Blues de madrugada (3)

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El animal ha despertado más solo que la primavera. Sobre su capucha caen las elocuentes notas de rocío que el amanecer consiente. Se acaba de correr en una boca de ochenta y seis años de edad y, tras un ligero discurso ante el espejo, tras lavarse la cara, se ha dicho que podrá, si no sabe a ciencia cierta con la vida, con el día. Una patrulla merodea el callejón en donde se encuentra su bloque. Enciende un pitillo. La noche apenas cede a las seis y media de la mañana. En el telediario calcularon unos diecisiete grados. Al salir, camino de buscar trabajo, se topa con un negro que le ofrece una frula muy cortada y la acepta con un regateo que, por una vez en su vida, le ha salido, cree, lo mejor posible. El despertador aún no ha sonado en las casas de los dueños del jardín más cercano. El tipo da vueltas buscando algo que se le asemeje y encuentra cafeterías con el cierre todavía echado. Se dice confiar en la inmensa virilidad de san José. Se dice demasiadas cosas. Inyecta relojes de arena sobre las calles vacías en las que hace poco han recogido la basura esos oscuros tipos de los camiones. Intenta relajarse. Aún es pronto y sigue siendo más tarde que ningún día. Tan sólo es acompañado por una hoja de periódico que encuentra sobre la acera. Se dedica a leer las letras grandes y apenas entiende lo que está sucediendo en las elecciones holandesas. Un porcentaje lo mira no comprender y se descubre, por un momento, en la rugosidad del papel. Dura poco. Esnifa cocaína en la madrugada y, por un momento, no le importa que el lugar donde reside se encuentre ardiendo junto a toda posesión almacenada durante cuarenta y tres años de vida. A instantes cada año le parece un lustro cuando no una década. Se tumba en un banco público ya dejada a la autopista el ventolero avance de la hoja de aquel periódico. De vez en cuando pasa algún que otro coche. La ciudad se enciende mientras él, despierto, aprieta fuerte sus párpados e imagina un amor de juventud al que no logra poner cara, pero ¿Cómo no recordar aquella camisa de franela a rayas verdinegras? Un aroma de suciedad asoma un primer vistazo del sol en el oeste de su pasmada sesera. Sí, hoy he de encontrar trabajo. Los amigos desaparecieron. Los coches cada vez son más y todos conservan las luces cortas encendidas. Prevé una coronita de luz sobre un planeta que, circunstancialmente, se ha parado. Planea el vuelo rasante del ave que es al incorporarse del banco. Hay gente por la calle. Este anónimo desconocido osa pedirle un cigarro al primer estudiante que se cruza en el camino, pero le dice que no fuma. Su despertar roza la primera nube que se adivina en el día. Adiós, madrugada, se dice. Calcula que le llega para un café en el bar más cercano que ya haya abierto. Encuentra su sitio y se sienta y pide café. Pero no existe. Poco después adivinaría que el café tampoco, así como ese bar, así como esa calle, así como la primera nube del día. Es tarde. Es pronto. Regresa a su casa. En un principio no atina a dar con las llaves que residen en uno de los cinco bolsillos de su chaqueta. Finalmente da con ella y abre la puerta. Adivina una mujer de ochenta y seis años de edad dormida en su cama, pero no. Se tumba, enciende un cigarrillo imaginario y se dice que no sería mala idea quedarse dormido durante el mayor tiempo posible. Toda una eternidad le es poco.

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