Correr tras el sombrero (23/03/08)

Tengo un agujero en la cabeza que me sirve para respirar mejor. En días como el que viene, tras traer el pan, me siento en el sofá y, si prendo un cigarro, aparto un poco el pelo y echo por ahí la ceniza. A veces, el cerebro, que es nuestra pertenencia más sibarita, queja esto y puedo notar cómo zumba, cómo tose. Cuando esto pasa, aparto el pelo de nuevo, meto el dedo índice por el agujero y moldeo hasta donde llego como la plastilina que es. Entierro la ceniza en su interior, que es más de lo mismo, como nos enseñan los grandes poetas. Porque el cerebro está hecho de barrer bajo su alfombra. Y debajo de mi pelo, oiga, yo tengo muchas alfombras. Mire usted por él si no me cree, les digo a los desconocidos. Con una pinza capaz soy de darles la vuelta para que se vea que son de buen material. Meta el dedo, no sea tímido ¿Ve? Tampoco era para tanto. Es, como puede comprobar, una especie no necesariamente carnívora y, compruébelo usted mismo, cariñosa, gusta que acaricien un poco su agujero. Es una especie mimosa y uno ha puesto mucho de su parte en domesticarla. No crea que es cosa fácil en esta época.
Mis antepasados lo tenían también en el mismo sitio y buenas jornadas que se daban toqueteándose hasta que hubo niños en casa y los niños tenían también un agujero igual en el mismo lugar de la cabeza y por ahí se asomaban a mirar, como usted, todos los vecinos del mundo y no veían nada. Una niña que asomó me dijo que veía algo un día y le pregunté que el qué y dijo que lo veía oscuro. Claro, es que ahí dentro todavía no han inventado la luz. Son unos cafres, le dije. Y se reía.
A veces, le diré, meto por ahí lo que no me gusta de la vida. De la calle, por favor, entiéndame. Cosas sencillas, que se ven, claro. Trastos pequeños que me encuentro por la acera por ejemplo cuando, como hoy, voy a comprar el pan. Suciedad que hay por ahí y que amontono debajo de esa alfombra que está debajo de otra y de otra y que no vuelan como las de los cuentos, salvo en los días como hoy en que hace mucho viento. El aire es que es como es, le diré, en más de una ocasión he tenido que colocar alguna pinza a través del agujero y no crea que es cosa fácil. Pero la colada es la colada y hay que hacerla.
Cuando creo haber almacenado suficientes cosas que no me gustan de la calle como para que hagan del cerebro algo que pese hasta molestar el cuello y hacerlo coger postura, prendo papel del baño con una cerilla y lo echo. El agujero funciona como chimenea y yo noto una embriaguez muy sana oyendo cómo cruje dentro, notando el cosquilleo del humo al pasar por el agujero y sabiéndome, mientras estoy sentado en el salón de mi casa, en un mundo un poquito menos sucio que, no crea, eso también es importante.
Una vez reducida la lumbre meto hormigas y me reconstruyen el sitio a sus naturales anchas.
También tengo un tapón en casa. A la niña le he dicho que me lo pongo en las noches para asegurarme de que tengo sueños propios y que no se escapan, pero lo cierto es que sólo me lo pongo para las entrevistas de trabajo. Mañana voy a una ¿sabe? Porque, antes de nada, yo soy administrativo.

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