Enfermedad

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Se quejaba el autor de La tierra baldía de la ausencia de brisa y la marchitez de la flor (no recuerdo en qué orden) a la llegada del estío. La hecatombe salva a los hombres y mujeres que desertan del humanismo porque ya no creen en él, no menos del liberalismo y, en la mayoría de los casos, para ellos el romanticismo es un ejercicio que, a menudo, ha practicado alguna vez en su vida algún idiota. Por eso Eliot. Yo, qué quieren que les diga, vine de vestir de pobre y mamá insistía en que había que ir en taxi a todos los sitios. Uno que era como muy de izquierdas vio en mí mano para eso de ser a través de palabras y a uno pasa que le dio por insistir en el deliberado suicidio de sí mismo (la redundancia, en este caso, es licencia). Nos dice Gaddis ahora, en el nuevo libro que Sexto Piso va a sacar, que a un escritor si acaso hay que leerle, que eso de escucharle sobra. Ni hablar de que a uno le dé por verlo. Uno, salido del romance de alguien de izquierdas, relevante en cierto modo en una entidad mínima donde apenas doraba una España que aún no había separado la izquierda de la cultura, siguió viéndose como eso que hoy llaman letraherido. Mi maestro me insistió en la idea de no tirar nunca mis cosas y, con el tiempo, me he alegrado mucho de haberlo hecho. Mamá le contaba, mientras, al taxista que ETA se había intentado quitar del medio a Aznar. A lo que el taxista respondía que eso debía de ser por algo. Hablando de la actualidad en cuanto a panorama político y literatura conozco a algunos autores de cierto prestigio, fijos, en ocasiones, en diarios de tirada nacional, que, para mi sorpresa, logran mayor brillantez en los libros que no les hemos escrito los actores secundarios que conformamos el segundo plano de la gloriosa y denostada literatura española actual, sino ellos mismos. En cuanto a actualidad, en lo referente a discurso, he de admitir que siempre me cupieron dudas en cuanto al autor de los discursos del ex presidente del gobierno Rodríguez Zapatero. En cuanto a Rajoy, sin duda, siempre se ha tratado del Miguel Mihura más alucinado (pongamos un asomo a las obras más juveniles de Alfred Jarry). En lo que toca a Pablo Iglesias imagino un san Pablo. Y respecto de Albert Rivera me viene a la cabeza el hijo tonto del general Mola. ¿Qué quieren que les diga? Estoy de acuerdo con Gaddis y, por otro lado, las caras de los discursos se me repiten hasta no tener otra que la bilis me remiende. Y es que, con mi madre, en los taxis, a lo que solíamos ir era al médico. En ocasiones pasa que me subían las transaminasas y eso se traducía en un cansancio doloroso. Ducharse suponía un escalón muy elevado donde había que subirse. Los médicos, esos señores oscuros, siempre decían que lo único que había que hacer era no darle al drinking y estar mucho en la cama. Mi vida se me ha ido con el pijama puesto. Hoy, recién instalado en Madrid, echo de menos numerosos libros donde anoto cosas. Y también echo de menos a Eliot. Cosas que le dan a uno. Cosas que a uno le llevan, en la propia muerte, más allá de esa cosa tonta, que sucede en menos de una milésima de segundo, que es morirse. De eso de la muerte hablan aún los poetas, también recurren al amor. Yo, que tantas veces morí por amor, sin embargo, poco me creo eso de la muerte, y aún menos eso del amor. Pero, sin algunos de mis libros y en pijama, poco hay que pueda eliminar de mi día a día excepto el hambre. El profesor de izquierdas me tomó por un mendigo cuya madre vestía caro y regalaba bombones. Fue todo ello poco después de ingresar yo en un psiquiátrico porque unos decían que yo, un tipo que suele ceder el paso a la salida del metro, muy mal de la mente, man (y, encima, con esas pintas, drogadicto perdío). Tras un año en sociología degustando manifiestos gastados, entré en la universidad de bellas artes y me dijeron que eso era como un favor que me habían hecho. Lo pasé dibujando en casa, pues quería ser bueno. Y luego me fui. Algunos de mis dibujos figuran en las paredes de la nueva casa. Algunos me gustan y otros no. No porque sean ellos mismos sino porque desearía que fueran baldas sujetando mis libros. Porque yo si me he salvado es por eso. El resto era un tipo que se encerraba en la jaula más próxima que encontraba para evitar oír ciertas voces, más a menudo que nunca, venidas de sus progenitores, que venían a decirle que era un inútil. ¿Para qué llevarles la contraria? ¿Para qué? En mis presentaciones, el hijo de la Pantoja quisiera ser un no-nacido. Mientras hablo, mi padre, que presume de hijo tonto, me dice que hable más