Brunete abierto al mundo 2

0 No tags Permalink

Hace un par de lunes coincidí en la cola del autobús con una amiga de mi prima que trabaja para el ayuntamiento de Brunete. Cuánto tiempo y Estás igual y Tú también. Vamos, la alegría de la huerta. Entramos en el autobús y renuncio a mi sitio de siempre para sentarme con ella, no sin antes preguntar si le apetecía. Me dice que llevaba diez años sin verme y lo niego. La última vez que te vi hace cuatro años y unos meses, cuando fui a vuestro despacho a entregar un montón de papeleo y a que me entrevistase la concejala de cultura, que ahora es otra con el mismo traje, para que me dieran (y me lo dieron) un trabajo de profesor de unos talleres de lectura que llevé a cabo durante un par de meses en la biblioteca Dulce Chacón, a quien quieren mucho en este pueblo. Por cierto, no me lo pagaron, pero, supongo esa es otra historia y ella no tiene la menor culpa, pues es una víctima, como yo, del sistema. Le digo que la recuerdo tomando un café en su silla del ordenador. Que si no recuerda que le dije que estaba muy guapa. Pues no lo recuerdo, dice. No pasa nada. Le pregunto dónde hay ahora sitios en Brunete para tomar un café y le digo que si me da su teléfono podríamos tomar uno un día, aunque fuera en la plaza. Me dice que ya lo tomaremos. Lo del teléfono se lo come la nube de la red social de nuestra conversación, entiendo. La cosa crea cierto silencio. ¿Y qué hacías en Madrid? No tengo vida en otro lado, digo. Ella dice que ya hasta le da palo salir por el pueblo de al lado porque hay mucho pijerío. Antes de que me informase sobre eso yo no sabía que había posibilidad de conocer gente más pija que ella. Me quedo pensando si ir algún día, le digo. De hecho yo, añado, si soy algo es pijo. Acto seguido me pregunta por mis libros, que es una cosa que más o menos se sabe que hago entre esta gente. Pobre hija, no era necesario, de verdad. Quiero decir, entiéndase, para mis adentros: Yo no te voy a juzgar por no haber abierto un libro en tu vida, en serio. Le digo que mis editores crean eventos donde acuden más de dos mil personas a escucharme contarles mi vida, que son todos muy majos y que me dan hasta abrazos. Qué bien, dice. Con la tontería, el autobús ya ha llegado hasta nuestra parada, que es la misma. El conductor debe asegurarse de que todo está bien, así que no arranca el motor hasta que ella le confirma con un gesto que no pasa nada, que me conoce. Es de agradecer esto, con la cantidad de noticias horrorosas sobre violadores y asesinos que se escuchan de gente sin corazón, sin alma y sin vida. En el trayecto no insisto en lo del café. Es más, comprendo perfectamente que una joven bien considerada en el pueblo prefiera no ser vista con un desconocido como yo, que la gente en los pueblos pequeños habla mucho. Yo es una cosa que conozco bien, y es el motivo por el que la comprendo, ya digo. Su casa queda antes que la mía, así que se despide diciéndome que dé recuerdos a mi familia y que siga así, que, salvo por la barba, estoy igual que hace diez años. Yo regreso a casa pensando en que, cuando llegue, me tomaré la medicación. Es un lujo no tener que trabajar al día siguiente. Es un lujo no tener que andar pendiente del despertador.

Comments are closed.