Cartografía de un viernes

“Aprendemos a leer antes de aprender a escribir y son las mujeres quienes nos enseñan a leer” (Ricardo Piglia, En el umbral, prólogo al Primer diario)

En el principio (noche de un viernes) fue colocar un destino en un mapa aún por hacer.

El animal despertó solo como el invierno en una hermosa mañana de lluvia del año 2016. Ya por aquel entonces un paseo hasta la parada del autobús estaba repleto de signos (hojas, lluvia, gatos que interpretar). Incluso antes de salir de la habitación se había quitado el pijama, dado una ducha templada con la ventana abierta, pasada la afeitadora y perfumado con aftershave, elegida la ropa apropiada (que siempre es la que más a mano se tiene), abrochado los cordones de los zapatos antes de escribir en Facebook el siguiente epitafio (por si no volvía): “Poseer todos los estilos es abandonar al estilo, asimilarse bendito en la ley de las sociedades coercitivas y la toma, cada vez más necesaria (contraria a toda posibilidad de amarse), de haloperidol que, no obstante, elimina de cuajo la neurosis (su precio es una vida vegetal, sin lances, sin la posibilidad de la belleza de las cosas y sus resabiados reveses)”. A lo que añade un grito de lucha sacado de una película muy conocida de aproximadamente cuando el Mundial de Italia: “Fire, walk with me!“.

Pero qué es un mapa aún por hacer. Supone: El itinerario que viene explicando desde la mañana en que llueve. Se ha puesto la chaqueta que tiene capucha, cerrado el portón y echado la llave. De nuevo la noción de mapa sin hacer (ni siquiera sabe si establecerá los puntos cardinales). Lee, ya subido al autobús, citado, según cree, por alguien vivo (contemporáneo), a Alcmeón de Cretona que los hombres perecen porque no son capaces de unir el principio con el final. Seguidamente de la cita anota con su pilot rojo: Nacido a las 8:05 h del 15 de Marzo de 1977 / Nacido de nuevo a las 16:42 h del 7 de Abril de 1979 / Fallecido a las 19:26 h del 4 de diciembre de 1998. Era un viernes soleado, recuerda. El día anterior fue el cumpleaños de su primo Nico, que le dijo al aparato que le habían regalado un videojuego. A diferencia de él he nacido de nuevo, se dice, aproximadamente un día en el que vestía un suéter amarillo regalado por tía en Navidades y unos pantalones negros de pana lisa.

Un par de pasajeros más en el autobús que le lleva hacia Moncloa. Recuerda tres años atrás haberle dicho a un estudiante con quien compartía asiento que no le dijera quién era para, así, convertirlo en obsesión. Una pequeña idiotez si nada tuviese que ver con la idea de un mapa que tendrá o no sentido entrada la noche. Afirman los biólogos que el embrión humano recapitula muy rápidamente durante los primeros meses de su evolución, y más lentamente en los últimos, todas las formas de vida que precedieron al hombre en este mundo. Lee en Maeterlinck, lectura recomendada por Ávila Salazar, autor, entre otras, de la inédita Iluminada.

“No es el rostro bello lo que amamos, es el rostro que hemos destruido”. Por citar una ocurrencia de Canetti.

Si mira a su derecha puede ver filas de chalets con prominentes fachadas, incluso caballos, y también un perro, y las gotas de agua impregnadas en el cristal. Todo recuerdo, así como cada mujer que le enseñó a leer, está condenado a repetirse y él sólo es una persona que, renacida o no, carga, como todo hijo de vecino, con sus recuerdos y, además, de vez en cuando, con la idea, a veces convertida en obsesión (neurosis), de destruirlos, cómo si no que con nuevos recuerdos. O muriéndose. Mira su reloj de pulsera y obtiene la información de que el viaje en autobús es largo. Parece que ha dejado de llover. Apenas la última parada, caso de bajar o subir alguien, de la urbanización Villafranca del Castillo. Después: Todo autopista. Un humorista malo, que habita dentro de toda persona, le pregunta ¿Por qué yo? mientras procede a atarse de nuevo el cordón de uno de sus zapatos. ¿Qué se estará preguntando la señora del asiento de atrás? ¿Qué le preguntará a ella, caso de tenerlo y de que esté despierto, su humorista malo? La mayor revolución a la que aspira el hombre es la de llevar la contraria al humorista malo que le habita. Claro, hay que hacerlo sin interrupción posible, porque muere unas décimas de segundo después que nosotros.

