Carta de ajuste / Jota de despedida (22/09/10)

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A su aún no olvidado nombre, porque del resto no me acuerdo;
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Creí que este podría ser mi lugar en vez de cualquier cosa de esas que te sacan de la realidad o te prestan otra o lo que sea. Pues no. Madrid, la hermosa, es también, se sabe y lo dijo aquel parvulario, un estercolero de subnormales. ¿Tampoco es eso, no? Pues tampoco, claro. En este inicio el idiota -subnormal- soy yo, sin ninguna duda. Perdón, voy a empezar este escrito de nuevo.
Madrid es un lugar estupendo, sin ninguna duda. Acabo de llegar de un recital de poesía en un bar ambientado en los años de nuestro amigo, el solo de tenor, Lenny Bruce. Sí, salvo quizás por lo de “el solo de tenor”, mucho mejor así. Continúo. Tampoco he ligado, lo que es muy raro, sigo (bueno sí, ligar sí, perdón). Ya me voy centrando, descubro.
A ver si consigo seguir así, por el buen camino, que diría un amigo mío que, por cierto, no sé si está vivo, que nunca ha estado / estuvo en uno (no ya bueno), como seguramente yo, quiero decir, Alberto o como se llame eso que no sabe silenciar el teclado algunos jueves por la noche e incluso martes, miércoles, sábados, todo eso.
Nada más entrar he mostrado, con la mesura que sé, mi respeto. Un saludo de una conciencia breve. También he dicho: Hola, soy Alberto (que es como me llamo) y he al barman pedido una tónica. No estaba mi nueva amiga Mariona, que conocí ayer en el mismo lugar, lo que me ha ahorrado estar dentro de mi polla durante la duración del espectáculo. Finalmente he estado en un lugar parecido, la idea de escribir, no esto, sino lo de hace un rato, muy distinto a esto y que, claro, a saber si lo escribo algún día, que seguramente no. A lo lejos, entretanto, escuchaba a Lou Reed 1 decir: Nueva York, y a Lou Reed 2 decir otra vez: Nueva York. Yo nunca, y lo siento (tampoco tanto, no se vayan ustedes a pensar), he sabido qué es eso y quizás, por desgracia, no lo vaya a saber. Sí, claro, por las películas sí, y los libros y las fotos y lo que me han contado mis amigos y los que no son mis amigos. No es vanagloria, como dice mi amigo el que ha follado con siete u ocho sin sacarla, pero es sabido, aunque sea por lo que he escrito otras veces o dibujado, que tengo una imaginación bastante permeable (en definitiva es esa cosa que algunos confundidos llaman sensibilidad), que no necesariamente talento, y, claro, si oigo Nueva York acuden muchas cosas, muchas. Ojalá sólo hubiese oído, durante el concierto, la palabra Nueva York, pero no ha sido así y, posiblemente, debido a ello, sigo despierto, con lo que mola (en el caso de hoy) estar durmiendo.
La rima viejo con colegio de uno de ellos me ha puesto un rato en mi sitio, es decir, en todos esos lugares donde no quiero estar.
Lou Reed 7 ha dicho Nueva York por sexta vez. Yo he estado aplaudiendo todo el rato, absolutamente todo, menos cuando hablaban. Perdón: New York. Era New York lo que decía, no Nueva York. Yo estaba viendo Manhattan en ese momento en noviembre o diciembre de 1999 en mi casa de Brunete, junto con mi abuela que decía: qué tonto es este hombre (refiriéndose a Woody Allen) y yo la decía: Que no, abuela, que es un genio. Y ella me decía que era muy feo. Y yo: ¿Qué importa eso? Y ella: Yo no entiendo tus películas. Y yo: Esto es mejor que los programas que ves tú de las desgracias de España. Y ella: Hijo, tú y yo nunca nos ponemos de acuerdo. Pues sí nos pusimos, estoy seguro, no ese día, en general, mi abuela y yo estábamos de acuerdo. Lo supe, cuando ella ya no estaba. A veces se me olvida, pero porque se me olvida todo. También diré que una totalidad es poca cosa comparada con cualquier cosa que se nos ocurra y no esté, como ahora. Respirar esa mierda es sano.
