Las espigas y la luna, el mundo (02/10/08)

«Me voy,
me voy a mis tablas. Lluvia
y más lluvia seca
sin parar» (Gonzalo Rojas)

Mamá me dice que estoy muy nervioso, que tome la medicación.

Afuera de esa medicación, de la vegetalidad que crea su mundo, soy otro mundo en un lugar cuyos signos, haciendo despiste en mi voluntad, asimismo controlada por un centro que emite los sonidos de una sala recreativa, permiten que mi control se revuelva sobre sí y pierda, como los grandes mecenas de la antigua Roma, el cálculo de sus ofrendas. Amén de esto soy una persona literaria que, influido por mis maestros -gente disparatada- intento inventar el mundo en mis ratos de ocio. (El único encargo recibido ha sido el de renunciar a una novela -cosa que he hecho- y hacer un libro de relatos personales entrecomillado -cosa que he hecho-, el resultado fue una broma sobre la broma que era mi editor en sí). Hube de comprender a tales guisos entre paréntesis que a más broma, mejores carcajadas, y fui resultado de ellas en un lector que me va haciendo, poco a poco, desde el interior de su pesebre. Un lector mezquino, pues evita reírse por lo bajo y, en otro orden de cosas, no cabe en su carcajada y sale expulsado de ella en cuanto se presenta ocasión, dejando el libro que entre las manos maneja, lleno de un idioma inaprensible hasta para un esquizofrénico normal y no uno como yo, que tanto yo encuentra entre el aguacero, inocente de que las gotas de estos días poco son más que agua sobre agua, barro y paraguas en el camino hacia el autobús.
Pero tengo mi blog, como tantos y también los días de lluvia. Salvo alguna acotación pactada no he vuelto a saber sobre escribir otra cosa, al haberle cogido un tacto que no sé no querer, a la criatura que, debajo de la piel, es el abalorio impar de un ago(s)tado.
Un señorín sale a la calle con un paraguas y le da el aire de cara, al que responde soplando para guardarse y, en su encogimiento, llega a la parada. A partir de ahí no existe la belleza de las cosas.

Bien:
Un tipo coge el autobús. No, mejor un tipo no. Hoy voy a ser tipa y me voy a llamar Cataplana. Cataplana coge el autobús y le dice al conductor que cuánto. Tiende 2´80 en el recibidor y coge ventana. Abre el libro «La vibración del hielo» de Jordi Doce y lo cierra al acabarlo (de su principio coge la cita que figura al inicio de este escrito).
Miro la ventana, sé que es precario pensar que todo ha finalizado, hasta la guerra, siendo la persona un ente bien diferenciable en la conjetura asimilada de ver en cada lado un término de lo que sea. -sonrío porque me acuerdo de que me encanta guisar papas-.

Mamá me pide que despierte. Sabe el idioma de cuando antes y evita el blog de la criatura desde que encontró a un ciego masturbándose en su horca mientras se carcajeaba de cuanto mundo presenciara su manera.

El paisaje que viene es el de la media luna temblando en un mar que en su gran ancho parece espigas en la noche, movidas por el esfuerzo de esa media luna que tirita en medio de un panorama que imaginé dans littéraire a bordo de un autobús de los escasos en domingo.
Se ve vadear con el esfuerzo, como cualquier barco en el océano que acaba siendo el campo, virrey de caricias en el trono de la sola espiga.

Cataplana me pregunta qué es lo literario, pero no sé lo que es.
Cataplana idea que lo literario es el amor y estoy de acuerdo, aunque el amor son unas pulgas que salen a la existencia desde ese vulgar chocho de previeja que tiene Cataplana, y que piden ser esnifadas una a una con la condición de abandonar el lloriqueo y el quejoso como descreído maldecido de su origen.

Mamá me regaña porque doy muy fuerte a las teclas y procuro, para no molestarle, hacerlo más bajito, aunque ello traiga en consecuencia que el frío de la casa opere.

Procuro hacer alegría, tras teclear; entonces mamá comprueba que, en la nevera, cada cerveza está en su sitio y vuelve a mirarme y decirme que me tome la medicación.
Tenía unos textos eruditos pensados -lo cual niega lo de tener los textos, claro-, casi listos, pero caí en que no era erudito y que manejo los datos de la historia muy torpemente, lo cuál puede hacer tropezar una erudición con la que tampoco, como con Cataplana, quiero pasear. Porque yo lo que quiero es escribir mi blog como me dé la gana, decirle que es bonito, guapo y valiente mientras acaricio su fotografía del monstruo de las galletas e inscribirlo en lospremios 20minutos, donde miro, es como yo de pequeño, una boñiga situada ante un frente incomprensible, lo que por otra parte está bien, para que aprenda.

Procuro llamar la atención de mamá sobre esto, pero me vence el indudable ingenio y saber hacer de intereconomía que, infundido en su seriedad, hace menor a la vida. Y a mi vida, de nuevo, vuelve el nombre medicación y el verbo tomar.

Y qué coño, yo tampoco soy muy esquizofrénico. Un poquito sólo. Lo justito para presumir, como hacen los dedos de algunos cuando me abro paso por la calle de este pueblo, que es una mala imitación de Valseca.
Y tampoco tiene río.

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Fotografía: Marina López Fernández

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