Notas facebookianas de mediados de septiembre de 2017

Un partido de fútbol para mí siempre significaba inaugurar el segundo toque de balón, tras sacar del medio del campo, con cierta gracia. Un pase atrás lleno de sutilidad (me viene a la cabeza Schuster). Lo demás para mí era ver correr a los demás. Qué tíos más zumbaos. A mí no me digáis nada, que para eso llevo la batuta, les decía. Si alguien tiene que hablar aquí ese soy yo y ¿No veis lo callado que estoy? A veces me quería pegar uno del equipo contrario y otras una de mi propio equipo. Vete tú a saber, que cómo no has llegado a ese balón. Pues, joder, porque ayer salí y finalicé muy mal con mi novieta. Es probable que no volvamos a vernos (al final regresaba a llamar llorando la mayoría de las veces). En ocasiones me venía la bola de un saque de banda y a la que me iba de mi par sólo existía ella acostándose con mi mejor amigo en la cabeza. Me decía: tranqui, chaval, concéntrate en el balón. Para eso era jugador de la liga del barrio. Para pensar en el balón y dejar el resto de las cosas de la vida atrás. Una vez metí un gol desde el centro del campo sin querer. Todos vinieron a abrazarme, incluso me elevaron en hombros. Que lo he hecho sin querer, hostias, que la he pegado ahí de puritita casualidad. Y era la verdad. Yo sólo pensaba en sus ojos negros y tres mingas dispuestas delante de ella. ¿Por qué no venía a verme jugar? Sin duda me la estaba pegando, por mucho que luego, entre semana, volviese a llamar llorando y diciéndome que yo para ella lo era todo y que si comprábamos unas pipas para sentarnos en el parque. Y yo era tan idiota que decía que sí. Y nos veíamos y a veces nos enrollábamos hasta llamar la atención. Pero yo no estaba a ella. Yo estaba pensando en ese pedazo de gol. Era la constatación de mi pequeña gloria local, que era enorme (quizá en el campo hubiera algún ojeador de la Premier, quién te dice a ti que no). Hoy mis padres no están en casa, me decía. Y yo, venga, a pensar por qué no acerté bien ese pase al hueco. La vida era una sucesión de pasiones dispersas. Al final no triunfé ni en el amor ni en el deporte, es cierto. Pero, vamos, que aquí seguimos, aún vivos, llenos de recuerdos y dispuestos a darlo todo (por mucho que a veces nos encontremos en un lugar diferente de allí donde aparentemente estamos).

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Partido de domingo entre tres equipos. Yo, en el C, el 10. Todas las miradas pendientes de mí. La idea es subirme al A, que acabaría campeón. El nombre del equipo era una jodida mierda simpática que me provoca arcadas. Los Jasp ¿Recuerdan aquel anuncio basura de los noventa? ¿Cómo brillar en un equipo con el nombre Jóvenes aunque suficientemente preparados? Mira de lo que es capaz ese chico, la mete al hueco sin mirar, y eso cuando no se ha ido antes de tres, caños, bicis, y la mueve como Guardiola, cualquier cosa, y encima encara al portero y coloca las faltas. Fallo el penalty. Sé que jamás tiraré más, señalo con el pie de apoyo mi derecha, absolutamente maradoniano, aunque intento colocarla en la escuadra izquierda. Demasiado flojo. No pasa nada, chaval, es que ese portero vale mucho. Sé que no volveré a tirar un penalty. La frivolidad de un regate y un posterior caño es mi mayor hazaña. Culmina en un pase fácil para que la jueguen los dos de arriba. Hoy no he parado de soñar con eso. La pierden los cabrones y, consciente de la teoría de estrella que ha recaído sobre mí, no hago siquiera el intento de recuperarla. Soy consciente de que soy el cerebro del equipo y han de jugar para mí. Lo de menos es que ande resacoso de tripi y a veces confunda cuál es la portería propia y la del equipo contrario. Hago magia. Eso es lo que todo el mundo ha visto en los entrenamientos. Es nuestro Laudrup. Acababa de firmar por el Madrid el buen Laudrup. Vuelvo a intentarlo, regateo en banda (recuerdo por un momento una buena cabalgada de mi ídolo Paolo Futre), pero no tengo fuerza para colgarla con la izquierda, además me cubren demasiado. Oigo al entrenador en la banda. Creo que mejor no le subáis al A, en el C también necesitamos a alguien así. Y peor: En el A me da que va a chupar banquillo. Hasta mi padre está viéndolo, cosa bien rara. Nunca vio mi magia y nunca la vería. Mis partidos en el C fueron desastrosos. Un chaval de 18 que aparentaba 15 y que a veces adornaba el partido con un tacón que culminaba en el remate de alguien a gol. No paraban de hacerme faltas y penalties. Árbitros acojonados, rivales que amenazaban con seguirte hasta casa. Eso era una puta mierda. Sombrerito al portero, que me agarra ¿No lo pitas? Joder, para una vez que ganáis ya qué más os da. No está mal, 5-0. Quedamos quintos de ocho. Era una basura. Mi entrenador, del cual yo era el ojito derecho, nos deja y quedamos a expensas de un tipo que parece carismático y que me sustituye al inicio de cada segunda parte. Os vais a meter mi magia por donde yo os diga. Este 10 se va a tomar por culo. Calculo que incluso tiré la camiseta. Algo de ínfulas por mi parte había, pero también mucha injusticia. Como en el resto de cosas de la vida, sí.

