Enrique Porta y nuestros hijos

Es un tipo a quien encuentro a menudo en la línea 1 cargado con una bolsa con numerosas arrugas donde guarda sus cosas, fuma en pipa, dicen que tiene un hijo de aproximadamente 26 años, pronto se jubilará (si “dios” quiere) por mucho que no lo haga nunca. En sus ratos libres enseña a dibujar a niños cuyas edades están comprendidas entre los siete y los diecisiete años. A veces llega a casa, donde cuenta con un pequeño estudio y dibuja, pinta, graba para sí mientras una impertinente mosca le pregunta qué es el mundo. Como de Giovanni Battista Tiepolo, que murió en Madrid en 1770, poco se sabe de su vida, de su día a día. A veces pongo su nombre completo en el google y leo que un crítico de relevancia lo llama maestro en el arte de contar historias. El dibujo con el cual inicio la entrada es uno de sus últimos trabajos. A simple vista, como mínimo, es una mujer desnuda, tumbada, descansando, posando, mirando en lo que es mirada por una cámara. Es una mujer que, comprendo, sabe seducir a una cámara e, intuyo, lo consigue sin demasiada dificultad. Probablemente a la edad en que se muestra desnuda en un sofá sea madre de dos niños/as y arregle su casa antes de sacar al perro (por supuesto, aprovechando ese tiempo en que sus hijos están ocupados, ya saben, estudiando -o jugando-). Enrique Porta, mi amigo, apenas cuenta en su estudio con una talla hecha a piedra por él del torso de Belvedere. En los ratos en los que “comunica a la humanidad” a través de su arte (esa palabreja tan usada casi como la palabra Amor) le llamo al teléfono y lo coje (naturalmente en sus clases lo tiene apagado), entonces, cuando eso sucede, nos es una buena noticia hablar de literatura en el sentido en que lo es o podría serlo una obra de unas 1300 páginas que bien podría llamarse Los reconocimientos (William Gaddis, Ed. Sexto Piso, Trad. Juan Antonio Santos) o la “pequeña” novela Provocación, de Stanislaw Lem (Ed. Funambulista, Trad. Joanna Bardzinska y Kasia Dubla) que cuenta con un excelente prólogo de David Torres. Luego colgamos. No puedo saber cuánto tiempo ha pasado desde que le llamé. Supongo que él está retomando el grafito en lo que yo busco una mosca que sepa contarme, no ya el mundo, sino algo, cualquier cosa, incluyo algo que tenga el atrevimiento de parecerse a eso que llaman mundo. Una modelo inexistente me mira apoyada desde la cama-sofá de mi habitación de los libros. Tecleo. A veces me sale algo que rinde justicia a su rictus. ¿Una santa? ¿Una modelo? ¿Un animal? ¿La inexistente mujer de la vida de un soldado? Busco alguna respuesta en la fabulosa novela de Georges Bataille Mi madre. No sé qué hago, me pierdo, visito boticas, recuerdo que en nuestra extensa charla no le he pedido permiso para publicar su dibujo en esta web…

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Una vez, hace ya la friolera de año y medio, encontré un hombre que hablaba rápido. Compartimos un chupito de orujo. Nos dijimos cosas (no puedo recordar hoy el tema, quizás no lo había). Y luego vi al hombre, tras que pasaran muchos más años de los que hoy tengo.

Agradecido al maestro Enrique Porta Rodríguez de formar parte de nuestro arte (Vía, en un inicio, Alberto Ávila Salazar, autor de la magnífica novela Iluminada, Eolas Ediciones, 2016).

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