Chicas venidas de otro mundo en el que a veces me da por pensar si gustaría de pertenecer a él

Tengo un dilema debido a la proximidad del libro este que he dicho que me iban a sacar y que es un conjunto de cuentos, muchos cuentos, y que a la pregunta de cuándo sale la única respuesta recibida (y que intuyo repetida si me diese por llamar a León) es: pronto. Eso no me ocupa absolutamente nada, ni tampoco me importa, ni está en mi mano, así que voy a ir al conflicto. Procuraré ser breve: Hay uno de los cuentos entre los que he seleccionado que odio mucho, pero que no termino de decidirme si quitarlo. El por qué me parece una creación de mierda: No sucede nada en él. Esto es lícito (conste que estoy pensando en maestros del género como Aldecoa u Onetti al afirmar esto, no en mí), pero es el único cuya voz responde a los pensamientos de una mujer. Y, claro, pasa que, por mucho que el cuento me resulte una putísima mierda, estoy enamorado de esa chica. No es que tenga muy en mente de lo que habla, pero reflexiona, se busca entre jaleos muy normales de la existencia. A veces la veo en el metro o la siento enfrente de mí cuando como y, mientras en la tele sale el Flo ese y su amigo, nosotros nos miramos ante nuestra tortillica de patatas y nos decimos: Menudos gilipollas. Es una chica que escribí un día a saber por qué, y no hacía nada salvo pensar, tampoco eran cosas importantísimas sino cosas que, en algún determinado momento, nos han pasado por la cabeza a todo ser humano. Es que la quiero ¿Saben? No estoy tan loco para haber imaginado cómo es su cuerpo y su cara. Da el perfil de ser de mi generación y, sí, cierta cosa de alejarse un poco del ruido, aunque se mueva en él. Y yo la quiero. Nunca se sabe en estas cosas, quizá si viviésemos juntos no nos entenderíamos tan bien como a veces imagino. El caso es que el cuento es una mierda y creo que me lo voy a cargar del resultado final, que ya tiene bastantes páginas y no pasa nada porque tenga cuatro menos. Claro ¿Conseguiré con ello olvidarla? Pues no, ni de coña. Y ¿Saben? Tampoco me apetece.

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Muchas veces me da por recordar mis paseos por la calle Real, en mis veranos segovianos. Lo mucho que adoro esa ciudad si dispongo de la probabilidad de ir a mi bola, sin necesariamente conversar con las personas que me encuentro en las tabernas o con los camareros que, en algunas ocasiones, me conocían de las fiestas de los pueblos y me tenían por una especie de personaje, cosa que venía, la mayoría de las veces, de mi aspecto, que me era todo lo tonto que puede ser un aspecto. Recuerdo uno de mis últimos veranos sentirme especialmente feliz caminando por la calle Real, que, cuando acababa, uno se daba la vuelta y hacía el camino de regreso de nuevo, siendo una cosa que funcionaba, que mantenía la diversión llena de pacifismo en cuanto al ejercicio de la mera observación. Las tascas eran las mismas u otras. Había cañas baratas y también ponían buenos pinchos. La mañana era de principios de agosto y yo estaba pletórico. Me daban ganas de hacer cosas, incluso, que nunca hago, o que es bastante raro que haga, como comprar un helado, no sé de qué, de tutti frutti de eso o de limón (aunque también los he comido de turrón y de pistacho), no importaba mucho. Pues la mañana en concreto en la que pienso comprendí que mi pelo era bastante largo y que no veía por qué no aceptar un buen pelado en la primera peluquería que me encontré. Unisex. Mozas muy guapas y eso. Además lo que llevaba en el monedero me daba para permitirme que me lavasen la cabeza, con lo bien que sienta cuando cae el chorro tibio. No sé, esas cosas de sibaritas baratos de la vida a las que uno se da porque a veces uno también es un sibarita muy barato, aunque se dé pocas veces a mostrarlo. Fue un craso error porque el hecho de entrar, por mucho que advirtiera el pelado como la mar de útil, me obligaba a interactuar con esas personas. En un principio yo lo llevo bien en las peluquerías. Me da por hablar y el peluquero o peluquera me sigue el rollo, ya sea el rollo la actualidad política, el deporte o hasta lo mucho que nos gusta leer revistas, o hasta libros. Aquí, en esta peluquería, no había escapatoria. Era una secta. Y yo no me había parado a pensar en eso debido a mi entusiasmo. Luego ya sí ¿Una peluquería con un rótulo de neón donde pone Unisex en plena calle Real? Me di por afortunado cuando resultó que me iba a atender la chiquilla en la que yo me estaba fijando. Todo el encanto se rompió a medida que, no sólo hablaba, sino que no paraba de darme tirones, y no me permitía hablar a mí. Su conversación giraba en torno a la idea que ella tenía del Apocalisis y esa idea consistía en que debía adquirir todos los champús especiales que vendía la peluquería para que el pelo no se me cayera. Y yo lo aceptaba por mucha consciencia que tuviese de que no iba a comprar nada de eso. A veces me irritaba. Era una joven lozana con voz de pito y muchas ínfulas. Sus largas piernas a ciertas alturas ya no me decían nada, y no podía irme de mi asiento dejando su labor a medias. Sí me venían probables preguntas a la cabeza como ¿Dónde has estudiado peluquería? o ¿Por qué no te echas esos champús tan frescos en tus partes y te callas? Comprendía, no obstante, que su intención era impresionar a la jefa, metida en un traje de moda (en algunos sitios esas cosas tienen sentido), mostrar la eficiencia en cuanto a las ganancias de la puta tienda. Pero es que yo soy el cliente, estaba por decir, y en vez de eso le seguía el rollo, como si de verdad su apocalipsis respecto del futuro de las raíces de mi pelo me importase por un momento casi tanto como a ella. Fue una mala experiencia bastante cara y mi disconformidad apenas me dio como para salir por la puerta sin decir adiós o desear las buenas tardes. Procuré encontrar alguna tasca, porque me quedaba algo de dinero y, en mi manera, eso no era algo que podía joderme un día maravilloso, aunque… Lo peor no fue lo peor, pero tampoco ayudó. Sucedió que la tasca (muy frecuentada por mí en aquella década) tenía un espejo en el fondo de la barra. Menuda mierda de trabajo que me había hecho la menda ¿O era mi careto de susto el responsable? No me duró mucho… la cerveza estaba rica y podría pedir otra, incluso otra más.