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Nuestro portero siempre estaba en Babia. Era asmático y, además, en los descansos le solía tocar la hora del antipsicótico, aparte tranxilium a cascoporro para aliviar efectos secundarios. Un chaval de 40 años. Posiblemente era el más viejo de nuestra liga. A mí me tenía cariño. Procuraba darle ánimos, pero es que se creía Araña Negra. Siempre se lanzaba, a lo John Rambo, hacia el lado contrario donde iba dirigido el balón. Aquel chico era poco cuerdo. A mí me abrazaba muy fuerte en el descanso. Me daban ganas de decirle que no se lo tomase tan en serio. Estaba muy mal de la cabeza. Me decía que conmigo sacaríamos adelante el partido. A punto de romperme en cada puto abrazo. Yo lo temía sin dejar de verme comprometido a devolvérselo. Debía ser yo, y no he cambiado, una ONG andante en aquella época. Su hermano jugaba de central y tenía problemas de autismo. Parecían venidos de distintos padres, ambos presidiarios. Posiblemente eran compañeros de celda. Hasta es probable que pensasen que tenían unos hijos en la liga del barrio que, pasada totalmente la edad, aún soñaban con ser titulares en Primera. Joder con el autista. Intentaba hacer que corría con clase y nunca manejaba expresión alguna en su careto. En las duchas yo tenía miedo a ese pedazo de familia disfuncional. Contigo lo lograremos. Joder, yo era el más jovencito, el más bajito y el más delgado del equipo. El jodido talentoso. Y, cuando la perdía en el centro del campo, dejaba el resultado en manos de estos desechos sociales. Le ponían más empeño que nadie. Eso no digo que no. Mucho más que yo. A menudo les imagino en su casa haciendo vida con madre y una asistente social, ante un plato de lentejas revenidas. Es tristísimo, joder. Yo les daba ánimos a sabiendas de que esos chicos eran incapaces de escuchar absolutamente nada, no digo ya entender. Luego vino uno al que le llamaban el Ronaldo (Nazario) que me quitó el puesto. Aún recuerdo las caras de esos muchachos. A saber si tienen noticias de la cárcel. Quizá se hayan mudado a vivir con sus respectivos padres. Quién sabe. En la cárcel ponen de comer gratis. No concibo extraño que ambos procurasen el atraco a una farmacia armados con una barra de pan y una chapata.

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Existe el descubrimiento de alguien en este programa sin cuya actitud de sobriedad hacia mí la vida me sería menos visible. Ayuda, en su manera de estar y hablar, a que los monstruos de mi razón se reciclen, no siempre en amapolas, si bien meramente en el inmenso patio que se deja ver a través de mi tendedero. Si fácilmente puedo elevarme hacia el miedo, esta persona pone reposo en mi ansiedad y yo mismo me voy dando cuenta de qué quiero y qué no, de que a veces asumo un papel que me concede una pérdida de mí mismo en un lugar desconocido donde, viablemente, la gente no tiene cara y anda demasiado aprisa. Agradezco encontrar personas así. Es una chica estupenda. La he pedido matrimonio varias veces. Quién sabe si algún día se animará.

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A veces pienso que esa bomba de la sangre que habita dentro de mi pecho no es más que una hormiga caminando por una ruta estipulada previamente cargando media cáscara de pipa. A veces me veo caer en un vacío donde ni siquiera en sus lados se adivina un tiempo presente. Camino hacia una noche que siempre es nueva y la misma, un roedor palideciendo bajo la bombilla intercambiable de una farola rodeada de contenedores de basura cuyos escombros rebasan. No me veo nada y, sin embargo, quisiera creer que existo, tentar a hacerlo, por qué no amar. Morir en el intento lo doy por hecho. A saber si cosa así merece o no la pena.