alto o que levante la cabeza para dirigirme a un público en ocasiones compuesto por catedráticos de algo. Es conocida la queja lírica de Artaud cuando viene a decir que él no es solamente él, que él es él, su padre, su hijo y, de nuevo, otra vez él. ¿Ombliguista? Permítanme el chiste: ¿Español? Pessoa quería ser inglés y la novela de género no fue lo suyo. Eliot, inglés en París, al igual que lord Byron (presenciando, con monóculo, justicias de guillotina en su labor como diplomático). Un inglés en París. Suena casi idílico. Es punk, joder. Es el God save the queen o la mano de dios. Oh, reina de Inglaterra, tu disentería te contempla. Llamo a Fernando y le digo que eso es Dios. No, joder, no estoy hablando de… qué soporífero cuando uno regresa a Amélie Nothomb, no obstante casi buena, horror el teatro de Yasmina Reza (uno no puede salir ancho de un texto que imagina necesario bien representado -me refiero a Arte-). A momentos, ya fuera de ahí, el sol es Satanás pensando. Amo Francia. Amo Portugal. Cervantes era más portugués que Pessoa, y también que Cristiano Ronaldo. Cioran era más español que Fernando Savater. Blanchot era español. En su fabulosa obra «Cuerpos del rey», Pierre Michon agasaja en su calificación a Beckett. Lo llama rey de la literatura. Beckett corona a su vez al padre y a la patria (al menos a la que uno asume como verdadera, y no estoy hablando de la infancia), corona a Dios dotando al teatro de nada. Escribe infumables aporías sobre las que regresa de nosotros a reír el primer hombre. ¿Qué quieren que les diga? Para mí Charlie Parker y Samuel Beckett son la misma persona, y ambos mueren a la manera de Alfonsina Storni, uno más joven y atormentado que el otro. Del mismo modo, el argentino Piglia y Walter Benjamin, asesinado en España, eran dos caras de una moneda que en esta noche no sé si es verdadera o falsa. Pascal Quignard es Europa y viaja, también en el tiempo, a bordo de una isla. Europa es una isla. Todos los roqueros son feos con excepción de Syd Barrett y el aburridísimo Hemingway. El ensayista Ramón Andrés es más parisino que la boutade Picasso. Avanzo con devoción El pájaro que da cuerda al mundo (o algo así) de Haruki Murakami. En la página 30 me doy cuenta de que lo devoro y que ello debe mucho al hecho de que el autor sea tonto. Retorno a Calasso, que, paradójicamente, es Italia. Qué bonita es Italia. Soy Job. Ese tipo que ha dado de sí en la literatura Europea por el hecho de perder su vida en vida, es el que ruega a su maléfico Dios que le permita no nacer. Heine y Nietzsche se quedaron muy cortos dando por muerto a ese/a niño/a con rabo de cerdo/a llamado Dios. No me figuro la inocencia de Nietzsche, ese español, en medio de la epopeya donde se refiere a la muerte de un tipo que veo a menudo consumiendo sándwiches de queso con nueces en el Rodilla de Argüelles. A altas horas pocas cosas brillan con menos desdén que el cansancio procurado por la dilatación de mi hígado. En cuanto a mi literatura, llamada ombliguista por algunos, no nace de una enfermedad ajena de alguien que se ha salvado gracias a los libros. En su lugar hay una foto que mi madre ha puesto de mi cara. La aborrezco apasionadamente porque no sé qué coño quiere decir. Cierro con Eliot antes de buscar en la química la síntesis de un ánimo que no me produce esta producción que he titulado «Enfermedad». Criterion era menos salvaje que lo que vino tras el pacto de Hitler y Chamberlain en Múnich. Aquellos romanos que tatuaron al dios cristiano en la piel del hombre, al cual se le procuró la venenosa cura del psicoanálisis (inglés, como Chesterton y como Gary Lineker), eran muchísimo más creyentes del proyecto de ser humano, ese sapiens que, de puro casual, hizo sonar una flauta. Después es hoy. Después es un cansancio letal que algunos entendidos denominan bipolaridad, y eso es una cosa que antaño recibía, por el mismo precio -lo barato es caro- el nombre de esquizofrenia, entonces atribuida al 1% de la población mundial. Hoy, en EEUU, aproximadamente el 25% de la población está etiquetada bajo el best seller favorito de esta época: bipolar. El estío de Eliot no es bipolar. La gente (Haruki Murakami) es… pues eso. Y a Bob Dylan, a la larga, se la pimple o no, le ha hecho más daño ganar el Nobel de literatura (2016) que a Borges no haberlo ganado nunca. Los fuegos artificiales son la enfermedad de este tiempo y el tiro en el corazón del autor de La sociedad del espectáculo. Eso que llaman enfermedad mental el juego egotista de una flor marchitándose y una brisa que acaba demasiado pronto.

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