Cumpleaños de Justo Sotelo (esto es: la tertulia se viste de celebración)

He de reconocer y en la red se adivina que los inductores del sueño (incluyo buenas dosis de cerveza Amstel) no me provocan efecto alguno. Resiliente, mañana uno espera sea hecho otro día. Aparte quedan las quedadas para darse a eso del amor e incluso el cumpleaños (nació en un 29 de febrero) de Justo Sotelo, cuya amistad, desde mi llegada a los madriles -ya van siendo cinco meses- viene resultando entre temeraria e impagable. Mañana en la tertulia un nido de golondrina descubrirá incipientes huevos y de ellos saldrá el vuelo rasante de algún animalejo alado. Uno aún tiende a confundir nombres de señores, también de damas -aunque por eso no le venga la fama, en la que uno, evidentemente, no cree- y distará de nombrar. Ahorrará, diré, su propio tropiezo para con el descuido. Dejará brotar márgenes de rabia impresa, eso sí, siempre ligada al optimismo, la alegría y la cerveza Alhambra que Mariwan, so pena de tener que usar la tarjeta para pagarle, le tiende mientras una tal Ana Bustamante insiste en que ya está bien por hoy. Hoy es el desierto que pareciera brotar de una noche que no acabase. Insisto, mañana vendrá otro día. Los prefiero soleados, aunque una mota de lluvia admito no me es molesta. A la llegada Jesús Cogolludo me dirá que, venga, que invita él (que no le falte su cerveza a nuestro muchacho) en lo que la fiesta, que imagino amena como tantas tardes procurando ambiente -lleno de sanidad- en el café Puro Teatro de la calle Manuela Malasaña se gesta, introducida, supongo, por numerosas felicitaciones a nuestro anfitrión. Justo Sotelo (en ocasiones oso de meterme no exento de agudeza con sus cuentos, la mayoría terribles -y uno le da al cuento a base de bien, no crean que no-) aparecerá procurándose invisible y temiendo cosas. Habrá abrazos y piropos, venidos de mi parte, dedicados a Almudena Mestre, Yoli, Ángela, Aurora y la poeta (también me meto algo con ella, con lo buena que es bajo el misterio que reflejan sus fotos color noche sin fondo y cigarrillo en boca) María Guivernau (quién sabe si también parecerá la artista -musa de unos pocos- Johana Roldán). Uno espera la magia del jazz. Unos cuantos verbeneros en gabardina negros como tizones con sus trompetas aludiendo a la salsa no reñida con la fusión y con el empleo de una siempre agradecida improvisación. Que explote el café antes de abrir, no obstante, tras abrirnos a los buenos mozos y mozas de la tertulia, donde también estarán Juanjo, Miguel y Antonio Benicio, con quienes admito cierta tensión sexual para conmigo, completamente correspondida en este caso. No faltará el maestro (gran traductor del primer Rimbaud así como de mi queridísimo Gérard de Nerval entre muchos otros). Me refiero a Javier del Prado Biezma (dandi de edad, no obstante, juvenil), que corrije con su sapiencia el libre albedrío -sano- que a veces osa prevalecer durante instantes cortos en nuestra tertulia. Uno ve en el reloj que son las seis de la mañana y que ciertas dosis que permitirían la calidad de sueño de un caballo o, incluso, un elefante lo están llevando hacia el tecleo. En esta casa, que es vuestra, uno ejerce de tecleador a la manera del más compulsivo Glenn Gould (mi primera figuración fue la de un Thelonious pasando por las gotitas de rocía que inundan de belleza lenta ciertos dejes de un Bill Evans pasado por Satie -a quien interpretó maravillosamente ayudado por el viento dulzón de la flauta travesera de Herbie Mann -pongamos, uno se ve un Brad Melhdau de primera época interpretando el Hey you de mis adorados Pink Floyd-). Solo y repleto de amigos (sé que faltan nombres). Mañana Justo espera una tarta y el maestro en arquitectura (también le da a eso de pintar) Santiago, quizá, hablar de lo suyo, que también es lo nuestro. Pero, en fin, que uno lo que espera es borrachería y darle un abrazo al homenajeado -catedrático de economía, así como de literatura, autor de libros a considerar-, que solamente cumple unos poquitos años más de los que uno gasta. Vivaracho y con exceso de mano izquierda que, uno figura, usa a menudo tras sus experiencias como profesor de universidad. Apenas me atreveré a preguntarle si aprueba a sus alumnos. Lo demás no, no será silencio (incluso si puedo me permitiré decir la gran verdad de que disfruté mucho más con Las tribulaciones del joven Törless, de mi a veces querido Musil, que con con el Retrato del artista adolescente, autor que implica esa denominación más que ningún otro para Justo. En fin, día de celebrar. Procuraremos, espero, todos, no caer rendidos a la cuarta cerveza.

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