Ansiedad… ¿No es una canción? (14/01/08)

“Andar en un temporal, por un camino de montaña sin atractivo, no es un alivio (parece más una razón de ser).”
(G. Bataille)

A veces me pregunto a qué viene.

Es esto un relato sin fábula ni héroe que tampoco tiene a la nada como amiga.
Ensalcé las bondades de la miseria populista e hice la criba a una carta, a mis manos dirigida y al amor que nos es dado como un trámite que palideciera en la inmensidad que es ella, dejando yacer ese impulso bajo la sombra resultante de un amanecer y un árbol en mitad de nuestras vidas.

En este acá, el convulsionario juega al cinismo en el saber y su contrario mientras da cuerda y habla al reloj del saloncito.

Qué delicioso el fracaso cuando lo certifica la clara intuición de una tristeza. Me explico: aquella que, en su precariedad, cumple con un designio vivo. Ayuda a la alegría. A salir y tomar cañas, conocer gente, olvidar la posibilidad de que tienes que ser alguien… sacar luego al perro, por ejemplo, mirar un rato, tranquilo, por la ventana, con un refresco en la mano o una bolsa de patatas fritas…
El único que quiere algo es el demonio (un refresco etc…) y acá hay que tener muy presente que dios (esa especie de oscuro bicho militante) jamás se olvida de los hombres buenos.

Llegó una carta y la abrí. El amor es lo que tiene a veces, que viaja en plica. Era a mi juicio tendida para someter a una especie de concurso, una importante revista de mentes que nadan a lo largo y ancho (pero, sobre todo, a lo ancho) de su matiz embrionario -el que uno intuye finalizadas ciertas resoluciones- sugerido en un llano del Sinaí.
Llegó una carta y la abrí. Miré las iniciales.

Cuando éramos animales nos escapábamos de cualquier compromiso con mejor habilidad. Huíamos de la boca de los lobos por la misma razón que la luna se sostiene.
El animal que guarda aprendió a abrazar la caridad del otro, a elevar al hecho sobre el instinto, a dar las gracias, procurarlas y asimilarse entre el vulgo sin acudir a la ruina que supone dudar de que el sol no caiga en cualquier momento y provoque un incendio menor en la central hidroeléctrica.

Consuela la mirada de Gérard de Nerval sobre las cosas. El cómo un hombre que no cabe en su mirada la tiende a un fotógrafo y regala como una farola que encendiese y apagase las voluntades de los hombres en la persona amable y taciturna de un sereno.

Llega la carta y leo quién soy. Y entonces le pongo un siete, más tarde un cinco y, luego, para que no haya tachones, coloco una coma en medio. Lo leerían después los especialistas. Un 90% de gente oscura que procura levantar una flor llamándola preciosa.

Leo a algunos franceses de antes, feliz, en la cocina. Y luego me acuerdo de la carta y de quién soy.
Creo que no he cambiado –pero tampoco para peor-. Sigo sin tener preferencias, los gustos no los entiendo, el estudio de la estética me parece una cosa deshonesta… y, si tentasen los juegos, selecciono «al azar» con el ratón. En eso también hemos sido cambiados por lo que quisimos, es decir, por el demonio.

Decía Debord que “en el mundo realmente invertido lo verdadero es un momento de lo falso”.
Lo verdadero mío es, en este momento, un dolor cercano al hombro derecho, una especie de tendón agarrotado que funcionaría en el anterior discurso como prolongación no invertida de lo real que, a la larga, siempre ha tratado de lo pasajero. E inevitablemente lo será más tarde o más temprano.
Porque una enfermedad existe sólo si tiene nombre. Y los médicos a esto lo están llamando ansiedad, por mucho que le diga o deje de decir a una enfermera que uno la ansiedad la tiene muy de vez en cuando, pero en otro sitio.

Es entonces cuando leo la carta de nuevo, aunque después de las iniciales.

¿Qué oscuras razones tengo para amarte? ¿Las sabes? Porque yo ni idea. Pero te quiero –diría el demonio-.
Dime, en serio ¿Qué se te ocurre, ángel mío?

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