Bernhard en un café vienés (Reedición de Sí y breve vistazo a Conversaciones)

Thomas Bernhard, ese austriaco tristón, del que tras su muerte reían unos literatos alemanes la posibilidad de que fuese homosexual (cosa que es muy poco relevante), lo comprendió temprano, conviene el aprendizaje de las propias palabras que salen de uno hacia la vida. Conviene “entrevistarse” a sí mismo porque, seguramente, no existe un “sí mismo”. Su literatura incita a la negación y, con ello, a la duda. Por eso es recurrente. Porque se renueva todo el rato. Formalmente, y acá hay que añadir que está muy bien traducido al español por el “misterioso” Thomas Sáenz (autor también de una biografía de Bernhard que publicó Siruela), brilla por un estilo “malabarista” -acoge un tema y lo va haciendo desaparecer entre, en ocasiones, hasta cinco, con los que termina haciendo lo mismo, uno por uno-, propio (y con ello aparentemente fácil de imitar), etc…

Más sobre Thomas Bernhard: Lo del estilo no me interesa como tema de aprendizaje. Dejen que lean, si quieren. Y que escriban, si quieren. De ambas cosas (escribir, leer) uno puede, diré, autoayudarse. Si uno vuelve a Bernhard es porque se acerca a esa negación, con briznas de “echarse a vivir”, a los modos de vida (estilos de compra-venta) de las grandes ciudades, como la Viena de Bernhard, a la que privó de su lectura tras su muerte. La joven Agota Kristof eligió la lectura de “Sí” (según ella era un “No” a la vida), o al menos lo explica así en La analfabeta, en una redacción de clase en la que tenía que hablar de Stalin. La historia de “Sí” es una historia de campo, necesariamente lúgubre, en la cual atrapa cierta tensión sexual no llevada a cabo. Por lo demás, una obra menor del austriaco.

Conversaciones con Thomas Bernhard (llevadas a cabo por Kurt Hofmann) es otra novela más del autor, definitivamente aprehendido y autodestruido. Bernhard (salvando las elecciones de edición de este libro) hablaba igual que escribía (se ve cuando lo grababan en Benidorm). Hace gracia su pose de dandi. El tema lo elige él independientemente de las preguntas del entrevistador, y es la muerte (una muerte donde se intuyen vida y literatura juntas).

Veía su foto en las contraportadas y quería abrazarle. Quería pedirle que fuera mi amigo. Yo sería él y renunciaría a follar, como él hacía. Renunciaría hasta a la masturbación. Nos enseñaríamos, quizás, la pilila en el baño. Jugaríamos al dominó. Y le pediría perdón por mi vergüenza de haber hablado, casi sin cesar, de amor a mis amistades, una debilidad por la que renuncié a conocerme, como él, a amar “en su manera”, en la manera de Bernhard.

Luego, ya lo he dicho, murió.

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