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Intento aprender a verme como el imbécil que soy a falta de pertenecer a una especie de limbo donde, por encima de todos los ciegos, los pedos del repelente hacen menos ruido (y no por ello dejan de oler a huevo rancio). Intento aceptarme en mi inocencia aceptando la posibilidad de pegármela, de haber creído en promesas, de haber dotado la palabra del otro de mayor fulgor que la mía, en la que quiero creer a riesgo de que es generadora de un dolor bárbaro, que señala que la mitad del mal ha dado signos de vida, incluso primeros frutos. Tengo miedo, también de quien está cerca, del que acecha, del amigo o amiga a quien recurro un día para compartir algo de pan, queso y jamón. Dudo de mí, y me hago en alguna medida consciente de que eso me entierra. Me pueden llamar como quieran por mucho que mi nombre sea Alberto, por mucho que no lo haya cambiado de momento por ningún otro.

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Uno vuelve, y sabe que lo hace a ninguna parte, a mirarse, verse más bien menos que más, en este espejo de la red donde le son devueltas nuevas máscaras en forma de aplausos, también pequeños disgustos, de todo aquello responsable de fórmula alguna de otredad, y se dice: sí, pequeños, más grandes no obstante que yo, Bambi también fue pequeña y terminó mandando en la selva (bendita idiotez salida de la boca de Rodríguez Zapatero). Se ve uno en el espejo que un día quiso hacer para sí mismo obviando del todo una realidad en que lo abandonaría todo para, al fin, vivir. Se ve uno como un efebo rilkeano que a poco que quiera le salen los cuadernos de Malte Laurids Brigge. No bstante, esto es una enfermedad de la época que en España, en lo que a mi generación toca, se ha dado mucho. Tras colgar la matrícula de honor correspondiente, no fui yo quien acudió a estudiar en un engendro de locos donde no puedo saber si volveré. Apenas me convertí en alguien, una mariposa se posó en mi rutina y, en ese momento, hubiera girado la cabeza lo más posible para verla sin que huyese debido al miedo. Huyó. Y, desde entonces, mis ojos son únicamente testigos del vacío que dejó sobre su postura.

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Ni una simple limosna para aquellos que, desde 2008, nos hemos hecho casa aquí. Nada. Una procesión de concesiones con humoradas tirando hacia el bien o el mal, que serán o no serán. Hoy quiero ser una locomotora que finalmente se da al mejor ejercicio de la cama, tras plantar la cabeza en la almohada, laborar ese rincón de sueños que sólo le atañe a uno. Al final, entre la bruma más o menos perecedera que deja la nube de un incienso (despejar otros olores) la estatua prevalece mirando una nadería en la cuál es reflejado por una infinidad de flashes de cámaras que nadie ha inventado nunca. La última es la elaboración de una especie que no se ha dado a crecer, sino que se ha mantenido firme en un letargo que hoy vienen a ser las redes sociales. Verdaderamente, la imagen del joven Zuckerberg intentando comprar un equipo de la premier se me hace el caminar de un Hitler sobre multitudes saludando niños que, ay, ya son soldados. Tienen un arma y han superado una edad de la que se pasa de no matar a hacerlo si el enemigo es lo suficientemente dado al asesinato. Me odio. Os odio. Odio una sociedad donde, sin más don que la naturalidad, he fracasado estrepitosamente. Mi libro de cuentos saldrá en breve sin demasiado beneplácito por mi parte. Mejor el pavo que aún existe en la nevera. Mejor morir en un intento de haber creado grandilocuentes historias que apenas va a leer un cero coma algo de una sociedad enferma, debido bien a un planeta lo suficientemente socarrón. Hoy la nada es parte de mí y mi compañía unos hielos que decrecen si tecleo. Mejor ir por ellos.

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– Pues el mejor flirteo que he encontrado en un libro es en Los nombres de DeLillo.
– Hala tía, cuenta, cuenta ¿Terminó en amor?
– Terminó bien.
– ¿Ya estás metiendo spoilers, jodía perraca?
– Eh, pues no me preguntes.
– Se casan?
– No. Terminó en lo que terminó.
– ¿Y ya está? ¿Ni bien ni mal?
– Joder, monstruíta ¿Qué más quieres?
– Pues que se enamoren. ¿Son un chico y una chica?
– Un hombre y una mujer. Él va a saco. Ella se resiste.
– Y al final surge el amor.
– Bueno… algo parecido.
– ¿Qué surge?
– Pues el amor.
– Y luego si te he visto no me acuerdo?
– Jodía pava ¿Para qué recordar?
– Pues para cuando una está sola.
– Bueno… pues léetelo.
– Pero si ya me lo sé.
– Ay, pava, pues no te lo leas.