No, en 1999 yo no hablaba, fue antes, cuando todavía teníamos el vídeo. A mí no me gusta ver pelis en general, pero he visto muchas, así que no me digan cosas raras sobre eso, por favor.
Lou Reed 1 y Lou Reed 5 discuten por la calidad de una película sobre un escenario, discuten y se enfadan y al final uno le llama gilipollas al otro, o, como a mí me dijeron una vez ¿Pero no has escuchado a los Iron Butterfly? Y luego: Entonces no has escuchado nada.
Por lo demás, casi seguramente, aquella cara que no recuerdo -lo siento-, nunca probó las lentejas preparadas por mi abuela, lo que tampoco quiere decir nada, quiero decir, por favor. Y luego está que, menos aún creo que en la vida y estos diarios no son el sitio más paradigmático para decir que ciertas cosas están feas.
Ya me he encontrado, de eso quería escribir cuando Lou Reed 17 ha rimado espuma con puma. Ahí es cuando me he levantado y dicho para mis adentros: joder, Maldoror ¿Qué haces aquí? Pero luego me he vuelto a sentar. Y he aplaudido (en esto prefiero la labor de pionero) y sonreído y, luego otra vez más, aplaudido y sonreído. Me voy a largar de este puto barrio echando hostias. Me he relajado, luego, de nuevo, si alguna vez lo estuve y dado gracias a dios (relación de mis manos con el cordón umbilical de mamá y mío, hoy) de mi sobriedad, de mi negación al borrachismo ese capaz de haberme convertido en alguien capaz de subir al escenario para romperles los papeles a los poetas que, seguramente, también son personas al fin y al cabo, con familias y eso.
A mí me gusta mucho la música clásica, y el que más me gusta de la música clásica es Felisberto Hernández.
Es muy tarde. Pensé que iba a hablar de pajas en esta entrada, por eso la dediqué a una especie de cosa siniestra cuando debería de haberlo dedicado a la sobriedad, en este caso, de la primera persona del singular. Quizá lo titule sobriedad (vida, obra y milagros).
Al terminar he pedido un café y acercado a felicitar a Lou Reed 3.421, que se me ha pensado que yo estaba hecho un Bunbury, con la taza sin sorber aún en la mano (1`20, leche templada). Tiene que ver con la sobriedad dejar a cada quién con sus dudas y prejuicios ya que, se sabe, la solución, en uno mismo, es procurarse dudas y prejuicios y procurar, de nuevo, ese ambiente en el otro, por decirlo de alguna manera, de puro macho. Cuando me ha preguntado cómo les había conocido (que implicaba la realidad: tú no pasabas por aquí y ya está) he respondido que soy nuevo en el barrio y que el del bar me dijo, tomando algo, que, los jueves, hacían cosas de poesías, y la cosa ha surtido efecto, es decir, me he ahorrado tener que conocerle más. Diré que se lo ha ahorrado él en la forma, bastante despreciativa en el ademán, pero yo he hecho lo que quería: desaparecer, salir, ir a otro bar mejor, porque me llegaba para otro café y, ahora mismo, no sé desde qué hora estoy escribiendo esto, que es larguísimo ¿Verdad? Les explico:
Esta mañana, en el metro, quería escribir sobre La gran novela norteamericana que, di por supuesto en ese momento, era El pez plátano de nuestro amigo Salinger y, aunque aún ahora estoy seguro de ello, las fuerzas del escribir se me han ido hacia otro lado y, en el anterior punto, he culminado hablando de la forma en cómo Lou Reed y pico me ha renunciado, aunque también decidido explicar que ha sido porque mi sobriedad lo ha decidido, lo cual me lleva a grandes textos sobre ese tema en cuestión, ejemplos: Gombrowicz en casi todas sus obras incluyendo la obsesiva manera en que lo esconde de sus diarios y, posiblemente, otro alucinado, el también buen chico Antonio di Benedetto en la manera, distinta, de implicar esta idea basada en la obsesión y la recuperación de una identidad contenida dentro, por supuesto, de una simple cara, no lo dije, a través del