Bowie y los dinosaurios

El dinosaurio se despertó, como cada mañana, y Bowie ya no estaba allí.

Hacía sol de sobremesa e invierno, la asunción de una aurora descompuesta podía ser perfectamente un pijama guiando la desnudez de un dinosaurio, a su vez que el oro de una fruta pálida, una manzana de tres y media de la tarde y un libro abierto por la página 241 en la que aparece subrayado: «el dinosaurio encendió el ordenador y vio que Bowie, al contrario que las canciones populares, la historia de la música (siempre clásica) y la casi honorable virtud de ser un hombre rico y guapo, como Alberto Masa, se había ido para siempre». El dinosaurio, a pesar de su voz de niña repelente a la que le entra hipo de vez en cuando, como todo dinosaurio de bien, se asimila a sí, además de en el rock (más anciano que él), en sus contradicciones, y deja de leer cosas que ha sido por el mero hecho de haberlas subrayado hace mucho… para abrir el Spotify a continuación.

Space Oddity representa cómo ve ahora la niñez. Es esa una patria que desaparece de nuestras cabezas, insomnes, cuando uno descubre que el planeta Tierra es más pequeño que un hombre y una mujer medio dormidos, echados en un sofá beige y hablando de la primera película que les ha venido a la cabeza. La han visto o quizá no, posiblemente la vieron un día, antes o después de nacer, antes de que se inventara la fotografía, incluso antes de que Van Eyck decidiera reflejarse en la concavidad de un espejo cuyos protagonistas, menos actuales que el autor del cuadro, son un joven rico, próspero mercader de cara blanca y su recién esposa, de sosa y sumisa belleza, así como embarazada (con el planeta Tierra dentro de su cuerpo), cuya piel recubre un vestido verde que tal vez usó alguna vez ese tal Bowie, el bueno de Bowie.

Esa primera película que les vino a la cabeza al hombre y a la mujer del sofá beige, como el cadáver aún caliente de El duque blanco, es algo que está en cartelera. Y todo lo que está en cartelera se promete exquisito, como la semilla instaurada en el vientre de Jeanne Cenami, la mujer de Arnolfini.

Un joven con estilo también puede permitirse ser viejo cuando nadie lo diría. Ni siquiera, al contrario que el dinosaurio, percibe ese llamado aquí «estilo» como algo propio, una cosa que le viniera de serie, como el elevalunas de su primer coche, que no usó porque no se había sacado todavía el carné. De Valseca a Berlín ya lo conocen, al igual que a Lou Reed y a William S. Burroughs; ha pasado, es mundo en el precario universo de la memoria, esa siniestralidad a la que regresamos, no obstante hermosos en heridas jóvenes, para saludar un espejo que ha cambiado de sitio y por el que han pasado muchas, demasiadas caras.

Jump they say es, en el dinosaurio, el recuerdo vivo de un hermano encerrado, usado por la ciencia, la pseudociencia y la brujería, en el momento en que, al fin, logró dar muerte al dolor confiriendo eternidad a unos cristales rotos. Legó una usina recalentada y un charco de sangre estéril a un mundo que definitivamente había acabado hace mucho tiempo. Las voces, en el interior de su cabeza, dicen, retornan a través de una canción. Bowie la hizo. El dinosaurio no. Para qué. Ya la había hecho Bowie, hostias. Se limita a escucharla, a escucharse en ella. A redimirse en un hermano que murió, quién sabe si antes de nacer el propio dinosaurio que hoy eligió hiciera este día una manzana, verdirroja como la bandera lusa, encontrada en el frutero y, de paso, como por un casual, leyó que el visionario del pop la había diñado de cáncer a los 69 años.

Waltz of the flowers es el recuerdo del olor de la laca de uñas de mamá. Un baile que anticipa una merienda en su Vigo natal un día de tormenta, poco antes de llegar la primavera. No es Bowie. Pero tampoco es él. Ya no. Ni su hermano. Ni su padre. Ni el pop. Recuerda las palabras casi mágicas, ideología de una máquina auto-proyectiva, que pasaron a la biografía del diarista de la Factory Andy Warhol: Es más excitante no hacerlo. No. David Robert Jones nunca lo hizo, salvo el 10 de enero de 2016, dos días después de su cumple. El dinosaurio tampoco lo hizo, salvo cuando fue extinguido. Esto es, un poco antes de despertarse y mucho antes de comerse una manzana cuyo hueso aún reside en la habitación beige, como el sofá de una pareja de película.

Lazarus es algo que ha cambiado de sitio, pasó de ser un bloque de hielo a un charco en el medio de un pasillo sin luz llamado Variedad; un cadáver obtuso, pronto, preparando un epitafio cuyo nombre ha resultado en Blackstar. El dinosaurio quiere morir joven como Bowie y Masa, sólo que a la edad que tiene; quiere ser rico como Bowie o Masa, sólo que con su dinero; quiere ser viejo como Bowie y Masa, pero no lo es, es ridículamente y, sólo por un momento, joven. Procura imaginar un verso que diga, por ejemplo, Dos atardeceres de quince años de edad en el parque de El Retiro una mañana, contándose el uno al otro cómo les gustaría ser recordados. Pero no le sale. Intenta llorar, aunque sea por Bowie o Masa, pero no lo consigue. Es hombre, mujer y animal extinguido a un tiempo, pero ni es David ni tampoco es Alberto. Su memoria es un cuento, una frase, una chorrada menor del amanuense de su propia infancia en el libro Los buscadores de oro. (Dicen los entendidos, y gente del entorno del desaparecido artista, muerto en la cama -como Fernando Juanas-, que Blackstar suena a jazz, pero no suena a jazz, suena a Bowie, suena a la vitalidad reposante de Fernando Juanas, más cadáver que Bowie por haber muerto antes y casi más joven).

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El dinosaurio creyó en el probable misterio de su propia desaparición, un acertijo, un enigma, un ser sin ser, pero abrió los ojos y estaba aquí, enfrente del ordenador, escuchando la música que le viene del Spotify. Escuchando la música de David Bowie. Podemos ser héroes, sólo por un día. Podemos ser nosotros, sólo por un día. El dinosaurio se adapta por comodidad a esas palabras, recitadas bellamente en el salón de baile. Son sólo ellas lo que él, ese animal, mitad mujer, mitad hombre, ha sido (y sigue siendo) a través de su historia. Camina, sin tiempo, por encima de nuestra aurora boreal. Es un injerto de piel en el sótano de una fábrica de radios antiguas. Y sueña a menudo con un mundo mejor, un mundo con Spotify Premium.

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