La alegría de cada casa (26/02/11)

Me pusieron en un mesa con desconocidos en una boda a la que había asistido por compromiso (señoras). Una de las chicas, que estaba igual que todos, hizo de anfitrión y dijo que, para conocernos, dijéramos nuestros nombres o algo. La mayoría dijeron su nombre y a lo que se dedicaban. Yo también y, para provocar, dije que era licenciado. No tardó la anfitriona en ser una listilla y, con sonrisa medio floja, preguntó en qué. Dije que licenciado a secas. Me miraron raro aunque sonriendo. No eran mala gente. Lo siento dije, soy filósofo en realidad. Ah, pues es interesante, dijo un chico joven con greñas. Dije que los chinos eran mi especialidad y añadí que tenía 22 años. En realidad tenía treinta pero daba igual. El silencio, no obstante, permaneció a partir de ahí. Fue en los segundos platos cuando decidí romper el hielo y le dije a una señora que había dicho ser psicóloga: Oye, perdona, me he quedado pensando, yo soy bipolar ¿Me recomiendas alguna pastilla?

Yo, la verdad, no suelo hacer este tipo de cosas a no ser que presienta un malestar inspirado en mi natural odio a la humanidad que, no obstante, apenas se manifiesta. Por culpa de la boda me había gastado casi entero lo del mes y tendría que estar encerrado 25 días para recuperarlo. Odio el maldito vino y, naturalmente, no me satisfacía el que pusieron, pero comencé a beberlo. La señora dijo que la medicación no era su especialidad. No era mala tipa, aunque era fea, lo que, en ciertas circunstancias, es la misma cosa. Me dijo que, aún así, no era nada recomendable que bebiese.

Entonces pude notar cerca del pecho cómo mi odio empezaba a funcionar. Coloqué las manos debajo del mantel y las cerré con fuerza. Luego sonreí y dije: Me encanta cuando Ben Webster acompaña a Art Tatum. No arreglé nada y por primera vez noté que eso se me podía ir de las manos. Me miraban y se miraban entre sí. Se me ocurrió que me estaba sacrificando con mis disparates para unir al resto de gente de la mesa, pero era un papel lamentable. Dije que me perdonaran, por favor. Entendí que mi declaración de bipolar disculpase que a continuación explicase que se trataba de un disco que inspiraba serenidad si bien es cierto no podía evitar romperla introduciendo palabras. A continuación elogié la labor de los psicólogos, una disciplina que, aseguré, cada vez era más necesaria en este primer mundo. Sí, dijo un joven arquitecto que había sentado a mi lado y añadió: aunque yo también he oído lo de la bebida. Beber y la medicación para esos casos es completamente incompatible, dijo la doctora. Y dijeron que sí el resto de la mesa. Entonces dije que era verdad. Empezaron a entenderse entre sí. Por primera vez noté que mi tensión se relajaba. Vaya mierda, pensé, y volví a vaciar mi copa y a llenármela otra vez de vino. Qué bebida más buena, dije, yo creía que a mí no me gustaban estos líquidos. Debió de resultar algo para la gordita, que aún no había dicho nada, y que empezó a reír como una cerda. Esta risa de cerdita inspiró algunas risitas flojas. El chaval de 18 con greñas dijo que yo era un personaje, aunque, añadió, era un poco horrible. Supuse que se refería a la situación. Dije que, con todo el respeto, yo tampoco entendía nada.

Después la anfitriona que, naturalmente, era una lagarta dijo que había conocido a los novios en el camino de Santiago y lo bonito que era llegar a Santiago y ver el monte do gozo. Menuda mala puta, pensé para mis adentros mientras me terminaba la botella entera. Camarero, dije tendiendo la botella vacía, este vino es lamentable. Por favor traiga fanta naranja. ¿A ustedes les gusta la fanta? Dijo al resto de la mesa la idiota de la anfitriona. Pusieron caras, el resto, de no saber, salvo la gordita, que dijo que la encantaba. No, pensé, si al final me va a tocar hoy tener que acostarme con esa furcia. Yo, que sólo quería que me echaran a ostias de la boda sólo me encontraba con basura psicológica y juegos de egos de mierda. Necesitaba egos de verdad y ostias de verdad. De nada servía que hiciera más el subnormal. Me quedé callado y dejé que los chistes malos pasasen por mi cabeza.

El camarero entonces, no sé cuántos minutos después, dijo: carne o pescado. No me iba a callar. Esperé que todos pidieran e hice como si despertase de un sueño y dije que quería gambas al ajillo. No tenemos, dijo. Joder, vaya mierda, dije. Ahora sí notaba que mi tensión funcionaba, de nuevo, al fin. Dije que lo que quisiera y me vaciló y dije que sí. Lo estaban deseando esos cabrones, hasta la gordita. Por fin noté que el joven de 18 años tenía ganas de meterme una ostia. ¿Por qué no? Pensé. Empezaría a recibir y me quedaría quieto, sin quejarme, provocando que viniesen nuevas y mejores. Esos momentos gratificantes y efímeros. Con mi familia, con mis mejores amigos, sí, con las chicas, han venido a verme y yo me he quedado parado pensando en ella o en el paraíso o en no sé qué, como dije cuando, al principio de toda la tontería, en la mesa solté lo de Art Tatum y Ben Webster. Qué ganas tenía de merecerme escuchar esa puta obra musical, con la misma tensión, encerrado en mi pieza durante días enteros, esperando que llegase, por debajo de la puerta, una bandeja. La mesa continuó bien en mi olvido. Más tarde vino el novio y todos se levantaron a saludarle. Me dijo: es su momento, maestro, concédanos el honor.

Carlos, le dije, no estoy seguro de poder hacerlo. Por favor, dijo él, el escenario está listo. Estoy demasiado bebido, Carlos, dije. No nos haga esto, por favor, maestro, dijo él. De acuerdo, dije abandonando la tarta de nata y mango, y me dejé guiar por él, que me presentó en persona. A continuación me desnudé como buenamente pude. Los aplausos y aclamaciones, como de costumbre, al finalizar, no cesaron durante aproximadamente diez o quince minutos.

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Foto de Martin Davey

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