En la trinchera con Masa, por A. Ávila Salazar (prólogo de Preludio de una borrasca)

Algunos dirán que es fácil conocer a Alberto Masa leyendo sus textos, pero yo diría que no. Este es su cuarto libro publicado, y en la misma editorial; en estos días en los que es casi imposible que autores y editores encuentren una simbiosis en el depredador mercado del libro es casi una proeza. Pero la proeza se comprende cuando examinamos la tetralogía que firma Alberto Masa en Eolas, empezó con el divertido y tremendista Roberto Alcázar supongo, un torrencial poemario en el que se explora a sí mismo como un aviador acrobático, jugándosela a ras de suelo. En Inconcreta desdicha la novela se encarnizaba en una crónica farmacológica que posiblemente no llegó a ser entendida; y en la tercera entrega del universo Masa, Confesiones de un hombre raquítico, el amor y un glorioso patetismo agridulce yacían en unas páginas en la que su autor parece mostrarse, pero quizás, más bien, se camufla.

Alberto Masa sólo sabe ser fiel a sí mismo, por eso no intenta no saber de tendencias ni modas; sin embargo es un lector atento y pendiente de las últimas novedades de sus santos particulares; podría revelarlos, coincido con él en muchas devociones (y por qué no decirlo, repulsiones), pero prefiero que el lector saque la vara de zahorí y busque en el territorio Masa las influencias de las que se nutre. Él es escritor, no mago, así que no se preocupa por esconder sus trucos, no es difícil descubrir las estampitas que forman su santoral, y es un ejercicio lector gratificante, aunque no exento de dificultades.

Supongo que ya me he hecho mayor y pertenezco a la generación que admira a los escritores por sus influencias y lecturas; esta es una de las cosas que me hace amar a Masa. No se trata de un escritor de los que ocupan las primeras planas de los periódicos o de los que tienen en el armario un montón de exabruptos que exhibir en los estudios de televisión; él pertenece a una estirpe silenciosa y nocturna. Sin embargo no es tímido, es fácil encontrarle en las redes sociales. Probablemente estará tomándose un café a las tantas y seguro que tendrá un cigarrillo en los labios; y medio millón de colillas en el cenicero. Es un escritor de pantalla de ordenador, de día encerrado en casa, de los que “piensan con los dedos” (le escuché decir una vez).

Alberto Masa a veces se desespera y es entonces cuando se arranca con sus mejores páginas. Como el cantaor ebrio que, de repente, cuando la noche está vencida, rompe a cantar solamente para dejar constancia que sigue ahí, de que la undécima botella de vino no le ha tumbado y de que el talento no sabe de lógica o de horarios. Preludio de una borrasca, pertenece a este tipo de inspiración: esquinada, noctámbula, arrancada de alguna hora de la madrugada que sólo existe para Alberto Masa y de la cual estamos exiliados el resto de mortales.

Este libro tiene un ritmo de respiración, es un torrente de relatos cortos que se esparcen como los días, pero está escrito por alguien que sabe capturar el rayo de luz que flota en el polvo de una habitación oscura y que sabe extraer la poesía devastada de las cosas. Solamente él puede terminar un relato con una frase como “Era consciente de que tenía sobras de lentejas en la nevera cuando me levantara”, o empezar otro con “Echo muchísimo de menos encontrarme con personas decapitadas cuando salgo a que me dé el aire”. Y esto no lo escribe con aspiraciones a épater les bourgeois; no hay impostura alguna en su literatura, solamente hay una verdad que a veces duele y a veces no. Que simplemente está ahí para ser retratada con vertiginosos trazos de cotidiano delirio. Preludio de una borrasca no está escrito para ser comprendido, sino para ser leído.

No tiene sentido que usted, lector, saque la bandera blanca y salga de la trinchera con las manos en alto; lo único que puede hacer es seguir disparando, colocarse al lado de Alberto Masa, contemplar las regiones devastadas y compartir un cigarrillo con él. El escritor no inventa las batallas, pero las cuenta; y las pequeñas guerras que se relatan en este libro son las que todos vivimos.

Decía al principio que algunos dirán que es fácil conocer a este autor por sus textos, pero en cuanto usted lea esta colección de relatos, comprobará que no es así. Probablemente cada línea esté más cerca de usted que del autor. El escritor siempre irradia, y el lector siempre se impregna. Quizás Masa estuvo alguna vez dentro de estas historias, pero hace mucho que ya no está en ellas; ahora estará en otro lado, ¿quién sabe dónde?

Este libro probablemente no irrumpirá en la lista de los más vendidos, ni puñetera falta que le hace. Pero sí servirá para que muchos conozcan a un autor que todavía es secreto y que se llama Alberto Masa. Y, ¿qué quieren que les diga?, los secretos están para contarse; pero antes déjense contar por las páginas que siguen. No se resistan. Todos estamos dentro de ellas.

Alberto Ávila Salazar

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