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Suelo entender muy poco que mis ex regresen. Suelo pedirles, una vez que esta situación se da, que se corten un poco. Suelen decirme que no es por el sexo, sino que realmente yo… era… esa persona… tan especial. Yo les digo que no, pero insisten. Sí, definitivamente me equivoqué, eras tú. Pues sigo pensando que estás equivocada, chica, sigo pensando que estáis todas equivocadas y que hacéis genial en follaros a todo lo que se mueve que no sea yo.

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¿Cómo disimular el moho del café ante las visitas? Chicos, que hay birras frescas (a veces ni siquiera eso funciona, conste).

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Ante el aviso de supervivencia del cual me proveen mis hermanas del privado, si bien no todas, he optado por rebajar el “oki” al “ok”. Queda mejor una vez es sabido que lo único que buscan en ti es dejarte en la calle y hasta sin tus putos libros. Al menos no quedar como alguien que decía “oki” o “guapi”.
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No, tío, los likes son para gente vanidosa. ¿Cómo no seguirte? No hay nadie como tú. Ya, y yo cómo coño me entero, hostias. Tío, eres un puto crack, pero desapareces y, cuando apareces, metes ocho cosas a la vez. No hay quien te siga. Me gusta cuando haces como ejercicios de estilo, como cuando hablas de libros. Tío, mátate, y antes: llévate a todos por delante. Lo que no comprendo son esos bajones que te dan, cuando hablas alegremente de inestabilidad vital y pensamientos suicidas. Eso soy yo, hostia, mucho desánimo llevado con una alegría que a veces me pesa. Tú me dedicaste tu libro acertadamente: A alguien que se levanta de la cama y piensa ¿Dónde coño están mis pies?
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Mi nueva editora es todo un enigma para mí. Vivo enamorado de lo que intuyo ve en mis textos. A cambio recibo mails que dicen: Maravilloso. O: Eres el mayor genio de la literatura española en lo que va de siglo. La imagino corriéndose a mi lado y, de paso, me corro yo también. Al menos lo intento. En eso consiste el chisme, en, al menos, intentarlo. La verdad es que, por muy dura que se me pone, no logro acabar. Ella, sin embargo, lee, y se corre en cada mitad de página. Añado un epitafio final a mis galeradas que dice: Me pusiste mucho, nena, pero ya no pude más. Su siguiente mail me pregunta si mi nuevo final es un guiño a cierta vertiente y yo le respondo que no, que es un guiño a ella. A punto estoy de clavarme una aguja bajo la oreja. Entra fácil y mata rápido. No recuerdo en qué libro de adolescencia lo leí. Luego sigo con mi vida, donde no hay absolutamente nadie alrededor, sólo mails de alguien cuya probabilidad de que no exista es más o menos bastante viable.
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“Desde hace ya más de tres años recibe cartas de un extraño, cartas llenas de poesía que le han devuelto la alegría”, cantaba Cecilia. Ahora para un momento y piensa que ese extraño es Leo Zelada. O Paco Moral ¿Cómo se te queda el cuerpo?
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Hace mucho que no me deleitaba con vídeos donde se pegan tortas y se dicen hijoeputa el uno al otro. Pues hoy, por vuestra culpa, he terminado en una de esas páginas y, a pesar de las hostias que se han dado, han culminado el asunto de la mejor manera, y yo con ellos (tengo mucha fe en este par de chicos, les veo futuro, no sé, quizá se casen un día de estos).
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A veces llego cuando todo bar ha cerrado al antro y me encuentro la churrería abierta. Siempre las mismas ganas de entrar (más por molestar a los empleados que por el chocolate y las porras). Siempre supongo que algo de dinero queda. Apenas entrar noto cómo en una calle que apenas existe se muestran dados a tratar con borrachos. Es un paraíso ese local donde la carcoma ha vencido todo rastro de vida natural y donde sólo es adivinable el olor a azúcar. Bien. Tranquilos. Me voy. No he venido para nada. Sólo quería saludaros, no sólo a ellas también a vosotros. Un día haremos una fiesta aquí y quiero que me lo tengáis al punto. No, hoy no debí haber entrado. Es el hummus, que me repite al estómago, pero seguro que alguno de vosotros lo limpia. Pero que fijo eh. Voy a escribir 200 páginas basadas en esta puta sala triste donde se deja oler uno de los mayores manjares del mundo. Portáos bien y, a lo mejor, salís, aunque hablo de mi literatura, colegas, apenas encontrable, una mierda que va seguida de otra, tenedlo clarito. Besos. Ponedme la cara.