cambio de estilo, que implica coger los restos antes de la propia invención de uno mismo, a lo que habríamos de sumar el caso -patológico también en el caso Gombrowicz- de escribir y, aún peor en lo referente a la patología, de escribir bien, de hacer calidad literaria. De los que he estudiado quizá el caso más extremo no sea el de un escritor sino el de un intérprete, alguien absolutamente inimitable, es decir, un genio, quizá el último, Glenn Gould. No se lo voy a explicar, léanse los putos libros. Sólo quiero aclararme yo a mí mismo en mis ejemplos y, lo único que hacen es traer otros. Desde que vivo solo en Madrid soy demasiadas cosas, al vivir. No, no es que sea Madrid, no, sino simplemente vivir, porque la posición fetal que adopté en la cama de mi borgiana habitación en la cual hasta me masturbaba, no digo más, no era vida ni era yo y, tuvo muñones, era sólo el precio de ser muy lindo y, para mi desgracia, hoy por fin pasajera -razón por la cual hoy a veces sí sé la realidad de todas las cosas y personas, sus secretos aparte y percepciones que, como muñequitas rusas han ido desvelándose en mi manera de entenderme a mí mismo hasta por fin reunirse en la gran madre que soy-, seductor.
Otra realidad del pasado reciente: No he ido a AA, bajé al bar y vi un poco del Atleti. Voy a pararme un poco aquí, para luego retomar el por qué no he asistido a AA, que mejora mi calidad de vida, así como la calidad de mis oficios y hobbies, léase leer, escribir, aparte una vida dedicada a la esquizofrenia coherente y, por ende, basada en la fraternidad: con lo que también quiero decir, si te he rechazado se debe únicamente a que, querido y muy sufrido amor, yo estaba ebrio, quiero decir también: hoy no, pero también: No sé mañana.
AA: No estaba pensando en el Atleti, la razón de no ir ha sido que pensé en la posibilidad de los ojos y coño de Mariona, a quien conocí ayer o anteayer. No es suficiente. AA da más. Una de esas cosas que te dejan lo suficientemente perplejo como para seguir en este mundo incluso expresándose. Su literatura es acojonantemente seria, encierra para sí el humor de Beckett y la lírica de un Cioran o el Bataille de Lo imposible. Lo que nos reúne recuerda la anécdota que me ha contado Jose hoy: En una de tantas ocasiones, Teresa de Calcuta (nótese la ausencia del “santa”) se encontraba bañando leprosos en el río ese que hay por Calcuta, cuando una señora se le acercó y dijo que eso no lo haría, no me acuerdo, pero por una cifra desorbitada de millones de dólares. A lo que nuestra amiga Teresa le respondió: Yo tampoco lo haría por 10.000 millones de dólares. ¿Y por qué lo hace? Dijo la joven. A lo que Teresa dijo: Sólo lo hago por amor. Bien, pues eso yo encuentro en AA, donde soy las tres personas encerradas en Teresa, la joven y el leproso. Pero donde me sé obligado a hablar y escuchar desde el leproso. Así funcionan las cosas. Me refiero a las cosas que funcionan.

Sobre meter la pata: Tiene más que ver con Richard III que con el Harold Lloyd de La vía láctea, pero vivimos aquí, en este tonto momentito, y la cara de Harold Lloyd en La vía láctea también está para ser usada.
Más sobre esto: Soy inocente debido a que soy una persona, dijo la madre de Caperucita (pero la que no sale en el cuento, sino la otra) y es mejor no mostrar más que una pequeña dosis de tu oro. Se aprende muchísimo más y permite acallar la solemnidad del maestro con mayor rapidez. Hasta las mentes más viejas que he conocido han hablado en clave delante de mí. Una clave que, lo dijo el maestro, se sabe antes del nacimiento. Una clave, insisto, son todas las claves. Casi solamente de eso, bajo distintos etiquetados, ya que la historia de la filosofía también es una compra-venta de estilos- va la filosofía de tipos como Deleuze, Derrida, Levinas… esos. Un truño.

