Estertores nuevos (Quizá mi tema sea la soledad)

Regreso a mi pastillamen (el miércoles que viene recibiré instrucciones de un experto). El tratamiento al que he sometido, bajo iniciativa mía, mi constante megalomanía con las píldoras para dormir (en dosis minimalistas) en donde me concibo triunfante en un mundo donde rigen las normas de los tarados, propician un suicidio suave, del que despierto sin más un día siguiente (indiferentemente, papá y mamá están en casa). A la hora en que su más feo fracaso se pone un café no deja de ocurrírseme que, no obstante y a pesar de nuestras vidas paralelas, fingen acomodarse a mi carrera psiquiátrica, unos papeles que me justifican hacia el mundo, aparte otros menores cuyo contenido es mi literatura, la buena, la mala o la regular y recuerdo, muy vagamente, aquel axioma, entre otros provenientes de El aciago demiurgo, de Cioran, que adquirí en Méndez en 2003 que siguen: “Esperar la muerte es sufrirla, degradarla al rango de un proceso (…) se está lejos del acto absoluto”. Todo esto para matizar después: “No hay nada común entre la obsesión del suicidio y el sentimiento de la muerte.” En este trozo he construido mi única heroicidad: En estos pasos referidos al inicio me he acostumbrado a despertar tras mis buenas dosis. Hubiera sido más fácil cortarse las venas, pero quiero ver mi aspecto. El espejo muestra al profesional y yo, esta vez sí, aparte digresiones cioranianas, le voy a escuchar muy atentamente. Me juego que mis padres me quieran algo más. Y lo necesito. Y la razón de que lo necesite es que no soy ningún psicópata. He aquí la paradoja, joder, he aquí.

………………

Echo de menos a un tipo que se llamaba Pablo. No recuerdo su apellido. Pablo no sé qué era un tipo la mar de legal. Se acercó con su esposa a la barra y nos pusimos a hablar. Eran jóvenes y modernos y majos. Representaban a la perfección un mundo en el que yo cuadraba poco y en el que me encontraba en ese momento. Pablo me dijo que no pintaba nada con la inglesa que había abandonado el lugar de la barra que ellos ocupaban ahora. Le dije que, de veras, lo sabía. Le dije que había empezado a mirarme a mí mismo como un Daniel Craig en las pelis, que hacía lo posible y que, con ello, sólo conseguía vomitar hacia dentro. Pablo dijo que la siguiente cerveza iba a su cuenta. Le dije que le amaba, y a su esposa también. A su esposa le dije que, si no la besaba en los labios, es porque acababa de vomitar. Pablo reía. Le confesé que yo vivía a tomar por culo en la habitación de un pueblo y que tenía muchos libros. A veces tenía dinero y a veces no. Les dije que en mis tiempos universitarios había escrito una tesis sobre la negación al discurso de Diotima y que luego todo se fue al carajo. Porque yo estaba borracho, pero hoy me he levantado y lo recuerdo absolutamente todo. Pablo, tío, tú te pareces más a James Bond que yo, lo admito. Antes, cuando salí a echar un pitillo con la inglesa me mostró su cajetilla de tabaco. Entendí que era una cajetilla checa o eslovena. Nada es lo que parece, amigo, y yo menos. Si te vuelvo a ver, si te reconozco, a ti o a tu esposa, pagaré yo la siguiente. Este mar de dudas tiene un 90% de sal. El resto no distingo si es alcohol o sangre. Ojalá mis padres no se mueran nunca. Ojalá algún día nos queramos mucho todos, y nos perdonemos. Ojalá no haya reproches sobre esta tierra llena de bares, ladrones y algún que otro nostálgico, querido amigo.

PD: El final del otoño es grandioso. Ayer paseé por un Madrid oscuro. En mis paseos, unas veces me fijo en los árboles, otras en los coches y otras en la gente (por este orden). También, diré, me gustan los perros. Vivir es ver cómo esas lentitudes demoníacas fabrican colores. La mayoría de los semáforos son amigos míos. Son momentos en que la memoria se va haciendo con caras. En alguna de ellas percibo una chica remota que desaparece en mi dirección contraria. Algunas gotas caen del cielo. ¿Quién necesita paraguas habiendo bares?

…………….

Recuerdo una visita al Hay Festival segoviano. Fue la última vez que dormí en mi casa del pueblo. Un colega y yo accedimos a las charlas de McEwan y Martin Amis. Presentaba Villoro, pero yo no estaba ahí. Por un lado me era menos rotunda que ahora la figura de Vila-Matas, que estaba sentado dos filas más atrás. Le miré y él se sabía observado. Imité su postura y él vio que lo hacía. Crucé la pierna derecha y pensé que no era mal momento para encender un cigarro, cosa que estaba prohibida. Aparté su visión de la mía y la rendija por donde lo miraba seguía siendo larga y abanderada por una luz de fondo. Debí acercarme y decirle que, de las dos obras suyas que había leído, guardaba, aparte referencias de lo de la literatura portátil, un cuento glorioso por sencillez y eficacia escondido dentro de Suicidios ejemplares. No lo hice. Tras apartar la mirada regresé a mirarlo (ya debía estar hasta el gorro de mí). En fin… ahí acaba mi historia con Vila-Matas. El resto sólo son encuentros y desencuentros con algunos de sus libros, y su figura de escritor, siempre inamovible en un Parnaso de viejas y nuevas glorias. Si vuelvo a verle es viable que me presente. Sigo queriendo parecerme un poco a lo que representa, a lo que gana, a lo que da.

……………..

Hace tiempo tuve un amigo suicida. Al principio le quería. Las primeras charlas sobre fútbol no estaban mal, aunque tendía a repetirse. Mi familia quería que saliese con él porque él no bebía. Su madre era un sol. A veces yo le acompañaba a casa y ella me daba de comer huevos fritos, a los que yo echaba una puntita de vinagre en la yema. Una tarde llamó por teléfono a una tipa que él proyectaba como el amor de su vida y la dijo que era un momento estupendo para dejarlo, ya que estaba pasando por el puente. Le dije que me pasara el teléfono y la enviaba un selfie de su cuerpo despedazado. Me fue muy romántico, pero no pude evitar descojonarme. Colgó el teléfono diciendo que se iba a matar. Al llegar saludé a su madre (DEP) y a la gata (DEP). A veces me río, lo que no quita que me sea difícil pensar que puedo ser un pedazo de mierda enorme y sentir lástima. No sé si sigue vivo. El fútbol y la Play. Yo lo intentaba hacer bien con él, de veras. Me consuela que un día yo me tajara y él cogiese mi móvil para decirle a mi madre que me recogiera, que no había mejor sitio para mí que bla bla bla. No sé si está vivo o no, pero me viene a la cabeza ese detalle. Es pronto. Es tarde. He de salir de casa en breve. Quizá tú ya no puedas, por gilipollas, pero sin resquemor. Te necesito más de lo que crees.

PD: “Lo mismo que el hombre que se cuelga, después de haber empujado la banqueta que le servía de apoyo, última orilla, en lugar de sentir el salto que ha dado en el vacío, no siente más que la cuerda que le sostiene, resistiendo hasta el final, aferrado más que nunca, ligado como no lo ha estado jamás a la existencia de la que quisiera liberarse.” Tomás, el oscuro (Thomas Blanchot)

.

Comments are closed.