Centro de reposo (14/06/11)

A los que están,

(Nada más salir de la sede de san Juan de dios, donde entré para relajar mi afición a ciertos licores, escribí esto y luego lo pasé a mi blog (que, sin yo saberlo, en esas fechas era uno de los más leídos en el ambiente local literario). Es una época a la que puede que regrese si opto a escribir otra obra. Las restricciones venidas a cuento de una legislación elaborada por minusválidos mentales con carácter mesiánico me interesa como ambientación. Erróneamente, debido a una especie de mitológica -hablo en coña- relación con episodios psicóticos adolescentes fui tratado con medicación neuroléptica atípica (puede que Olanzapina) que yo no había experimentado hasta aquella época. Tenía en mente este texto y he querido recuperarlo para la web que mantengo vaya usted a saber por qué.)

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Recuerdo que se me había olvidado escribir con bolígrafo, la utilidad de estos benditos ajuares que hacen a la idea más lenta que la tecla.
Sara me ha dado un beso para despedirse.
En el coche recuerdo que sonaba Weather Report o algo así.
Mi habitación de reposo, al igual que las demás habitaciones (que sólo puedo intuir), es una estrella mientras los internos somos la gran nube que no permite verla. La luz, pues, la traen los recuerdos y el MP3, la nueva medicación y la cobaya que siempre ha sido la mandrágora que baila bajo nuestro aspecto en el espejo del baño.
Si quieres fumar una chica con bata y nombre inscrito ha de darte fuego. Todavía no me he acercado al nombre. Soy el último en llegar y no sé cuánto tiempo permaneceré aquí, le digo a Santa María de las flores, que posa bajo mi brazo de estudiante de la letra muy bien traducido por María Teresa Gallego Urrutia.
Me han dicho que habrá talleres literarios. Me ha dado tanta alegría. Quizá por eso estoy escribiendo ahora (23 de junio de 2011).
Me han puesto una dieta hepática. En lugar de fritas me dan las patatas hervidas. Pido platos pequeños. Aún no he vomitado, dios santo. Si yo hablo, Dios se hace siempre la vasectomía.

En el día después escribo el ejercicio literario llamado Cuando me miro al espejo. Es decir:
Cuando me miro al espejo veo un gólem que tiene en el fondo del iris una luna chica que comerse. El ojo es una aceituna recién comprada a una gitana y el resto un aparejo de membranas sujetas por un hilo que debe de salir de un nervio, si no resulta que es el nervio mismo.
Cuando me miro al espejo veo un mono que no ha aprendido a andar y suma sus fracasos en la certeza de los pellejos que le sobran en la cara.
Cuando me miro al espejo veo que del corazón escapa una libélula, lanza tres vuelos y finalmente doy caza a ese sístole-diástole con mis enormes manos de gorila mal hecho. La forma de su cadáver se parece a la sonrisa que tenía yo cuando era niño.
Cuando me miro al espejo veo la ausencia de un hombre empeñado en resolver la casa con la que, un paso tras otro, se va moviendo y luego, tras la segunda noche, flirtea con el ama de llaves a quien llama principito, noche, fuego, tormenta, valle, utensilio, alma…
La profesora me ha dicho que estaba muy bien.

Habito, ya en la habitación, el lugar de un hijo bobo que, se sabe, es un no-lugar.
Aprendo, de nuevo, mi inocencia de los neurolépticos, que a veces no me dejan leer ni escribir. Apenas puedo pensar el falo de nuevo, es cierto, ni siquiera tengo el falo para leer o escribir tampoco. Mi casa exterior e interior es una ruina que necesita ser barrida por un grupo numeroso de profesionales en moverse sin parar.
El caso es que el hijo ha ido a parar a otro pabellón de reposo. Me lo paso muy bien y hay piscina. También leo libros, pero me cuesta enormemente entender la poesía.
Ahora tengo un Umbral. Cuando Umbral murió aún tenía los ojos abiertos porque quería verlo todo. Y así fue viendo cómo su visión se nublaba, dejando las luces blancas de la habitación en círculos concéntricos que iban perdiendo brillo según sus párpados bajaban de cansancio, dijo “Las uvas doradas” y se murió.
Yo creo que no moriré aquí. Antes me atropellará un coche o me comerá un perro pequeñito de juguete. Mis padres y Jose, cuando pueden, vienen a verme.
Ahora que lo pienso: Si hubiera tenido descendencia, en lugar del perro me comerían mis pequeños. Su eructo llegaría hasta los anillos del Saturno. Recuerdo las palabras: Pan gratis, y me acuesto.

El despertar en el hospital es un vuelo de cigüeñas. A continuación meto la sábana dentro y dejo que mamá le ponga a mi pico la droga que necesitaré, el reloj del cuerpo que pasearé por el pabellón durante aproximadamente siete horas y media.
Después de desayunar galletas voy a la terapia, que es un nido.
Allí la madre me enseña, junto a las demás crías, moralinas de vuelo, esperanzas de volver a caer, los grandes depredadores de ahora y antes… pero sobre todo me enseña lo que es un huevo. Allí, en la torre de una iglesia que ya no tiene feligreses (salvo los llamados Voluntarios, esas sonrisas de dios padre todopoderoso).
El olvido que, se sabe, es un recurso más de la imaginación se hace visible a cada mordisco de fruta (albaricoques, manzanas, peras…). Luego uno se lava las manos y sabe que es hora, de nuevo, de acurrucar sus alas junto a los demás hermanos, dementes en algunos casos, y sólo despertar a la hora en que llega el termómetro: 35,3.
El reloj, parado a las doce y cinco, sobre la torre, quién sabe si del día o de la noche, padre.

PD: los neurolépticos que estoy tomando ahora son los ojos cerrados, en la noche que no se acaba nunca, de un búho sin plumaje. (Comprendan vacaciones en el blog).

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