El vertedero

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Esto no tiene nada que ver con el pueblo gitano, pero ella era gitana. A mí me llamaba primo, aunque yo no he sido, creo, nunca gitano. Los chicos más mayores, a veces, se iban con la gitana al frontón en las noches de verano. Nosotros, al día siguiente, íbamos allí a buscar restos de eso que los demás llamaban lefa. Yo no sabía muy bien qué era eso, pero lo asociaba a algo que tarde o temprano pasaría y a una especie de condena relacionada con lo que me habían enseñado era el mal. Había lefa y una era de este y una era de este otro. Uno distinguía las lefas de cada cuál y yo me lo creía absolutamente todo. Eso que llamaban la lefa era algo que tenía que ver, a un tiempo, con la condición humana y con el crimen. Pues un día la gitana me dijo: Ven aquí, primo, que he hecho una cabaña y te quiero enseñar una cosa. Y yo tenía mucho miedo, por mucho que yo me llevase muy bien con la gitana y ella me tratase bien. Tenía miedo, pero era algo que tenía que hacer e iba a hacer. No pensaba en algo tan disparatado como convertirme en un hombre, o algo por el estilo. Fuera lo que fuera no pudo ser y habría de esperar unos años más. En el vertedero donde me llevó había avisperos por todas partes y la gitana terminó sangrando por la nariz. Yo iba de su mano, con miedo. Las avispas a mí no me hicieron nada. Y la gitana, que luego se iría del pueblo, tampoco, aparte de dejarme ir de su mano. Mi mano temblaba y supe, según ella, que no pintábamos nada allí. Además aquello ni siquiera era una cabaña. Si acaso estaba compuesta por trozos de sandía rodeados de moscas, una lavadora estropeada, dos tablas desechadas de alguna construcción y los avisperos. Guardo esa imagen como algo que debo recordar siempre, aunque no sea gran cosa. Aunque pocas cosas sean merecedoras de ser gran cosa. Algún día contaré cómo muchos años después iba yo de fiesta nocturna por un pueblo y la gitana, tras verme descaradamente, hizo como que no me veía aún pasando a mi lado, aún permitiéndose un codazo que me supo a nada en mi brazo para desaparecer luego entre la muchedumbre.

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