aventuras, muchas aventuras, aventuras sin fin como descubrir esa noche inquietante en la que llovía un poco y Paul salió, no sin olvidarse el paraguas, con su señora esposa a ver el estreno del musical “Hair” en un teatro. En mi paso por sociología (yo venía de Carlos Castaneda, ¿saben?) no me impliqué en esa asignatura demasiado. El maestro, Luis algo, era un tipo no obstante respetable y todo eso y hasta mi impresión era que nos caíamos bien -cosa que incluía él a mí también, sin ninguna duda-, por mucho que nunca quedáramos para ir a un tablao o jugar un billar en un club nocturno (advierto que soy pésimo, pero que, caso -bastante probable- de que me ganase, no se habría acabado mi vida y, caso de habernos jugado un zumo de piña colada, hubiera contribuido sin problema gracias a las propinas de mi tía y mi abuela). Corría 1997, me acababan de dar el alta del psiquiátrico y, además, había empezado a salir con una chavala (perdonen, me estoy riendo, pero es muy triste). Iba a llegar a cuando un amigo que quiero me descubrió, tras la intro a ideología de esa facultad por la que pasé con más pena que gloria, lo que los autores (ellos) escribieron sobre sí mismos. Pero ya he dicho bastantes cosas y esto es larguísimo. Todo era porque he recordado que una vez puse en este programa que me era muy simpática la película de Pixar, Los Increíbles (La que han sacado nueva no la he visto y es muy raro que yo vaya al cine) y alguien de aquí (bien desapareció, bien fui yo ¡Mamá, quién tuvo la culpa!), tras marcarse un discurso en el que las comas y las tildes y todo estaban impecables, la verdad, sobre el superhombre nietzscheano, culminó su intervención con un: Perdone si yo sí me solidarizo con Auschwitz. ¿?

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Los cuadernos de Luis Vives / La belleza convulsa / Un ser de lejanías / Retrato de un joven malvado y Mis paraísos artificiales (Francisco Umbral):

Nada, dosis doble de hipnóticos (me parece más adecuado llamarlos inductores del sueño, pero es más largo y, en la forma sólo, rimbombante) y no quiero echar mano de más. En vista de que en la cama hoy no soporto el motor de aire, nada mejor que hacer que elegir unas pocas obras de Umbral de cara a cumplir con mi afán de ofrecer un sentido a esto (eso que el actor gallego por antonomasia llamaba El concepto en Airbag, una de las películas más tontas de los noventa). Bien, el concepto ¿Qué es? El reto que me propuse es en cuanto a calidad literaria (debido a una conversación en mi muro con una amiga atletista) si entendemos calidad literaria por el Umbral que más se acerca al clásico que mejor sigue funcionando del autor, Mortal y rosa que es, con permiso de Tiempo de silencio, de Luis Martín-Santos, que emprende un camino inédito en España a la hora de manejar cómo contar una historia, la obra por excelencia de la segunda mitad del XX en nuestro país. Bueno, dirán, este ha colado esto y se ha quedado tan ancho, mientras me vienen a la cabeza esas carátulas puestas porque sí en otros muros, blancos como la sierra de Guadarrama en enero. Nada, si lo que yo vengo a decir es que el único que sobra de aquí es Un ser de lejanías (en el sentido de que lo reeditó Austral), obra con la que, tardíamente, yo descubrí al autor en formato libro. Y sí, sé que se pueden mencionar muchos más, pero estos son los que pasan por Juan Ramón, Ramón y Valle (así los llamaba él en Las palabras de la tribu y en muchos otros sitios -una vez tuve una coach que me preguntó, públicamente, por qué los llamaba así si no eran mis amigos, en fin-) y de ellos avanza en busca de Proust, pulmón mimético del que Umbral no renegó jamás (bah, anda Pacooooo, que fijo que alguna vez lo hiciste, mamoncete, ahí cuando, tras escribir tus mandangas, comías, dejabas a María España limpiando la casa y te ibas con esas lozanas jais del teatro Real para llegar, entre mojito y mojito -cuando a ti lo que te iba era el whisky, que casi te destroza-, a las tantas -hoy día dirías: Ya no se puede hacer eso, ya no dejan-). Los iba a tratar por separado (sobre todo para justificar ausencias), pero esto ya es largo por hoy, señores y las pastillas… joder, las pastillas. Eso de las pastillas me va a matar y aquí no hay ni una cerveza -o papá ha averiguado un nuevo escondite del que yo no me he enterado-. Joder, que era para tomar sólo una.

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Ecce Homo (Nietzsche):

Entre los libros que hay por casa este es el único que he mangado. Yo era un chavalín. La moza esa primera con la que estuve y yo salimos un sábado o un domingo a un pueblo muy bonito en la Renfe y nos encontramos un puesto de libros en una plaza. Eran las mejores ediciones malas del mundo y, calculo en el 97, te las encontrabas fácil en top mantas, en algunas líneas del metro o por el centro de Madrid, no me acuerdo si costaban veinte duros o cuarenta. A lo que voy, si fuera a mangar otra vez, esta es la editorial que menos lo merecería. ¡Pues claro que te han visto, gilipollas! ¿No ves que los del puesto se están descojonando? Me decía la chica. Y debía ser así, sin duda. Sólo con mi aspecto, el de ella, el título y el autor, no era para menos. Pues claro que se descojonarían. ¿Pobre chaval, no? Lo mismo hasta si hubiera pasado la gorra me hubieran echado algo, no sólo los tenderos -que se reían-, el público entero sentado en aquella plaza. Claro, es el libro que con mayor sentido de la justicia debía leerme, como quien dice, de una sola sentada y sin respirar. Y en eso cumplí. Por entonces era frecuente que hiciera subrayajos en los libros que viajaban conmigo en el bus o el metro, pero en este no hay. Eso sí, me supuso un libro lleno de humor y ocurrencias, mucho más divertido que, de época y autor, El anticristo. El Nietzsche bufón (no deja de ser el bufón Aquel que dice las verdades al rey) que tanto gustaba en aquella Alemania. En cuanto a las demás obras del autor, el que más recuerdo es el de Zaratustra, un ejercicio lírico tremendo, una novela sobre el bien y el mal con los personajes principales muy definidos. Sólo volví a intentar hurtar en otra ocasión (en la Cuesta Moyano), no me atreví y fue agradecido no hacerlo por mucho que la responsable de la caseta me clavara unos ojos en los que se leía “acojonao” al irme sin él. No no, me dije que no lo volvería a hacer. Y hasta hoy, resistiendo. Con orgullo. (Pero sin él también).

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