No puedo decir nada, esto es lo más importante, en mi probable dignidad añadir que Eso no se calla. En una ocasión, como recordarán, Churchill le dijo a un joven diplomático que aquello que iba a tener enfrente era siempre el enemigo y que el enemigo le iba a temer mejor por lo que callaba que por lo que hablara.
La política, en fin. Mira, yo sólo eso lo he visto últimamente en Valseca, donde me increparon injustamente por escribir sobre Valseca -el mando- y dije que me presentaría a las siguientes elecciones. Nadie me creyó, e hicieron bien, porque con ello consiguieron que no lo hiciera, lo cual no puedo negar que bien, desde luego, me ha venido y me vendrá.
Otra un poquito más grande pero no demasiado, el mundillo madrileño de la literatura que tuve la suerte de conocer bien. La ventaja: que dos meses después todo el mundo vuelve a no saber quién coño eres (e incluso uno mismo en mi caso, cosa que, creo, ya he superado totalmente y que ni de lejos hubiera conseguido ebrio).
Ayer, un hombre dedicado a las letras en serio y persona amiga me dijo: No eres prudente. Y tiene razón, lo he sido muy poco.
Da igual.
Otro de los motes que me pusieron en el pueblo: Alberto, el enterrador. Antes de eso: guarrilla (yo tenía, ay, cabellera donde hoy tengo peluqueros, antes Javi, hoy una negra, aunque me he empeñado de nuevo en el pelo largo, también tenía entonces la chulería roquerita (Grunge) de jugar con la higiene, cosa que hoy no me puedo permitir y que, entonces, me enseñó desprecios de los que aprendí una sola cosa: Conviene ducharse casi todo los días, incluso perfumarse un poco -Nenuco-).
También, durante esta época que llevo despierto he recordado otras conversaciones de pelis: ¡A comer! (Saló) ¡Cava! (El bueno, el feo y el malo) y Córtate un poco la cara (Hannibal). No son textuales, son como las recuerdo ahora, ya ves.
Terminar un escrito es hoy como morirse. Que no se termina de morir uno y, dentro, todo el mundo quiere decir algo.
Mira, chico, encima de esta frase tienes la puta enfermedad de esta sociedad, me dije antes de volver a pensar en parar quieto de una vez.
Otra más: Perdí el miedo al brote psicótico. Puedo bailar aún teniendo las piernas como las tengo en esta noche. No tengo frío, lo cual no es lo habitual en este sitio en la última -mayor-oscuridad del día de ayer. Si me constipo me iré a Brunete o, mejor, incluso llamaré a mamá para que me recoja. Brunete: Un sitio donde aquellas personas de quien me creía amigo llamaban a la policía cuando me emborrachaba, lo que supuso que terminara siendo amigo de la policía de Brunete más que de mis propios amigos. Amigos como la basura de… Ay. Uno sólo puede ser timado cuando tiene en la cabeza un timo. Cuanto mayor, más timado. Esto lo dijo Buda en el mismito Dhamapada, que regalé a un timador que, encima, se creía guapo. Y de guapo tenía lo que yo de feo. Esto es: Mucho. Pero también poco, conste.
Esto que estoy haciendo hoy con la escritura hace que me pregunte ¿La sobriedad es esta mierda? Pero compré ocho Coca-Colas el lunes y acabo de abrir una. Para vaciar el cenicero he de ir a la cocina, lo que es mucho más arduo.
Segundo subrayado (sin contar el prólogo a la edición, que he subrayado entero) del libro que tengo entre las manos “¿No ha ido nunca aquí a la iglesia de los desamparados -preguntó de pronto-, donde está la Virgen de los que no tienen a nadie?
M. Laruelle negó con la cabeza”.
Con esto quiero decir, leo para mejorar mi estima y, aparte, no sé para qué más. También se consigue masturbándose, siempre que ella valga la pena.
Más notas: No, no tengo. Estaba vacilando.
