Dovlátov y Guacamayo

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Hoy me he llevado a las salas de espera del hospital el Dovlátov «Oficio». Las consultas eran un par, puro trámite en donde mi madre, en ocasiones, interrumpía mi conversación sobre cómo funciona en mí la máquina espoleadora de oxígeno con un «hoy no te has lavado muy bien los dientes y se te nota». No, la verdad, lo he olvidado, luego lo haré. Últimamente pienso mucho en unos labios en concreto y deseo estar bien de los dientes por si acaso. Tampoco es necesario que les saque brillo, pero sí me es conveniente rebajar las partes más afectadas por la nicotina. En cuanto a lo que importa, no he notado esa mejoría en cuanto a estado físico de la que hablan muchos usuarios del artefacto, si bien le he aclarado a la doctora que, tras semana y media y alguna que otra noche deshaciéndome de la mascarilla en sueños le cogí el tranquillo, me siento protegido por ella, como más seguro y que, según vea ella, que el tratamiento dure lo que tenga que durar. He explicado que es una manera de dormir acompañado que no se diría idílica, pero asegurado que mi imaginación es muy permeable y da mucho de sí ¿Sabe usted? Ahí es cuando mi madre, que no lee mis libros, ha informado a la doctora que yo soy un escritor de filosofía para entendidos ¿?. Respecto al segundo Dovlátov, admito que es un autor que me sigue cayendo bien tras descubrirlo con La maleta y advierto que hoy he seguido las líneas con cierto aburrimiento. Me explicaré. A veces es brillante. Te coloca la consecuencia de inicio y el resto son, pongamos, skechts de cinco o seis páginas donde el personaje es un mandao (me estoy refiriendo al caso de La maleta, que ha sido de mi agrado, por qué no del que acabo de empezar, publicación anterior en el que es fiel al estilo primordial que yo y muchos otros lectores hemos visto en este autor), y como mandao, no discute, pero informa. A su alrededor suceden montones de cosas absurdas. En cuanto al personaje narrador la mayor provocación está en obedecer. Entre las líneas de sus obras le salva su sometimiento que, no obstante, sale a la luz, con detalles en los que repara ese narrador, que son lo básico de lo que ocurre, de lo que le toca vivir y donde más o menos calla y se permite observar. Es y no cae. Lo paradójico, claro, en el caso de sus obras, y estoy redundando, es el propio Dovlátov. No voy a referirme más al libro. Además de Oficio, me he hecho con Retiro y, por ahora, postergo. Una literatura amena cuando lo es, que también repetitiva y, a ratos, con cierta chispa. Se intuye a Dovlátov riendo mientras escribía esos relatos, como ya dije, pasados por sketches (no lo digo condescendientemente). Acabo de llegar a casa. Me he prometido idealizar lo menos posible. No sé cómo llamarla, aunque me apetece llamarla Guacamayo. Guacamayo me da mil vueltas. No me aparto de la mente a Guacamayo. Pero Guacamayo merece mi respeto y, si yo me caliento mucho la pelota con quién y qué representa para mí Guacamayo, quizá termine enviándole a Guacamayo dispersos mensajes con ideas yoísticas fundamentadas en demasiadas maneras de percibir a Guacamayo en su ausencia. Así que Regla 1: No pensar mucho en Guacamayo, para lo cuál, bien: seguir escribiendo la historia interminable de qué soy y no soy, o incluso quién es y quién no es en mí Guacamayo en mis libretas de la red, o ver finalmente la nueva de los Coen, porque a Dovlátov he quedado en que le voy a dejar tranquilo unos días, esto es: El libro colocado en la estantería, su particular rincón de pensar, para que medite de una vez en lo que ha estado haciendo conmigo esta mañana. Muy buenas tardes que, veo, ya casi es la hora de comer.

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