El que diese con las nubes de mañana (29/V/08)

Si tuviera creencia en la novela ya hubiera escrito, probablemente, más de media.

Escribo con una especie de esperanza -especie de creencia-, de que el poco cadáver que me queda sin pisar me lo piso yo solo con mis frases.

Soy un tecleador de frases. Pero no sé qué es el espacio. Yo, un día, me caí de un avellano como el hijo de la Aurora, y es eso lo que me pasa.

Una novela es hacer uno, dos, tres, cuatro personajes y cocerlos poco a poco, cuando no dejar que se cuezan solos y, bajo ese fuego que no existe, obligarles a ofrecer sentido a alguna cosa que les pase (pero mientras están en la novela -no antes y no después- y, al tiempo, concienzudamente, es decir, con memoria -con mal-).

El lector pasivo da continuidad sin parangón al co-creador activo, como dijera el filósofo marxista (si no el propio marxista que había en Marx -esta frase en paréntesis parece de Umbral si es que no lo ha sido-), y uno rehace la interpretación mayor para que esta no sea más que la novela que uno es y en la que no cree -ni tampoco, como en este escrito, sale-. Una muesca en mitad de la gran roca que uno pasea y que, al primer despiste, la puede conducir el viento.

He inventado a la mujer para no creer en el hombre, e hice de sus mejillas dos albaricoques que se añejan sólo con un primer mordisco.

Soy una persona indeseable, malvada, vil y lo suficientemente estúpida como para poner en hora los relojes tras volver una luz que se había ido por un problema en algún cable, la central. Y mi cabeza es poco menos, por tanto, decapitable. Es lo menos justo. Lo que nunca diría de lo que digo hoy. Al menos, si ella existiese… decía un poema (chiste malo advierto -todos lo son-) de un autor maño.

Soy columpiado por mamá (zoo de Madrid, 1979) pero, hoy, sin manos. Más tarde estaba en el parque del barrio con mi madre aún joven, hermosa en la ilusión de un hijo.

Soy un funcionario que actúa y tropieza, y eso hubiera querido ser sin tropezarme.

– El libro que llevas en la mochila te lo puedo vender si lo sacas y, si no, lo devuelvo a su lugar, señorita. (Hotel Kafka, 2008)

Ella dijo que luego iba a pagarlo. Que lo tenía pensado. Me lo he creído, pues yo hubiera hecho lo mismo.
En una ocasión robé un libro. Los dependientes me vieron y se descojonaban al ver cómo esa maraña de pelos que yo suponía en el cruce de estas vidas metía en la bolsa Ecce Homo.

Ecce Homo es lo que no he parado de escribir durante una vida llena de 99 años. La entrada del tercer dígito supondrá el fin de mi mundo y usted, que lee esto, se creerá que estoy hablando en metáfora o que era una de esas salidas, así, como cachondas.

Mi ex que ayer no lo era, era igual que todas las mujeres. Por eso inventé el hombre, para librarme de mí. Para dejar de decir que soy esto y lo otro y que, hasta eso, puede ser el hombre de hoy, el mortal moderno, un yo.

Soy una de frases que se come al lado de los servicios, en el lugar de la barra donde salen y entran los camareros diciendo disculpe, dispense, aparte… (Las frases envejecen menos que las ideas; ceden menos su lozanía al tiempo, dijo Cristóbal Serra en sus Nótulas).

– Yo es que hablo sola.

Es lo que me decía hoy, al señalar que no la oí, una señora la mar de amable, buenorra y bien agradecida. Yo es que escucho solo, es lo que tiene. Lo cierto es que se aprende más de la vida hablando que escuchando. Y esa frase sin mencionar “la vida” es bastante buena. Leí algo así en un libro. Un libro puede ser, en casos penosos, una juventud a la cual ha vencido un cadáver, salvo cuando se está hablando del propio. Lo enseño hoy y parece que fuera algo, cuando mañana será otro igual y distinto, impar y con malestares físicos (a un cadáver estos hasta dan gustito).

El otro día dio una conferencia entrecomillada el escritor Mañas, a quien yo conocía de su escrito “Historias del Kronen”, -novela en el contexto definido atrás y novela mala en el autor de este escrito-. Si yo fuera una novela sería mejor que no siéndolo, pero difícilmente sería mejor que el escritor Mañas. Durante el discurso en el que él decía que a Madrid lo llevaba tatuado en el corazón, uno miraba las diminutas faldonas de esas lagartas que se pasean a lucir un poco palmo y a choricear a la empresa que me paga si cumplo debidamente con mi trabajo, y ya no veía ni la posibilidad de un cielo o una hamburguesa, salvo una habitación de ronchas en que la palabra no tiene frase alguna en la que ponerse (de lo otro -lo puesto- es mejor no decir nada). Es cierto que debía de estar loco para no ver siquiera el indicio de un chochal.
Debo de estar loco para no hacer nada y gastar una vida que me venía bien pagada, para decir que mi flor de cada mes es una hija del pasado -como no puede ser hija de manera otra, claro- una ex sin importancia, un putón entre los algodones en que sitúo la cabeza para decapitarme si dijera esto.

Terminada la jornada sólo acudo al blog o a hablar a los marcos de las fotos a quienes quise, a hacer promesas (que siempre están para no cumplir o, mejor, para no dejar de llamarse como se llaman) a la habitación de abuela.

Soy 99 años en el cuerpo de una noria que, al pararse, imita al caos que, a su vez, imita al mundo que, a su vez, imita a los anuncios de la radio.

Doy el “tercer sentido a la locura” en cada lugar del folio y mañana sólo veo un primero donde invento el primer hombre, que será el que querré ser, pero ahora, por la noche, no mañana.
La vida en cambio, que puede -no obstante- eliminar al hombre, es como mirar los horóscopos en una revista, pero no todo puede metaforizarse y, al tiempo, todas las consultas de dentistas se parecen.

He imaginado la cara de madre al descubrir mi cuerpo merecidamente auto-ahorcado en la cocina y me he reído. Cuando mi pájaro me ha imitado he comprendido que el mundo no tiene posibilidad alguna de salvarse.

No confío en la persona que se encuentra cómoda “en su sitio”. Y no confío en lo que haya escrito esta noche porque es obra del demonio que uno sabe y de la sartén que uno no ha puesto en aquel fuego. El que no existía. Lo que dije era una novela. La «chorruna».

Me he acordado, hablando con César, de una conversación de Burroughs -libro de conversaciones, de Bockris- al hablar de un relato de H. G. Wells. Alguien, a diferencia del resto, ve. Porque los otros, debido a una contaminación o algo, se han quedado ciegos. El tipo intenta, me parece, explicar a los demás lo que hay, que pasan de él (¿Naturalmente, no?), y termina diciendo algo así como: Ya. Pero es que yo veo.
Pues
Algo así.
Pero sin ver.

No, no sé qué es una novela. Y no sé qué es el bien.

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