La Troje de La Calera, el botijo y las ratas que sólo nombro de pasada

El ahora no era una posibilidad en aquellas ruinas. Proporcionaban la alegría del sol en lo alto. Las sombras que este cuerpo proyectaba eran dotadas de sentido por el mero hecho de estar quietas. Al lado nuestro, mío, una pared carcomida daba la espalda al atardecer. La noche sólo era una excusa para dormir. Refrescaba en aquellas noches en las que, a la entrada a la troje, un botijo veneraba al saludador diurno que uno era. Esa cerámica de los abuelos. Ese pensador de la casa que era el botijo, allá, en el pueblo. Las ratas eran grandes como una lumbre y tebeos de Ibáñez amarillentos se mezclaban con la paja. Ya eras un mocito, amore. Ya sabías que eso que llamaban vida era una cabeza por la que bullía sangre propia. El Oeste eran unas viñas en cuyo centro se levantaba un olivo. Y luego estaba la sala de bailes donde un aspirante a músico tocaba el acordeón a cambio de un par de botellines. Las sombras de las muchachas eran mucho más grandes que ellas en ese salón de baile ¿Y qué hacías tú salvo dejar que cayera algún adorno de ese gran árbol de Navidad que era la mano de abuela? La Bastiana hacía la tierra girando una mano y, sobre esa tierra, era levantada, en los mediodías, la troje del inicio de este texto. Allí moraba también la vida de la gran capital. Un Madrid sepia, la primera motocicleta del tío y cosas así, que no es que fueran cosa con cosa si quiera, pero eran más que suficiente. Además estaba Felipe, pero eso es otra historia. Felipe era un tipo de clase media, gran orador, y a las mujeres les encantaba cómo llevaba el pelo. En La Calera había flores silvestres y los niños hacíamos nuestras necesidades en la calle. Para limpiarnos a veces lo hacíamos con papel de cartón. La troje variaba de color. Era una inmensidad tan diminuta como una carcoma. La iglesia era el don bobalicón de un pueblo que madrugaba en exceso cada domingo. Qué pueblo más hermoso. Toda la gente procuraba sombra al sol de la plaza y bebía cada uno de su propio botijo. Por allí pasaba como uno más el difunto Diógenes Laercio y se sentaba a mirar, por primera vez, desde los ojos del niño que aún yo era, desde mis calzoncillos meados, cagados también, en un mirar que no parecía tan errabundo como este de hoy, el espacio donde una pantalla líquida te ofrece figurar por siempre en un firmamento hecho de esas canicas resplandecientes con las que un día, moviendo el pulgar de tu mano derecha, fuiste algo más que todo eso. Querido, casi adorado, en el Madrid del invierno un señor decía que eras la mar de alegre y le pedía permiso a tu mamá para sacarte en una película. Nunca supiste si ella dijo sí o dijo no. Da lo mismo, se dice ahora el vástago. Para lo que fue… mejor es esto. La abuela Bastiana en una jaula fresca donde, en el año 90, llegó la televisión sin previo aviso. La buena mujer se hizo a usar el mando a distancia y saludaba cada día al presentador del parte. Guisaba conejos y pollos. A finales del 96 murió y su nieto estaba encerrado en un manicomio porque le dijeron que eso de las drogas le había jugado una mala pasada. Algún mal viaje, quizás. Demasiado pensamiento en un lugar donde se vive mejormente sin su peso. Los aliados eran niños iguales a quienes ofrecer el cobijo que te ofrecían a cambio. Por eso uno tiende a creer más en el trueque que en el psicoanálisis. Si no ¿De qué? Una mujer rosa dibujaba la flor del champú sobre esa mujer grande y hueca que era mi abuela paterna. Moriría dos días después de conocerla de un infarto. No recordamos su nombre. De esa mujer vi la ayuda de un santo hecho por ella misma, que es el único santo que existe. Y murió dos días después de que le diera un abrazo. Recuerdo una vez, otra y otra más la troje donde un día fui invitado a mi primer cigarro y lo rechacé por ser algo de mayores. Maricón, me llamaron. Quizás es que lo era. La troje, en su sol inmenso, dorado, pesado hasta hacer mella en el cuerpo que sudoroso recogía aliento de él y luego del botijo (anisado previamente de echar el agua) y la bicicleta azul con yantas de plástico. Y cada vez que había que inventarse un balón para jugar a algo. Mortadelo, Rompetechos, Sacarino, Filemón y Súper López eran los buenos. Los malos… ¿Es que había de eso? En Madrid existía el barrio, que no era lo mejor del mundo siéndolo, al igual que el colegio. Allí, sentado en el árido suelo de la troje, mi esfuerzo era otro. Mi esfuerzo era aprender a veranear. Cuánto sabe el nieto la Bastiana de números. Pues porque voy al colegio, señora. Un barquillo era el premio para los niños que sabíamos de cuentas. Allí nadie sabía dividir, como tú ahora. Allí era una fiesta de matrículas usadas en coches que ni siquiera eran capaces de echar a andar antes de ser empujados por tres hombres unos 20 metros. Allí y acá. Una pluralidad intensa de cristal vacío. Cada cristal allá tenía su propio heredero. ¿Escribir historias era algo bueno para poder leer algo después? ¿Aunque fuera lo mismo? En ese sentido tu vida, en la habitación de los libros, hoy, no ha cambiado demasiado. Hoy la jaula es una necesidad de pájaro viejo que descansa sobre un cable mientras atisba algún otro gorrión que se acerca a compartir conversación con él y, quizá, alguna miga de pan llamada hacienda. La troje era un dios alegre que reinaba en ti, niño de oro, cantimplora de la ausencia. ¿Dónde si no en el desierto ha de caber la arena del desierto? Al lado, echado sobre lo que fue una mula y hoy son huesos mordidos por antiguos perros que por allí pasaron, se abre el cielo y de él cae la lluvia. Es de agradecer. Mirar a los ojos el agua, cerrarlos y llorar, a día de hoy, es lo que aquella troje ha hecho por ti, por mí y por muchos más de nosotros de los que podamos figurarnos hoy. Hoy amanece y, sin embargo, la máquina tecleante se dice a sí: Para, amigo, es la hora en que dormirse, al fin, es un simple juego. Mañana es domingo (hoy ya). La Calera se arregla para ver amanecer sobre la espalda de un cura. Alguna burra pasa al lado de la puerta. Es un día apacible. No estamos perdidos, no del todo, amigo mío. Caso de que creas en las palabras «amigo mío».

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En la imagen: La copia de un cerrojo.

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