La muerte de Francine

Escribo sobre la otredad en Facebook lo siguiente: El que escribe un libro ¿Qué dice de él tras haberlo escrito? Todo lo que dice de él es un libro necesariamente siguiente (y no por ello más o menos actual). Y así. Recuerda Blanchot (s. XX) que escribir es lo incesante, lo interminable. Vieja y nueva Francia. Piglia reescribe todo eso en Crítica y ficción. Mallarmé dixit, a Paul Gauguin, ilusionado en una idea para novelizar / contar la vida (reencontrada luego en Haití) “La literatura no se escribe con ideas, sino con palabras”. Las ideas son un arma arrojadiza, necesariamente perecedera. Sip. Entregarse a lo incesante. “Muchas razones impiden a Kafka terminar la mayor parte de sus historias. Lo llevan, apenas ha comenzado una de ellas, a dejarla para intentar apaciguarse en otra” (De nuevo, Blanchot). Risa de hiena necesariamente electrocutada. En la fotografía: Ángel Masa, más joven de lo que soy yo en la actualidad. Año sesenta y siete. Más joven que las flores imaginadas de París. Mucho más joven que la madurez y asesinato de John Winston Ono Lennon (un tal Chapman, seis o siete tiros). 

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Foto de Alberto Masa.
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Fuga: Necesariamente constante (Observo, coloqué como prólogo a mis, necesariamente inéditos, Diarios de un chavalín -escritos a bic azul en verano de 1997-). Gustaron a un tipo diletante de mi pueblo, Valseca. No recuerdo su nombre. Ya murió. Siempre vivió solo. Iba bien vestido, limpio, olía a colonia y no fumaba más que un puro cada dos semanas, o ni eso. Llegó a comprarme un cuadro por 17.000 pesetas. Me dijo que era interesante porque había muchas figuras dentro de una sola.
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Abajo: Roma (principios de la era psiconauta). Frente a la Fontana di Trevi, influido por el amor al vendedor ambulante que, desde su puesto, mira de soslayo el mediodía de un joven ocioso, en aquel soleado marzo en donde recordé la imagen de Anita Ekberg, a su vez recordando, en Intervista, rodeada de animales vivos y muertos, lejanías (que en mí hoy son entre propias y entre castañas haciéndose). Detalle: Postal (de Miguel Ángel) que recojo, casi ocultándola, en el regazo de mi brazo izquierdo (con cuya mano señalo la muerte), mientras el derecho lanza una mirada perdida al cadáver apedreado de un porte serio, tristísimo Duce, allá, en 1945 (antes había aconsejado a Primo la prohibición en España de la novela erótica, que llevó a cabo).

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Foto de Alberto Masa.
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Revisito los días anaranjados. Los colores sepia de las fotografías. Aprendo nuevas palabras a través de ellas. Escucho a un pájaro (Diario de una cocina, 2007) cantar lejanas canciones para aprendizaje de sí mismo, de una tierra deplorable, que nace y acaba en una cocina. El sonido del microondas sigue siendo el mismo. Es largo-corto (a veces cesa). Café caliente… eternidad, según Ciriaca Llorente (DEP). Subrayado en Buffalo Bill ha muerto (e. e. Cummings): Una de las mil caras que son la sonrisa. Eso soy yo observando, en el amanecer, el amable rostro de una mujer rusa de pelo amarillo y sonrosados mofletes. Me habla mediante una fotografía. Dice: Hola mi Alberto. Es tarde, hoy. Mañana pronto, probablemente. Es el mediodía turquesa donde me fue dado un caramelo en el corralón de los locos. Partículas ebrias de necesidad de acabar su estancia. Ayuda del estado (dominicos). Mujeres y hombres esperando un vaso de leche. Un hombre desdentado de enero, antes de mi nacimiento, bromea con una puta sobre su embarazo. Se va a llamar Juan Carlos. Será médico.
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He de cubrir una exposición de cadáveres (2009), veo tallos de margaritas en las bocas de los patos. El mundo versiona su propio estilo. El individuo añade forma a su mundo. El que escribe nace en un nuevo escrito, que no culminará nunca. Borges, que miniaturizó a Adán en El Aleph, después de apartar de sí La Ilíada, revisa las lecturas de Kafka.
Visito, en Viena, la tumba de un músico (junio de 2012). Me encantaría fabricar una felicidad cuyo significado asentase una rutina sobre el mordisco de la nube. La respuesta de una ola al amanecer en Porto (febrero de 1996). Un viaje necesario a mi primer accidente, tras el imperdonable nacimiento. Aseguro una mejor decadencia (más explícita), a través de una obra “alegre” que, siempre, será siguiente. Los chinos ven la hora en los ojos de los gatos.
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Cielo gris. En el Spotify suena Handsome Family. Canción de cuna de tres y media de la tarde. Nochebuena. Una buena ducha. Me pregunto si los recién nacidos sabrán perdonar las luces -del chino- de mi abeto artificial. Es el inicio de un gran día en el que sestear es el ruido de un reloj, un mensaje de Felipe VI. Acabo de enterarme que murió Francine (amiga parisina de Facebook), subía fotos en las que salía junto con sus perros (pequeños y blancos) en el sofá de un salón que se adivinaba pequeño. Le gustaba leer, como a mí. Intentó un mundo mejor. Leyendo.
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Ilustración principal: Javier Reta

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