De fenómenos comerciales (y nada más)

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Hace unos cuantos años, Marwan publicaba su primer libro (tendría que mirar entre los deshechos librescos del garaje para encontrar el libro y dar fe del título o, lo que me da un poco más de pereza -qué poco valorada está la pereza, caray-, poner su nombre en google y buscar entre los enlaces de poesía). Yo todavía no sabía que se llamaba Marwan, al menos así, con w, para mí el El Maru, vivía en el 5º 4 y yo en el 6º 4 del 44 de la calle Illescas, en Aluche. Su padre era el mejor profesor de inglés (además de un gran colega) del barrio. Le vi esperando su turno y dije ¿Maru? Él me miró como preguntándome quién era, sin condescendencia, sí le sonaba y, al decirle mi nombre, me dio la excusa perfecta, además de educada: No te he reconocido porque has engordado mucho. Lo cual era muy cierto. Procuro estar flaco, antes que normal (como estoy ahora) y huyo de esos kilos que me sacan unos exagerados mofletes que, sin conseguirlo, trato de tapar a base de barba, aparte el culo (que pesa) y, siempre, la barriga (quizá si fuera más alto no me importaría tanto). El Maru me trató bien, esto es, como siempre, lo que es mucho decir para lo que había en el barrio. Le pregunté si uno de los libros que iban a presentar era suyo y, al decirme que sí, le dije que si me invitaba a una caña se lo compraba, pero que me lo tenía que dedicar. Me preguntó qué hacía allí. Había ido a ver a una amiga que está por aquí, por Facebook, y a su novio, que también presentaban y con quienes tomé una segunda cerveza. Le dije que sí me dedicaba un poco a cosas de literatura, pero que sólo iba a esos eventos por amistad. En la dedicatoria puso que ojalá no me disgustara mucho el libro o algo así. No es que me disgustara, al menos hasta donde llegué. No me disgustó. A Marwan no lo he vuelto a ver, pero es un padre reconocible de cierto barro mediocre que ocupan los primeros puestos de las grandes empresas papeleras de España y parte de América Latina, representa a poetas que hablan de sentimientos (o algo así), pero que difícilmente saben quién es William Wordsworth, son hijos de Las flores del mal y, se diría, que hasta conocen de oídas al autor del texto. Yo no tengo nada en contra del Maru, entiéndanme, pero uno ve que se encuentra entre ese tipo de lectores que aprende a distinguir la calidad de una librería o una biblioteca por la presencia o no presencia de los libros del Maru (o sus hijos, algunos más mayores que él). De aquella jornada me fui a otra, donde le tiré los trastos a Elvira Lindo: No me puedo creer que tu marido te guste más que yo. Y llegué a casa de una pieza. Fue en el trayecto del bus donde di fe del producto Marwan. No tanto como cuando me enteré de que había mucho más acerca de ese producto. Lo vi, poco a poco, a veces por error, a través de mis paseos por la red (y sin necesidad de poner el nombre en google) y comprendí. Entonces recordé cuando charlábamos en la piscina o cuando practicábamos con la guitarra juntos: Marwan era (y seguramente, como su familia, es -qué sé yo-) un tipo honrado, pero siempre quiso ser famoso. Yo sólo me diferencio de él en que lo que más quería de la vida era ser flaco. No puedo saber cuál de entre ambos valores es más pretencioso.

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