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Si hay una lectura que se pudiera calificar de menor y de revulsivo a un tiempo imagino el Narcisa de Jonathan Shaw (el chico de Artie), ella va por ahí y él también, y follan y se meten y luego están a punto de matarse, pero llega la siguiente página y los ves tranquis el uno con el otro, casi a su bola, o completamente a su bola. Y follan, y ella está a punto de tirarlo por la borda y él le dice que no lo haga. Durante toda la novela ninguno de los dos parece conseguir lo que quiere aun consiguiéndolo, están perdidos y se encuentran, siempre dabuten y siempre jodidísimos por la droga que, no obstante, les mantiene activos sexualmente. Y también todo lo contrario. Una y otra vez hasta que no se mueren. Porque, lo más relevante de todo, es que no se mueren. Y deberían. Joder.
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A mi librero y a mí nos ha entrado la misma duda tras haber adquirido yo el primer libro de Dirty Works de Mark Richard (ahora viene otro), mirando y, es inevitable la comparación, El banquete celestial, de Donald Ray Pollock. Hablamos de que había creado mucha expectativa y, sin embargo, resultable en que ninguno de ambos lo habíamos leído (la referencia siempre nos es, viene a cuento en cuanto a Mark Richard, Knockemstiff). ¿Por qué? Ni puta idea, en su caso se propuso hasta conseguirlo leer íntegro En busca del tiempo perdido (de los cuales yo he buceado entre el primero y el tercero) y yo simplemente me di a lo primero que pillara, no necesariamente acabándolo (así los dos libros de Barth más viablemente los que están por salir juntos -añadir que Giles me es mayor debilidad que su clásico El plantador de tabaco-), pero sin resultados. Pocos enteros, ya nombrados, aparte la casi adquisición de tres novelas de Carrére, de quien a veces no entiendo por qué le da -véase su última publicación-. Bien, el Mark Richard se deja leer muy a gusto (otro punto a favor de la consiguiente edición de Dirty, además de ser en su biografía alguien que, irremediablemente, cae bien). Por lo demás no sé qué hacer, no pienso acostarme y me la pelaría muy a gusto, pero todo ser humano parece bien en los bares bien resoplando en una cama, a veces mortuoria, donde no quiero ir a parar. Un beso a quien le falte (a mí me falta más bien un cambio de aguas de vía estrictamente sexual, pero).
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Sensación tras una tarde de sensaciones a la hora de ponerse uno el pijama:
Muchas chiquitas, tal vez demasiadas por mucho que capaces sean de caber en mi pisito, se perderán la burbujeante experiencia de pasar la noche con el Sr. Masa (por mucho que lo de señor quede -o pueda quedar- para la galería).
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Pocas cosas hay que me alegren un día que el plan de acudir a mi librero Fernando, que me pilla cerca y surtido, parando en cada casa de cañas que ofrezca llamada a mi atención, tras sacar de allí esos libros que, pobres, andaban en busca de un comprador, ya fuera un niño, es mi caso, ya alguien de enjundia a la hora de avasallar sobre ellos, caso que también es mío. En mi nueva lista de lecturas por hacer figuran El hielo en el fin del mundo, de Mark Richard, y Opiniones contundentes, versión del propio Nabokov sobre entrevistas realizadas y en las que se dejó su versión definitiva, pongamos, dada a un idioma más o menos universal (Su prólogo se inicia con la frase “Pienso como un genio. Escribo como un autor distinguido. Y hablo como un niño”). Un pobre como yo se ve en una tesitura similar que le llevaría a arrancar de la red conversaciones en las que adivina haber hecho el ridículo. Por qué me preguntáis sobre cosas que no sean mi libro, añadiría (es la excusa para el nacimiento de la entrevista tal). Viniendo de