¡Feliz año, hermanos y hermanas míos y mías!

Hoy el enunciado de facebook reza que es Nochevieja y que diga qué estoy pensando:

Estoy pensando que mis amigos y yo deberíamos comprarnos una Vespa y un casco y hacernos Ángeles del infierno. Sería algo más divertido que escribir diez o doce páginas diarias con el fin de hallarnos mentalmente a nosotros mismos en la hoja, antes en blanco y ahora llena de letras, sílabas y hasta palabras. Y hasta frases con sus puntos al final, cuando terminan, si es que terminan.

Ángeles del infierno en Brunete, España; Ángeles del infierno en Valseca, España. Recorriendo a velocidad de Vespa los paisajes de Castilla, parando en los bares de Paco y Pepe y Manolo. Parar las Vespas en una explanada y decirnos: ¡Joder, tío, me siento vivo! mientras compartimos un bocadillo de mortadela con aceitunas o un sándwich vegetal del Rodilla. ¡Joder, estoy vivo! Parar cualquier conversación, por muy sesuda que sea, para repetirnos: ¡Joder, estoy vivo! ¡Y vosotros también! Es espectacular. Yo lo hice una vez con un primito mío, Nico, que, como diría el autor de Madre noche, ya está en el cielo. ¡Joder, estoy vivo! ¡Amo y soy amado! Queda poco para gasolina, pero… ¡Joder, qué vivos estamos! ¿No? Mucho más primario que hablar de Pessoa, Glenn Gould, Maldoror, el movimiento dadaísta, Carmena, Pablo Iglesias, Rajoy, Messi, Stalin, Bin Laden, el violador del ascensor o la última de Wes Anderson.

Ángeles del infierno comiendo medio menú en el barrio del Pilar, antes de coger sus Vespas e irse a La Calera a contemplar el amanecer desde el Cerro al aire. Parar en la fuente seca que hay a medio camino, mirarnos y decirnos: ¡Joder! Me alegro de haber llegado aquí… y que vosotros estéis, que estemos todos juntos, sea la hora que sea, el día que sea y el año que sea… queda poca gasolina, pero… joder, repito, estamos vivos. Quien no esté de acuerdo, por favor, que levante la mano.

A ver, hermanos y hermanas, levantad esas manitas. No estar a favor mola. Mucha gente se ha hecho millonaria no estando a favor. Mucha gente se ha dado cuenta de que tiene bastante con lo que tiene por no estar a favor. También mucha gente ha sido asesinada por no estar a favor. Muchísima gente ha mejorado las leyes de este mundo, en el que hasta hace relativamente poco un negro era un esclavo, un homosexual un enfermo desviado y una mujer no podía votar, por no estar a favor. Yo intento enamorarme cada dos por tres con el firme propósito de no estar a favor. Y fumo en las habitaciones de los hoteles porque no estoy a favor, aunque es muy raro que vaya a alguno, porque no dispongo de demasiado dinero para dormir (y fumar) en habitaciones ajenas. Pero sí tengo dinero para una Vespa y un casco, echarme a la carretera junto con mis hermanos y hermanas, aunque haya poca gasolina, y comerme un bocadillo de mortadela con aceitunas o un sándwich vegetal del Rodilla observando cómo se pone la tarde de un marzo cualquiera en el horizonte de Matalascañas. Hermanos, ángeles del infierno, estamos vivos. Joder y, encima, esto es bonito. Qué alegría que estemos aquí compartiendo esto porque, con toda seguridad (lo sé por otros), un día no estaremos. Jesús dijo esto, recuerdan las últimas conferencias del autor de El desayuno de los campeones, en el discurso de la montaña. Fue lo mejor que dijo, y le pegaron mucho e hicieron mucha sangre antes de asesinarlo, junto con otras personas que no se sabe si estaban a favor o no, poniéndoles clavos en las muñecas y en los pies. También le pidió a Dios, ese oscuro sujeto, que les perdonara porque «no sabían lo que hacían».

Saldré mañana, día 31 de diciembre, a comprar el casco y, por supuesto, contactaré con todos mis amigos y amigas que aún sigan vivos y les preguntaré si se quieren convertir en Ángeles del infierno, junto conmigo, que no seré el jefe, porque no habrá jefes. Sólo habrá que tener suficiente como para permitirse la Vespa, la gasolina y un bocadillo o algo así. O dos.

Ángeles del infierno bebiendo agua de la fuente del pájaro en Valseca, Segovia, España. Joder, dejar de decir que escribo cosas extrañas, amigos y amigas de mi generación que, en un libro mío, hace mucho, llamé del pan de molde. No escribo cosas extrañas. Escribo sobre amor, aunque sería más bonito vivirlo o, por lo menos, hacerlo.