Lo que sí es cierto es que el día 2 de octubre de este presente año me propuse vivir en sobriedad, cosa que, poco a poco, están notando los espacios dedicados a las horas de mi agenda (he tenido que ir a una papelería a comprar una puta agenda y no lo hubiera imaginado).
Otra: He llamado dos veces en cuatro días a esa nueva chica preciosa (resistido al menos ocho), no lo ha cogido y ahora mismo aún me da pereza eliminar su número del aparato, entre otras cosas, porque no sé qué nombre puse. Ya, no me lo creo ni yo. Bueno, hoy Mariona no estaba, y quizá no vuelva al bar de los poetas. Hoy ya no, de momento. Necesito dormir.
Más: Como con este escrito me estoy mostrando que lo que no quiero es morir y dejando mucho en el tintero, quizá finalmente deba escribir más despedidas, así que esto sólo será el inicio de una de mis tantas obras literarias. Otra gilipollez dentro de mi corazón. Es broma.
Mientras, mi biblioteca de Brunete está siendo interrumpida. Mi orden ha desaparecido para ser impuesto por Julita. Cuando voy me encuentro los rojos con los verdes y me sienta muy mal. Me va a dar una embolia un día al entrar. Hay un chiste de Palahniuk que me encanta, es de Fantasmas, una tía o un tío se estudia todos los libros del feng shui para aprender a colocar los muebles de la entrada de manera que pueda provocar la muerte de su compañero cuando abra la puerta y los vea.
Aparte una novela, que está en pequeños museos y que es muchísimo más importante para mí hoy -amistad, quizá, alegría y respeto- que lo que voy a contar a continuación, un extraño editor sacó un cuento mío en un libro de famosos y putillas, con el mal gusto, permítanme, de colocar por orden de (no sé cómo se dice importancia en francés). Es malísimo -el cuento- porque formaba parte de una novela (que no sé en qué ordenador tengo) y lo saqué debido a que padecí una influencia. Por sí solo perdía sentido, lo cual convierte cualquier cosa, posiblemente, en mala, en general, no como linealidad que, anda demostradísimo, puede ser un recurso muy prescindible. Hice siete versiones incluidas otros cuentos, porque el editor se empeñó y, haciéndolo, me ahorraba reírle los chistes cuando pagaba él las copas -yo entonces bebía, no mucho-. Finalmente se publicó, en un arrebato de elegancia malentendida, la primera versión ¿Pero qué soy yo para hablar de elegancia malentendida?
Sí, mejor dejo eso. En ese mundillo no sólo fueron eludidos mis estudios, además, esos amigos de quienes yo aprendía literatura informaron, es una opinión, injustamente de mí cerrándome puertas laborales y, mejor, amorosas, lo que tampoco quita que yo siga haciendo mi vida con la paz que sepa y pueda. Las 7:02.
No, no voy a hablar de tías. Se me han venido a la mente, pero no lo voy a hacer.
De verdad no entiendo por qué aquellos que yo creía mis amigos no editaron el puto vídeo con sus putos cortes. Entonces yo no tenía ni siquiera abogado más que el de mi familia. Me hubieran ahorrado muchas conversaciones con san Juan de la Cruz en la cocina y, quizá, que hoy le hable a san Agustín -el de las Confesiones sólo-. Mi loro, Charly, que ha sobrevivido, los personifica con solera. Pero no le puedo traer aquí, por el frío. Ahora hablo con una perrita y con dos gatitos negros. Si hubiéramos sabido que el amor era esto, querido amigo invisible de nombre Chicho. Incluso hasta hace cuatro años tenían las de ganar y, sin embargo, hoy siguen siendo ocho mentes contra una y, aunque capaz entrecomillas, rota.
¿Por qué dejó de llamar el padre Alfredo? Vale ¿Pero, y Chicho? La parroquia me ayudó mucho en mi infancia (y, por suerte o desgracia, no fui sodomizado ni nada parecido por nadie) a despertar hacia la vida real. Pero todo desapareció de un solo golpe en un muro que, aún hoy, en mi sobriedad, no veo.
PD: Un triste cigarro.

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