Entidad

Abraza el ardor de la noche un ser que hace por entenderse a sí mismo, que se pregunta cosas como por qué no queda más cerveza o por qué el descenso a los infiernos (Jesús no contó el suyo, Gilgamesh, por escoger un paradigma del todo azaroso, así como paradigmático, sí) inaugura la poesía clásica a través de Dante. El hombre es mitad en sí de una interpretación que no ha venido a cuento, pues viene de una escena (la eyaculación del sexo del padre en el sexo de la madre) cuya escena no hubo modo de que fuera a sus ojos. Simplemente no estaba. Hoy solamente existen en el interior del armario unos yerbajos que el extraño ha mezclado en agua y calentado. Por un momento se pregunta de dónde viene el azúcar. Por un momento los gorriones, de puro inútiles, lo incordian. Le es fatigosa su existencia como aves capaces de surcar la belleza que a un hombre le es negada. Por el camino una prostituta le invita a un cuarto de hora de sexo indiferente a cambio de un dinero que no tiene. Le es amable dispersarse. Ama aquello de lo que carece. Lee en Quignard que la fascinación es el ángulo muerto del lenguaje mientras vadea en sus interpretaciones y, por un momento, se ve capaz de confundir la calle con el zumbido de una mosca. Se pregunta qué de suerte tiene una mujer que se conserva bella. Le vienen a la suposición contratos estipulados en los baños de algunas discotecas donde bebe tónica y observa cómo socializa el ente, el que no es él. Él es un extraño, y un extraño se ve en la obligación de pisar suelos que no le pertenecen. Preguntas como qué da una flor de sí se mezclan con la infusión. Es tarde y al extraño le es conveniente el insomnio. Observa con estupefacción al escritor de hoy. Escribe en Facebook “Siempre que me siento a teclear noto que Foster Wallace mira desde detrás de mí lo que escribo. Cada vez que leo una nueva diatriba de Bret Easton Ellis hacia David Foster Wallace me es un menú whopper sin ketchup y recalentado en el microondas dorándole un escupitajo a la Eneida de Virgilio. Bret Easton Ellis es basura (Menos que cero, American Psycho), las obras de Foster Wallace no caben en boca alguna y hay que leerlas en su punto. Pasa mucho esto. En España, tierra de burdos fanatismos, no iba a ser menos. Cabe la frase del último Piglia: Buscaré en el pensamiento el hueco para escapar de la idiotez de la literatura.” Ha pasado siempre. El hambre en Cristóbal Serra retoza con la cercanía del autor de Diario de signos, en cuyo prólogo se ve alguien más que el humanista a través de su muerte, que llegó. El primer gran traductor de Swift o Blake al castellano sigue siendo un extraño en una tierra que no le pertenece más allá de los puertos mallorquines y Cotiledonia. Al extraño le es imperdonable que Vicente Luis Mora, aspirante a pequeño Deleuze de la mala poesía española, desautorizara su gran obra Tanteos crepusculares. Cristóbal, en un más allá donde nos invade la figura del primer emperador romano (Augusto): El cristianismo (o su “bienamada” ficción viene de ahí), que es una lápida vulgar adonde acuden alumnos a quienes aprobó en inglés (tenía fama el sabio mallorquí de aprobar a todo aquel que pusiera voluntad). Se pregunta el extraño por qué el triunfo del morbo (véase el mediano novelista Houellebecq) en contra de la práctica del pensamiento (Onfray -es enorme y no por ello deja de vender lo suyo, como debe ser-). Se pregunta el extraño, que sí, vuelvo a ser yo, adónde depara un sueldo de librero sino a nada, adónde la lozana alegría de montar una editorial o una tienda de libros cuando la causa de que la nevera esté llena de huevos -y hoy de la cerveza que no hay- son la distribución y el márketing. Adónde queda pues, para un autor, la calidad literaria. Llamémoslo merecedor de un 10% del brebaje, en el mejor de los casos. Ya no se habla de adelantos. Ya no se habla de nada. Ya la literatura es tan mortal como lo fue la entidad llamada España para el literato (existió una causa llamada así en literatura de la que son rescatables algunas de las desaparecidas obras del Nóbel Cela -oscurillo él- y casi todo Umbral, hablando de desapariciones). Echa de menos el extraño una entidad que, en ocasiones, se ve acompañada de su psique, así como la posibilidad de que quien mucho habla de respeto lo merezca (y se le ocurre mencionar a editores que, en este momento, no me es apetecible mencionar, entre ellos el que se dice mío). A menudo sabe que no sólo para él es Satanás, aquel que desprecia la ley (plural) divina, sino aquel que gestionó la primera luz, que concedió probabilidad al pensador de Rodin (que no hace nada, salvo pensar, o eso parece, bien parece). Propone el autor que sólo la gente invidente asista a ese napalm denominado recital, que sólo el ciego toque la cara del hombre que sólo sabe hacerse a sí mismo mediante una página en blanco que al día siguiente, sin remedio, desaparecerá. Se dice el extraño que la solemnidad es un oficio de pequeños Satanes que acarician, sumisos, mientras son acariciados, cabellos de ángeles. ¿Qué más inútil que un ángel? ¿Quién si un hombre es algo a lo que le falta una imagen?. Hace relativamente poco al extraño le invitaban a vino a cambio de dar un pregón y se preguntó qué le hubieran ofrecido de ser Ramoncín, qué de ser Cristiano Ronaldo. Hoy el extraño, ya ven ustedes, se levantó con hambre de hamburguesa doble y dio buena cuenta de que en la cajetilla -ya no sabe cómo matarse- sólo quedaban dos ciris. Tose el extraño vehemencias de oscura paloma. Tose sangre de pez que se ahoga. Y aún sigue aquí. Ayer me dio por visitar librerías en busca de mi obra. Me dijeron, como tantas otras veces, que la distribuidora que se encarga no facilita el 35%. Si vienes mañana, harás bien. Pues habré, por el bien del progresismo, de invitarte a buena mesa (en la que quizás no haya sal).

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