aborrecer cierta parte de un vecindario que no se ha dado a conocerme más que a juzgar un aspecto que a veces choca con la lástima (se ha llegado a hablar de puterío cuando aquí viene quien quiere y hace uso de cuanto yo ofrezco -en ocasiones a mí mismo, no veo por qué no, y hay mujeres que, vistan como vistan y huelan de la manera en que huelan, no son tachadas aquí de debilidad personal-). Tras salir de la librería entro en el pub de enfrente, donde atiende un tipo que, de inicio, antes de pedir nada, se ofrece a mi pedida de entrar en el baño. Estoy solo, acompañado por un tercio (luego se darían tres más) de Keler, una cerveza cuyo sabor no queda reñido con el de Alhambra. Hago unas llamadas, más a chicas que a chicos, pero nadie atiende. Al lado solo queda una pareja que me ha preguntado si el asiento conjunto está libre. Veo cómo el chico aprovecha unos huecos en el vestido de ella para llegar con sus manos a sus pequeñas partes (en mi imaginación son pequeñas). Parece él el interesado en buscar, pero ella ha elegido ese vestido y no sólo se deja, ofrece su boca. Es ella y él y, un poco más al lado de la pared, yo y mis nuevos libros. No hay una mujer en la vida de Alberto Masa, o hay cien en distintos lugares. Les deseo el bien sin hacer acto de presencia y huyo. Le he dicho al colega del bar de abajo que quizá baje a ver el atleti, pero parezco más tentado a leer a base de bien, a procurar olvidar todo desliz que tenga que ver con una vida mía inventada por otros. Y, sí, pronto me enteraré del resultado del primer partido jugado en el Wanda Metropolitano, pero antes me era de agradecer una pequeña crónica personal acá y también, ahora, los libros (aparte las cervezas de marca blanca de la nevera, que le ayudan a uno a sentirse en casa y pocos, muy pocos, LP´s de Jagger en solitario, conspiradores de ese buen rollo ya casi conocido que, en ausencia de Gustav Mahler, a veces se da en mi casa).
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Lo primero que he pensado al levantarme era oneroso, pesaba. No obstante, no recuerdo qué era. Tenía seguramente que ver con el miedo a la chusma. Esa gente que vive en un cuarto y sólo sale de él para declarar ante una ley que es cada una de su casa que uno es, posiblemente, un asesino. Demasiada gente hay así en mi vida en Madrid, en mi propio rellano. Mentes que creen conocer las líneas de mi mano y necesario dar las claves que éstas exhiben a un mundo que desconozco, compuesto de gente a quien cedo el paso en el ascensor o el portal, incluso ayudo con las bolsas de la compra. Debido a que la tertulia de Justo Sotelo ha empezado hoy aquí, en mi casa, con las pautas, siempre cargadas de respeto y algo que decir, de Mohamed El Morabet y José Zurriaga (nos prometimos hacer fe del evento, pero nuestras palabras velaron recuerdo de toda promesa fotográfica) a quienes (sobre todo hablamos de libros, de grandes bibliotecas donde la búsqueda de cierta serenidad mental se da), sin obviar algún rato en que la risotada ha surgido, he comunicado mi miedo (no hay palabra mejor para denominar mi manera de vivir últimamente) hacia una mediocridad que me puede a base de lanzar diatribas en contra de mi verdad (que soy yo simplemente, más que mi palabra, que siempre se agarra de la duda para dilucidar una realidad que a menudo me acompaña). Ha sido un tiempo largo que se nos ha hecho corto entre alguna que otra birra y un café, también agua. Tras despedirles ellos mismos me han animado a quedar con Antonio, que andaba tras de mí de cara a un evento del que luego nos hemos olvidado. Antonio y yo hemos hablado de muchas cosas, primero con unas raciones a las que él me ha invitado, después en el Botas, donde me he dado a besar a una drogadicta para poco después huir de ella (de fondo sonaba el Spider and the fly de los Rolling, quiero decir, quizá tú también lo hubieras hecho). Hemos terminado en el engreído bar de principios flamencos denominado El Candela (donde aún a estas horas hay frikerío bailongo) que se dan a ciertas horas a un popurrí en el que entra Medina Azahara entre charlas de fútbol, sexo e internet donde también ha surgido la figura de La putilla de internet a la que seguimos el juego por el mero hecho de