Escribir es releer Bartleby, el escribiense. Soy feminista. También puta. Y tengo en mucha consideración a los feministas y a los putas, creédme. Y creo que, mañana u hoy ya, deberían abrazar a quien tengan al lado y ser abrazados y decir: ¡Joder, feliz año nuevo, amigo mío, papá, mamá, hijo, hija, escritor o escritora preferido, rey y reina de los cosméticos, gatos blancos, negros o hipsters o punks, un perro feo o guapo, una piedra, fósil y hasta una fotografía del sol en un Instagram hecha en Nagano, Japón! Porque tú y yo, a lo mejor, hasta seguiremos aquí cuando caduquen las teles, radios y ordenadores, caminando con nuestras Vespas por lugares como Saint Denis o un flashback, o un blackout, o la sala de espera de un aeropuerto donde no dejen entrar a las Vespas, y nos abrazaremos y nos diremos que somos nuestros mejores amigos y nuestras mejores amigas y mi maestro y mi maestra y mi padre y mi madre y mi hijo y mi hija.

Ángeles del infierno que se enseñan sus cositas desnudas en el baño, mentes maravillosas de esta generación tan rica en experimentos sociológicos. Hoy y ayer es la misma cosa concentrada en una Vespa y un casco y amigos y amigas, todos, vendrán. Javi, el otro Javi, las chicas y chicos, amigos, que no paran de hablar bien y también mal de alguien, que no paran de juzgar a alguien o aislarlo en un pensamiento de 19 años de vida, que vengan Alberto y Frank, y María y Alfredo, y Laura y Eva e Isa, y la otra Eva, que me ponía los cuernos todos los mediodías, y Patxi, y Jeny, y la otra María, y Yara, y Mireya, y ese poeta tan malo que gana muchos premios y bebe cervezas importadas en el bar de mi primo, y ese editor tan prepotente, y esa sonrisa bella de Cristina, y Marian, y la maravillosa bondad de Fernando y Rafael Rafa y Eloy y Julita, y de Jose. Que vengan los de Valseca y La Calera y Brunete. Nos pondremos nuestros cascos y giraremos las llaves de las Vespas, y gritaremos: Amamos este maravilloso mundo lleno de plegarias y cicatrices que aún supuran, qué bien que existan los árboles y los rascacielos y los nidos de golondrina. Qué bien que existan Andorra, Mónaco, Mongolia, Bilbao y Lisboa. Y Madrid, y Barcelona, y Calpe.

Seremos nenazas con barba, hasta las nenazas con barba, pequeñas, bonitas, breves y motorizadas. Cantaremos juntos las canciones que nos enseñaron en el colegio de nuestro barrio, donde se practicaba el vecindario y se invitaba a pachas. Que vuelva el trueque y se mueran de inanición todos esos sitios donde te enseñan a tocar la guitarra o te dicen qué coño tienes que leer. Que vivan las inteligencias volubles. Que vivan los años que se reflejan en nuestros bellos y cansados rostros. Cansados de ser mostrados o no mostrados, o asociados, y de trabajos remunerados, o no remunerados, o herencias, números más o menos rojos y un piso con sofá y una lata de cerveza Damm del siglo pasado en una nevera donde también hay una lechuga pocha.

Parar, en medio de un monte, hermanos y hermanas que tienen más miedo al suicidio que a la muerte: Este puto mundo es una delicia. Y de postre hay flan en el bar Las Vegas, cerca del metro Congosto, a cincuenta y cinco céntimos. Con nata. Benditas sean las humildades incoherentes y los amores no correspondidos, y los pensamientos que no tienen ni pies ni cabeza. Lejos de ellos sólo seríamos tratados.

“Por muy poderoso que sea, ningún mercado impedirá que un loco se encierre, a solas en su cuarto, pese a quien pese, para producir belleza y emoción; y que otro loco, más tarde, lea esas páginas. De hecho, estoy seguro de que en este mismo instante, en algún lugar del planeta, esto ya está sucediendo”. (Eloy Tizón)

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Me pregunto qué será, a día de hoy, de Amy Winehouse. No sé si estoy viva o muerta, yo, Alberto Masa Velasco, que canto peor que cualquiera que cante muy mal. A veces canté, en las fiestas de Jesús en Santianes. Era horrible verme en vídeos de móvil: Soy minero, Ella, Dos cruces, El preso número nueve. Amy Winehouse, creo, se conocía y desconocía a sí misma en todo momento. Cuando dieron la noticia de su muerte la gente se rió en el bar. Yo pedí un Maracuyá, pero no había. Eso ya no hay quien lo venda. No sé por qué es. Me he puesto a Amy Winehouse en los cascos y me he dicho: Joder, qué puta mierda de muerte y también de vida, la mía y también la de una chica tan maravillosa como Amy Winehouse. Aunque eso de dormir de vez en cuando, me he recordado, es muy sensato también. Supongo, vamos, por poner un ejemplo bastante rutinario. Y hace un día blanco y gris, afortunadamente, como 2015 y sus debates televisivos. Qué será, a día de hoy, de los chicos más majos del mundo. Y qué será, de entre ellos, de los más talentosos. No lo sé. Pero les deseo que les vaya mejor que a mí esta noche, leyendo y escribiendo y, ahora con los cascos, oyendo a una jovencita muerta con talento y vida y una mirada tan profunda como lejana. Es día 31 y… escucho en los cascos a Amy Winehouse, que se murió. O mató. O algo.

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