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Debe hacer quince años de esto, puede que dieciséis. Yo daba clases (que el impresentable del alcalde de mi pueblo no me pagó) en la sala de juntas del ayuntamiento. Eran unas clases que vinimos en llamar Talleres de creatividad en la que se me juntaban al menos 30 niños del pueblo (esto es: toda su chavalería) cuyas edades iban desde los cuatro a los catorce años y allí contábamos, sobre todo, historias, aunque también veíamos películas de aventuras y dibujábamos, todo bajo mi supervisión, un profe que daba el perfil de animadillo, juguetón y tal, y que dejaba que los niños opinasen para forjarles a la contradicción, cosa que no siempre conseguía. Hasta ahí bien, incluyendo que eran los propios niños los que iban a mi casa a despertarme diciendo que era ya la hora, con lo que la mayoría de las veces ni desayunaba. Claro, eran la chavalería del pueblo y también se daba el caso de juntarse en la piscina, el bar o el juego pelota. Una cosa, hasta ahí, de lo más normal. A lo que voy: Había dos niñas (7 u 8 años) que bromeaban constantemente conmigo y, una tarde, se dio el caso que yo estaba con un botellín en el puesto de los helados de la piscina y vinieron a comprar chuches y, de paso, a vacilarme, cosa que yo llevaba bien. Pues estuvieron un buen rato acompañándome hasta que resultaba que una de ellas tenía que enseñarme “una cosa muy rara que había donde estaba el botiquín”. Y no suelo, porque me da pereza andar, pero me dirigía con ella a ver qué era cuando de la boca de la otra salió la perla: Jo, ahora vais a ir allí y os vais a poner a hacer el amor. Me quedé blanco. No sabía si pensar en las personas que lo habían oído y qué pasaría por sus cabezas, si pensar en qué coño estaba pasando por la mía o si explicarle, de una manera improvisada, el hecho de que, debido a ir al bar o a la iglesia o a la televisión o qué sé yo, su mente estaba completamente podrida. Y la otra venga a reírse. Cosas de niños, claro. Seguí a mi botellín y el libro que llevara en ese momento y ellas se fueron a sus juegos o vete tú a saber y no pasó nada. No sé si lo recordarán, pero sí he regresado al pueblo y, en la actualidad, son chicas normales con noviete y eso y yo las saludo como ellas a mí, no sé si con un par de besos pero, en todo caso, preguntando cosas como qué tal estás o ¿Ya has empezado la carrera? Estoy seguro que ellas han olvidado por completo esa anécdota e incluso me alegro, pero bueno, aquí seguimos, y el partido del atleti tampoco da mucho de sí, así que me ha apetecido relatarlo.

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