“Bye, bye”

En un principio lo íbamos a tirar. Se trataba de una mezcla que un hindú a quien Alfredo le había dado pasta para que pudiera alimentar a su bebé y, con suerte, cambiarle los pañales, había dejado, a modo de agradecimiento, en una de las habitaciones de su piso. La cosa data de mi viaje a Dublín hace dos años. Fue un viaje de placer. No me gustan los sitios que no sean mi habitación, salvo quizás la infancia, una especie de patria, en Rilke y otros, que yo asimilaba como la época donde me permití dar rienda suelta sin arriesgarme a perder excesivamente cabeza y alimento. El viaje trataba de una reunión con Alfredo, y Fer, que había usado una paga extra para ver si encontraba algo por allí. A mí, sencillamente, debido a que no me permito, como decía, viajar, salvo en lecturas, me ofreció dinero mi madre, que quedó contenta con la cosa de que viese mundo y chapurrease un poco el escaso inglés que practico leyendo. Fernando dijo que se trataba de crack. Advertí que nunca había tenido intención de probarlo. Sólo me lo habían ofrecido una vez y, por alguna razón, lo rechacé. Alfre dijo que le apetecían mejormente unas pintas en un bar donde le conocían. Siempre había oído cosas que no me gustaban de esa droga, dije, pero, si la probase alguna vez en mi vida, sería con vosotros. Fernando nos dijo que su experiencia había sido loca pero que el desmadre no llegó en aquella ocasión a su vida y que, si queríamos, lo preparaba. Alfredo dijo que había estado tantas veces a punto de probarla y que, sin embargo, no se había decidido. Yo me mostré tal y como conocía la cosa, inocente. Les conté acerca de mi tío el policía. Les dije que su sentido común había mejorado con los años y conté que, como bien sabían, siempre viví en el barrio con mi abuela. Comenté que, un año después de entrar en la comisaría, guardaba su pistola bajo la almohada y que, en una ocasión, el médico que vino a mirarle unas fiebres la descubrió. Comenté que me dejaba cogerla y que aquello pesaba como un demonio. A lo que iba, en realidad, era a lo que supuso para él el auge del crack, si es que hubo tal auge, más bien, la llegada a España de una droga con muy mala fama en el Bronx, de la que se contaba que era asesina, eliminadora de la empatía. Fer dijo que podíamos hacer lo que nos apeteciese. Estábamos contentos de vernos. Alfredo se animó a preguntar quién preparaba la pipa. Les dije que, evidentemente, no me fiaba de ellos, a lo que Fernando me repuso si creía acaso que él se fiaba de mí. Dije que tenía entendido que era algo muy independiente, sobre el vuelo, que no sería lo mejor, según creía, para celebrar nuestra amistad. A Alfredo le hizo gracia. No noté demasiado tiempo pasar para andar con la cabeza fría. Fernando dijo que eso no era crack, que era pitillo. Yo tenía entendido que al calentarlo sonaba un chasquido, dije que iba a vomitar la cerveza y lo hice. Alfredo dijo que eso era farla y punto, que sólo nos habíamos fumado un nevadito cargado y en pipa de vidrio. Después de vomitar la birra, regresé al saloncito, donde Fernando estaba quemando otro trozo. Yo dije que me sentía normal, que era hombre nuevo. Alfredo me dijo que escribiera sobre esas cosas. Pues claro, joder, siempre escribo sobre estas cosas. Los derivados de la cocaína son la droga más aburrida del mundo de cara a la literatura. Fernando estuvo de acuerdo, aunque dijo que a él la literatura no le gustaba, aunque a mí me leía. Yo también, añadió Alfredo, por compasión. Mola tener esto, tomarlo es muy secundario. Y la realidad es que es mucho más fácil perder la cabeza por una cara. La conversación derivó en folleteos antiguos donde recuerdo confesar que me costó mucho más que a ellos perder el miedo al sexo opuesto. Sí, dije, me gustan las chicas. Soy una buena puta, como todo