No evita mirar a la mujer del asiento trasero. Es más vieja (más mayor) de lo que le había parecido cuando pasó por su lado. Su rostro imita al verso de Gimferrer: Como gritos se abren rosas en el silencio. El autobús hace su entrada en el intercambiador de Moncloa. Estira las piernas al incorporarse. Cede el paso a la señora, sujeta a una bolsa enorme que, él figura, contiene ropa, muy probablemente sucia. Tras bajar unas escaleras y subir otras se planta en la calle. Llueve de nuevo, levemente.

El mapa, su ruta, se dice, no debería tener prisa por hacerse, pero eso es una cosa que le ocurre al llegar la noche, no aún. El reloj de pulsera marca las 15:06 h. What will survive of us is love. A él eso del inglés ya se le ha olvidado. Se dispone a subir Argüelles. Son rebajas en el Corte Inglés y precisa las caras de los extraños cuyos encontronazos evita en la idea de dinero. Él también tiene cara de dinero. De un dinero barato.

Ama los mediodías de Madrid porque hay tanta gente idiota caminando como tanta gente idiota habita en él mientras camina y ve caminar a los idiotas que no son él. Se mete en un bar de idiotas y pide con voz de idiota un pincho de tortilla y una cerveza sin alcohol. 6 €. Llueve mucho afuera del bar de idiotas y decide hacer tiempo abriendo el libro de Maeterlinck, Senderos en la montaña, mientras no evita pedir un café en vaso. 1´80 €. Las novelas malas te dan, junto con el mapa, el destino al que te diriges y, siempre que decidas terminar esa novela, aparecerán hasta en tu mano las llaves de una pensión o, quizá, si tienes mejor suerte, un reino. Lee: Mas ya es tiempo de que penetremos, conducidos por un guía admirable, entre los bastidores de nuestro fantástico espectáculo, para ver de cerca a los actores y comparsas, inmundos o magníficos, grotescos o siniestros, heroicos o espantables, geniales o estúpidos, y siempre inverosímiles e ininteligibles. Ve su estancia, idiota entre idiotas, en esa traducción de Cansinos-Assens. Afuera no para de llover. Comprende padres y madres de hijos e hijas en la velocidad con la que a través del ventanal se suceden los chubasqueros, paraguas y bolsas de la compra de enero de 2016. Poco después llega la noche.

María le dice que ha intentado llegar lo antes posible, que le han entretenido unas compañeras de trabajo. Él le pide permiso para darla un beso. Ella dice que le apetece una Coca-cola light.

Al final la madre del mundo, ese coño de la mujer única que teorizaron los surrealistas (Dalí más que Breton, ambos pasados por Freud), era una Coca-cola light en un bar cercano a Plaza de España, un día de lluvia de rebajas de enero. Él pide otra cerveza sin alcohol. Le dice que él no es que no trabaje, es que es escritor. María viste un plumas blanco, pantalones de pitillo azules, botas como del lejano Oeste con un poco de tacón. Él la dice que desde que llegó al bar ha estado pensando en qué decirle y que ahora no le sale nada. Si quieres no hablamos, dice ella, y él responde que vale. Así que esto era la farsa del madrileñismo, se dicen el uno al otro, que decían los carlistas. Ella le pregunta qué está escribiendo ahora, que si tiene un proyecto de algo. Le pide por favor que se esté tranquilo, que ella tiene casi 60 € y que son sólo las nueve, que como mínimo, a no ser que él se quiera ir antes, tienen dos horas o dos horas y media. Añade: No me he acostado con nadie desde que te conocí. No soy de esas.

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Imagen: Senorio de Bembibre

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