Historieto de Tinder

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Voy a contarles la última vez que ligué con una tiparraca. No voy a poner su nombre, pero no por respeto, sino porque ya no me acuerdo cómo se llamaba. Venía yo de hacerme del Tinder ese por si la tontería me inspiraba para hacer algún chiste en el facebook. Ni modo. Nadie me decía nada, hasta que apareció el pendón del que les hablo. ¿Eres de Madrid? Yo estoy iniciando una vida acá y quiero conocer amigos / Uy, yo soy muy amigo, salá, de todo el mundo, amigo muy achuchable. Tú con confianza, ya sabes. Evitar las faltas ortográficas de los mensajes podría ser una artimaña más o menos literaria, pero, aproximadamente, así empezó todo. Joder, no quiero enrollarme y que esto termine siendo demasiado largo. El caso es que se me ocurrió escribirle: Hoy voy al centro, que tengo psicoanalista, si quieres tomamos una cerveza o un café sobre las ocho. Y me dijo algo así como: Estaba deseando que me hablases tú, eres el que mejor impresión me ha dado. Y nos vimos. Hasta me puse una camisa. Ella se parecía poco a la de la foto. Ya te veo, me dijo cuando la llamé. Y, a continuación: He engordado un poco (con lo de un poco se estaba quitando unos treinta kilos). / No pasa nada, yo a veces estoy gordo también, gorrinilla, aunque ahora estoy comiendo sano (no, lo de gorrinilla no lo dije). Me encanta que hagas psicoanálisis, yo he estudiado psicología (y va y me cita a Chopra). Soy escritor, pero no de esos serios eh, a ver, para que te hagas una idea, ni de los serios ni de eso yeyé que se ve por los pasos de cebra. Vamos, salidilla, que vivo con mis padres y eso porque si no no me llega para el tabaco (no dije «salidilla»). Y aquí viene lo bueno: Puede ser interesante, dijo, para a continuación salirme con que tiene tres hijos pequeños y junto con ellos vive su hermana y su madre con alzheimer. Ante eso reaccioné con un matiz mucho más jugoso de lo que pensé en el momento: Bueno, la noche es joven. Me pone mazo la peca que tienes en el labio, le dije. Me dijo: Es un tatu en realidad, me lo hice yo. Y yo que creía que ya lo había conocido todo. Bueno, la historia es mucho más larga para lo que duramos. Al final, y con esto acabo, pagué, echando mano de tarjeta, mis diez tercios y también sus tres cañas. Bah, menos mal que existen Philip K. Dick y el Facebook, joder. No sigo.

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