el mundo. Hay chicas y chicas. No me encoño. Joder, si alguna vez me enamoré fue para escribir cosas que tiraría después. No negué que también me había enamorado en alguna ocasión para cubrir el estómago. Alfre dijo que conocía el canto de León Felipe referido a Albión que dice: La historia es larga, / el hombre eterno / y tú eres sólo la sombra pasajera de la avaricia. La vida, dije, a veces es sólo el mero hecho de quitarse la camisa, sólo escribo sobre esas cosas. Fernando dijo que yo no estaba loco, que era el mismo chaval que iba al colegio, que la gente es gilipollas y que confundía cosas. Tenía ganas de veros. Alfre dijo que no paraba de preparar una tesis de algo. En serio, yo no soy el interés. Les dije que eso que se había dado en llamar mundillo literario era una cosa inventada para que algún pirado sacase cuatrocientos o, como mucho, quinientos euros al mes. Ellos eran los interesados en el artisteo, en España. Fernando dijo que se fue de Madrid porque percibía en el centro una especie de escaparate para subnormales. Dije que hacía tres días había coincidido con la famosa cantante Christina Rosenvinge en La casa encendida. Expliqué que abrí la puerta, suelo hacerlo, a mucha gente y ella, tras pasar su nuevo novio, de pelo de caballo y mirada al frente, altiva, color tontería rock y dinero, rozó mi hombro y temí que se rompiese. No pude evitar pensar en la idea rara de distinción que entre ambos, jóvenes y bellos, formaban. Sí, el primer “gran amor” fue Ray Loriga. Hicieron un poco el bobo en Nueva York, pero Loriga, lo más rescatable de la generación Kronen, había sacado algo. No era malo, advertí. Consiguió algún elogio de Barry Gifford. Les recomendé su novela Tokyo ya no nos quiere. Nos permitió pensar en algo a los jovencitos frívolos como yo, añadí, muy desinteresados en asuntos políticos de calado. Les expliqué que la cosa venía de Bértolo, un filósofo sano, buen escritor, con alguna que otra ínfula y, de alguna manera, renovador. No necesariamente para bien. Dije que perdí mi tren, que ya nadie hablaba de adelantos. No es Francia, España. Les dije que estaba harto ya de follar con Lucía Etxebarría. Que no. Que no lo hice, coño, aunque no la privaré de haberme hecho sentir sutilmente atractivo, sensación que no es común a la mayoría de mis días. Fernando habló de Ledger, que había muerto recientemente. Se metía demasiado en sus personajes. Para hacer de Joker… sí, lo de la habitación, lo de las últimas palabras del Diario de Joker. Termina siendo un deus ex machina. Estuvimos de acuerdo en que se trataba de una buena peli. Deberían hacer más películas así. El mundo ni siquiera es nuestro en la soledad, dije. Oye, no es mal título para un opúsculo. Por eso hay que tener cuidado con las señales de tráfico, dijo Alfredo. Abrimos una lata de cerveza. Que no, ostias, que no estás loco, me dijo Alfredo. Fernando sabe que mis historias sobre cámaras ocultas están basadas en hechos reales. ¿Cómo te juntaste con tanto puto muerto de hambre? Bebí, fumé. Esto ya no tira. Les dije que la literatura española no estaba muerta, por mucho que sí desaparecida de los escaparates. No, joder, no me refiero a ese sueño de mediocres donde nació Kronen, tampoco a demasiado de lo anterior, de lo que sigue vivo. Fernando se fue a mear. Alfredo me dijo que me fuera a la mierda. ¿De qué sirve esa entidad llamada Yo si no es para deshacerse de ella -de ello-? Un apocalipsis, en su origen, era una revelación. Las palabras siempre están maleadas por el poder. No os vayáis, ostias. Quiero que estéis aquí. Que estéis aquí siempre. Alfredo dijo: Dublín. Empezó a llover ¿Qué coño importaba? Bloom y Dedalus finalizaban la historia yéndose cada uno a la cama, a soñar con… vaya usted a saber.

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