El luto de la ironía (una Hidra casi actual)

Encuentro tachado (visible no obstante) en uno de mis libros la frase “Dios es el luto de la ironía”. Proviene de El aciago demiurgo, un Cioran pasado por Savater, leído en marzo de 2003. Proyecto sombras en este diario, en este mapa nocturno, bajo la mirada cómplice de un pájaro también nocturno. Se trata de Charly, un loro guineano, mi más fiel compañero (a fecha de hoy) desde hace 23 años. Releo mi desesperación en las fotos que salgo con Ciriaca. Ella abandonó esta pesadilla un 16 de diciembre, a mis 29 años. Yo escribí por aquel entonces que la muerte, que yo ya había metaforizado -y representado- en todos los objetos conocidos (incluido el Yo), era solamente un sábado con frío. El sol, entre las nubes, alumbraba las palas de los enterradores. Recuerdo el sonido de la arena cayendo sobre su tumba. Soy yo y mi hijo, que aún no ha nacido, en esta noche sobre la que la sinceridad sentimental (e incluso amorosa) supone una falta de consideración al bidé del baño.

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(Frank G. me escribe a través de Whatsapp: No he podido cogerlo. Estaba en una reunión.

Pensé que ellos me encerrarían de nuevo. Esas personas tan simpáticas, los doctores. Mamá acude a ellos. Les ofrece garbanzos de Valseca. Son grandes y crujientes, dice. Conviene ponerlos en remojo una noche antes de proceder a elaborar el guiso.)

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Mis palabras son un mausoleo. Libros aquí y allá, en estanterías y habitáculos, breves y perecederos, densos como el agua, donde puede vislumbrarse un cadáver no del todo acabado. P, rubia del Este, aparece en posturas insinuantes en las últimas dos fotografías que he recibido a mi cuenta de gmail. Me pregunta, en aparente ruso, traducido al castellano y versionado por mí, si tengo miedo al compromiso.

“(…) y diversos pájaros lanzan en momentos distintos gritos muy diferentes, y otros cambian sus roncos cantos según el tiempo”. Pero eso será al amanecer. Montaigne no se acaba nunca y en él no están permitidos acabarse Lactancio ni Aristóteles, ni Lucrecio (revitalizado por el decadentista Schwob en su obra menos decadentista -alguien me regaló en 2004 una lujosa edición, así como poco cómoda de leer en el transporte público-).

 Bajo a ver qué hay en la nevera. Encuentro Aquarius sabor naranja. No tengo recuerdo de a qué sabía este refresco, ni seguridad de haberlo probado. Lo abro. Sabe a Aquarius sabor naranja. No es desconocido. Ya no. Lejanamente familiar, como las grandes navidades de la infancia, repetida una y otra vez en mi hijo, aún no nacido. Probablemente jamás.

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Una pecera. Era la antigua casa de la señora Emilia, del octavo. Compraba pequeños peces azules y sujetaba los ojos en ellos durante días enteros. Hablaba con ellos. La pecera del alma de la señora Emilia. Emilia murió. Su familiar más cercano, Toñín, heredó su casa y sustituyó el agua de la pecera por una hucha. Coleccionaba en esa pecera reconvertida las monedas sueltas, según me dijo: ahorro de lo que antes fue en él la quiniela. Total, para que nunca toque.

La esperanza reducida a un nuevo callejón sin salida. Escribo en facebook: La moda es una contradicción de la actualidad. Escribo en Facebook: Las incoherencias, si abyectas, son coherentes.

(Yo) requiero de rumbos aún no encontrados para mejorar mi calma, bañada vespertinamente por una ducha templada y antipsicóticos. El Aquarius sabor naranja es sin azúcar.

(Él) requiere de una nueva cingla. Es un impertinente del Yo. Su existencia ha sido limitada a vertebrar cada cosa que conoce. Vive, sin embargo, en una constante rutina. Se levanta a las 20:00 y entra en la tienda de alimentación a las 00:00. Suele llevar una lectura (a veces dos), pero le es difícil concentrarse del todo. Cuenta los clientes que allí acuden (ninguno / diez / quince) y lee. Y luego llega a casa. Su chica ya ha llevado a los dos hijos que comparten al colegio. Come lo que haya. A las 12:00 o las 13:00 se acuesta. Se acaba de abrir un blog en Internet.

(Ella) requiere de un traje elegante (a la manera de ver de su jefe) para el trabajo. Es secretaria en una gestoría. Graba las conversaciones telefónicas que tiene con los clientes. Por las noches, antes de prepararse la cena, las escucha y se averigua en ellas. Podría haberlo hecho mejor. Se dice a veces. Anota en qué podría mejorar. Otras veces, tras anotarlo, lo tacha. Tras cenar suele fumarse un canutillo con la lúdica intención de relajarse. Luego se acuesta, espera que mañana, sea lo que sea que encuentre, se le dé un poco mejor.

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(21/IV/08)

Don Eduardo, cada día, abre la ventana de su habitación y ve el cielo.

Cualquiera lo diría mejor.

Todo se divide, pero en sí mismo. No está de más recordarle a una hidra la posibilidad que aguarda en el vagabundo relicario del chotis cabezal del, en ocasiones muerto, animal Malone. Ante el quinto café de primera hora de la mañana, don Eduardo se asimila completamente de acuerdo con este modo, hasta que se enfada porque falta orden aquí y allí y, al decir “allí”, señala cualquiera de sus dos sienes.

De haber nacido hidra, don Eduardo, a buen seguro hubiese ido decapitando –haciendo uso como único arma de cualquiera de sus otros cuellos a modo de cascanueces- cabecillas propias con el empírico afán de ver qué pasa, qué ocurre, qué es el mundo sino este sillón con ruedinas que le lleva de izquierda a derecha y de derecha a izquierda mientras intenta averiguar qué cabeza era primera, cuál la original, la que da sentido a las otras y ordena sus decapitados.

Pero don Eduardo no es una hidra. Si lo fuera no llevaría a estas horas (6:45) siete cafés solos sino, probablemente, un solo café en siete tazas (caso de poseer únicamente la hidra siete cabezas bebedoras de café).

Dicho de otro modo, coloque siete tazas vacías de manera circular en una pila, rozándose unas con otras o bien no, según la extensión de la absolutamente imaginada pila. Esto, sostendría don Eduardo, no evitaría que el desagüe atendiera, (de una manera completamente independiente, incluido ello en el del todo supuesto caso de ser tapado por cualquiera de ellas, al centro formado por las siete tazas), a su normal, autónomo funcionamiento.

“¿Quiere comprobarlo por sí mismo?” Dice todas las mañanas don Eduardo “Vamos, gire el grifo”… “Gire el grifo, coño”. Y la hidra lo intenta, como cada mañana, sin conseguirlo. Sabe don Eduardo que, por mucho empeño que le ponga, la hidra no tiene manos e, incapaz de atinar con cualquiera de sus enormes cuellos-cuerpos, siempre se va de la cocina sin conseguirlo, agachando sin excepción todas y cada una de sus cabezas; entiéndase: las que no se ha comido aún don Eduardo.
Porque don Eduardo es una persona responsable y, como todas las demás del mundo, necesita buenas energías para empezar el día.

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