seguírselo, sin esperar absolutamente nada hasta que decide acechar por sí misma, seguros de ser una opción remota que, simplemente, surje tras varios rechazos. Nos hemos visto viejos, él dedicado a su mujer, sus hijos, el trabajo, yo a este naderío lleno de mediocridad que usan necesariamente en toda publicación que se precie, saliendo suerte de una belleza que también existe en estos lares que denominamos en llamar, siendo chica o chico, la persona íntegra. Yo más de Laudrup que de Oh, rey Cruyff me he visto insensato haciéndoles bromas a bailongas que a saber dónde han terminado su noche. Este día de jueves donde he intentado escapar de una depresión que me doy yo a mí mismo y en la que no han faltado las personas etiquetadas para decirme: Aquí estamos, date a salir, pues eres libre y, encima, todo un honor, eres de los nuestros.
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Hubo un tiempo, hoy me parece remoto a pesar de estar compuesto solamente de meses, en que una estantería llena de libros me era salvadora ante hostilidades que uno llega a recibir en su propia casa, incluidos abusos policiales que no se atienen al verdadero hecho de carecer de pruebas. Aparte de la botica ha existido un tiempo, y ha sido largo, en que los libros que moran en mis estanterías parecieran andar mucho más lejos que a poco más del alcance de la mano, más lejos de la cocina e incluso viviendo en alguna otra ciudad. De joven (no tanto, pues andaba cerca de los 30) me quité en cuanto tuve ocasión la etiqueta de promesa literaria. Algunos poderosos (la mayoría petulantes hasta la saciedad) me erigían como un prosista necesario (entiendo que se pregunten qué será eso), así, por las buenas, sin permiso. Uno, desde el cole (entonces atendía menos a eso) era ya acostumbrado a que se hablase de él. El hecho de haber creado leyenda y permanecer solo me llevó al platonismo. Dos mujeres (chavalas) que me querían (y que serían para tanto o no) no eran consideradas salvo en mi imaginación, que transbordaba de metro en metro de camino a los estudios sin quitárselas de la cabeza, acompañado de la paz que ofrecía su cariño (venido a cuento de lo que viniera) hacia esa persona que uno era sin saberlo, y no una especie de leyenda en voces de gente unas veces más informada que otras, en todo caso, lo suficientemente díscola. Una vez abandonado ese remedio, aparte la botica (donde incluyo de buen grado alguna que otra cerveza), a cambio de una vida sexual donde uno se despertaba (o era despertado) con una desconocida en mitad de un desierto donde tampoco existía ella, no pensé que los libros fueran a pagar con mi hastío (quizá sea más acertado apelar al tedio), con la verdad que soy en un encierro que se ha dado durante un verano entero y continúa en otro lugar intentando no teclear con fuerza porque tiene unas vecinas apenas en edad de haber crecido el doble que sus cabezas (unos 22 años) temerosas de esta crisálida que soy y, ya ven, de vez en cuando hasta procura desaparecer a base de teclear, de mostrarse en una red en la que tampoco cree demasiado salvo en una viable desaparición venida en un degradado suficiente que ya se veía venir allá por 2008. Hoy, si tuviera fuerzas para ello, fotografiaría a través del móvil los muchos libros que vienen a mi cabeza de vez en cuando y, no obstante, están aquí. Quizá han sido abiertos un par de veces. También hay casos de lecturas que se daban al elogio dejadas en su mitad. Y ¿Qué pasa? Que ya uno siquiera cree que estén aquí. Probablemente sea yo quien no esté. Probablemente me haya sustituido una leyenda salida de unos cuantos memos y memas que se aburrían incluso más que esos libros que, ya digo, sin embargo, por mucho que algo en mí lo niega, están aquí, a salvo, conmigo.
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Breve resumen de cómo ha cambiado Madrid en los últimos años:
– ¿Y de postre?
– Un té, por favor.
– ¿Cómo lo quiere?
– ¿Podría ser con agua caliente?
– Pues verá, el término “té herbal” se refiere comúnmente a infusiones de frutas o hierbas que no incluyen a la planta de té tales como el mate, la manzanilla y la tila entre otros y, entre otras cosas, nuestras especialidades son el resultado de una selecta bla bla bla…

