La devastación

«…yo, artista refinado, cauto y tímido, estupefacto ante tanta carne viva y palpitante, ofrenda al morbo y a la muerte, ante tanta carne dolorosa y alegre, ante tanta belleza imperfecta y amable, exclamo acongojado: – He aquí la belleza que no podrás abrazar nunca.» (Rafael Cansinos Assens, El divino fracaso)

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La tristeza me mira desde los ojos de un sapo. En el inicio yo creí que era una piedra. Se movía por inercia y veía la posibilidad de flotar en el agua. Al hundirse, sus últimas palabras fueron de alegría. Era algo que quería desaparecer. La alegría es un sentimiento de devastación que, en un momento dado, abre una puerta que no lleva hacia ninguna eternidad conocida. Recuerdo, si bien, antes de perder la posibilidad de respirar oxígeno, que un día viví, que mi cuerpo, dorado con trapos de abuela, eran un estertor donde la vida planeaba una cosecha más generosa. Pisé tumbas al unísono que mi boca reía de desesperación, bajo el manto de drogas por conocer. Crecí dando patadas a un balón. Mis regates eran inspiradores, decían mis técnicos. A veces no podía con el cuarto defensor. Sentaba la belleza sobre las porterías y atinaba a dar el último pase. La gente decía que ese diez, el bajito, tenía un «algo». Mientras me hundía pensaba en mis amigos. Merecía, pensé en algún momento, que contemplasen la escena. Quería ver una lágrima brotar de los ojos de mis amores, ya todos desaparecidos, huidos hacia el agujero negro de una choza que no pare fruto alguno. Intuí la vida y abracé las dos mamas de abuela. Le dije que yo sería lo que fue el abuelo. Una figura encantada de conocer y conocerse. El bullicio que traía felicidad de las calles y los campos resumidos en algo que, aun siendo imposible de abrazar, era abrazado. Revivía en mi niñez el fulgor de una estrella fulgiendo sobre el polo de vainilla en la noche del entierro de la sardina. Escribía poemas sobre árboles que desconocía y en el colegio me decían que siguiera intentándolo. Mi fracaso es la última bocanada de aire y, sobre todo, mi fracaso es que, ante mi fallecimiento, el aire siga allá arriba, existiendo por sobre las ramas secas, y la luz, dorando y regalando sombras a palacios que no han visitado ojos algunos. Ninguna pupila ha visto el ardor con el que yo era hundido bajo el agua. Ningún pensamiento florecerá sobre la levedad del viento. El chiquillo murió, sin más, fue un desaparecido de la vida como otros lo son de su casa. Un joven loco que llegó a vencer la vejez en las paredes de los sanatorios mentales. Un chiquillo que amó aquello que lo quiso. Que se vio libando de la flor para fabricar el compuesto básico del plato de los domingos, donde una abuela conocedora de dios y de los santos, vibraría ante la capacidad con la que el nieto le mostraba que su existencia había valido para algo. Hoy tecleo y Marisa, de vez en cuando, viene a verme. Dice que mi prisa se debe al ansia, pero que todo es perfecto. Corrige su ilusión en el sofá de al lado y me recuerda que debo guardar lo escrito por si se fuera la luz. A veces enciendo un cigarro, antes de hundirme. Esa es la realidad, el humo, sobre el que construyo una idea que la muerte va cegando, una muerte dulce, llena de ansiedad, como si quisiera, sin darse cuenta, vivirse a sí misma. Es este el espacio donde muero, en realidad, de devastación. Queda tiempo, me digo, aún queda tiempo. Abuela se fue y acá sólo hay el día, yéndose a la par que voy haciéndome consciente de que el agua del río es demasiado fría, de que mis ojos sólo muestran una piedra, algo que quise confundir con un baile donde mucha gente entraba, bebía y salía. Donde conversé con mis primeros días y creí, por un instante, en la felicidad, en aquellas horas eternas que apenas habían girado mínimamente la aguja grande y delgada del reloj que, en su lecho de muerte, debido a mi comunión, abuelo me regaló. Junto al regalo añadió que habría de recordarlo. Que no me olvidase de quién fue. Creo haber cumplido en la hora que mi cabello flota sobre agua viva mostrando una desnudez perdida al sol de octubre.

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Ilustración: Van Gogh

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