Viajen a finales de los 80. Bien. Ahora compárenlo con esos adorables testigos de Jehová contándote en tu puerta historias que, mientras les seguía el rollo, no recuerdo si eran referidas a traumas de la infancia. ¿Dónde estáis, testigos de los cojones? Lo que os echo de menos cuando pido té en algún restaurante no os lo imagináis ni de coña ¿A que no?

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Sé que no lo parece, pero en facebook hay mucho poetilla. Uno se plantea el soporte muy digno para obrar la posibilidad de crear una antología de la poesía mala prologada, de entrar en nuestro presupuesto, por Marwan, cosecha de 2016. Tú que lees esto no estarás incluido, por supuesto, salvo que quieras.

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Echo de menos irme de facebook. Lo hice, de una manera seria, así como bastante duradera, con su consecuente abandono de contactos y regresé hace poco más de un par de años. Entonces no avisé. Debía hacerlo. Me juré de hecho no regresar sin apelar al verdadero motivo por el que me fui (relacionado con una mujer, ya ven qué original que es uno) más que al tiempo que me ocupaba. Sin querer y también queriendo recuperé contactos de aquel entonces a los que, unas veces más, otras menos, recuerdo (también se da el caso del no recuerdo por el otro bando) y, como sin querer, regresando a publicaciones de día sí y día no, otro no aparezco y al siguiente me dejo 24 horas (incluyendo privados) vuelvo a querer hacer algo que nunca hice, parecido a aseverar que esto es no sé qué no sé cuántos y que se va, bajo el único fin de recibir piropos en los comentarios que aparecen bajo el estado. Facebook me acerca a mucha gente (también se ha dado el caso de alejarme de alguna) pero no, si un día me fuera, no sería por motivos inspirados por la idiosincrasia del programa. Vamos que, más más que menos, estoy encantado de conocerles (a absolutamente todos ustedes). Ea. Bueno… a casi todos, que no suelo entrar en provocaciones (me sirvo de un like en ellas habitualmente) y, efectivamente, hay cada presuntuosidad por ahí que se viviría mejor sin ella, aunque se viva igualmente incluso no faltando de cenar (efectivamente, mientras sigo a mi atleti, me he metido un buen plato de judías para el cuerpo).

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Existe un punto en el que convive cierta controversia que tiene que ver con mi manera de entenderme como persona amable (cosa que procuro por mucho que no se adivinen tiempos para siquiera su consideración). Tiene que ver con mi manera de usar palabras como “preciosidad” a la hora de dirigirme a alguien. Bien es cierto que un apelativo como este lo uso un poquito más al referirme a alguien del sexo femenino. Hace apenas una semana, al despedirme de una fiesta, tras escuchar durante un buen rato a una chica que no estoy nada seguro de si volveré a ver en mi vida operaciones que se le acercan debido a un problema de hemorragias internas, se me ocurrió, tras el pertinente par de besos (¿O no es pertinente eso ya?) decirle: suerte, princesa. La verdad, me fue sorpresivo que acudiese a un seco: Yo no creo en la monarquía. La verdad es que yo tampoco. Me fui pensando en qué habría aseverado esta subidita chica enferma de hemorragia sobre lo que uno había supuesto en dos horas de la vida de cada uno. Aunque de seguida me olvidé. Tiendo a ver estas circunstancias con el humor que puedo permitirme, claro.

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Atención, una adivinanza:
Se abre el telón y aparece Toni Anikpe reventando el ojete de Mariano Rajoy.
Na, era pa decirlo, la peli no se llama de ninguna manera.

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El universo está bien.
30 gotas de haloperidol. 20 mgs de quetiapina. 40 mgs de tranxilium. Estás solo en esto, pequeñín. La culpa es solamente tuya. Pones el Sketches of Spain. Una procesión de muertos hace parada a la puerta de tu casa. Abres una botella de leche. Enciendes un cigarro. Das algunos tumbos. Poco después amanece. La vida, es consabido, es un lugar maravilloso donde sentarte en cualquier bordillo y decirles a los transeúntes -también a los muertos- que tienes hambre. Hambre de lentejas.
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Si el planeta azul estuviera en este momento al alcance de mi mano, no duraría, en su redondez -achatada por los polos- en aplastarlo con una de las dos manos y echarlo al contenedor de basura no-reciclable (sólo faltaba que a algún pobre loco con ínfulas de científico, y superviviente a mi pequeño destrozo, se le ocurriera la gran idea de convertirse en un genio reciclando ese… eso).
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Uno ve en demasiados muros la pregunta del día de ayer que hace referencia a lo sucedido en el ataque a las torres gemelas y el qué coño estabas haciendo (mientras era derrumbado el imperio -con un titular parecido amanecí el día siguiente y lo recorté para la posteridad-). Pues bien, estaba echándome la siesta. No había parado por la mañana con burocracia de la facultad que no ayudó en absoluto a mi necesidad de horario cuando recibí una llamada que me despertó. Era mi buena amiga Bárbara, completamente conmocionada. ¿Qué va a pasar ahora? preguntaba, y cosas de ese estilo. Desde luego, como mínimo me dio la impresión de que algo ocurría e intenté desperezarme sin conseguirlo del todo. Tras contarle mi situación me dijo que pusiera la tele y así lo hice. En cierto modo, estaba asistiendo a un drama que nadie, yo tampoco, hubiera imaginado. No recuerdo si llegué a hacerme consciente de que mi vida en el pueblo corría peligro, dada la magnitud de lo visto, jamás imaginado. Pues he de admitir que no hice nada heroico. Trataría con mucha gente el tema durante las jornadas subsiguientes e incluso me compraría (y leería con el suficiente interés) algún que otro libro de Noam Chomsky, pero lo que hice a continuación de la llamada de mi amiga fue apagar el televisor y retomar el sueño que había empezado a coger, y que falta me hacía. El despertar sólo fue ver las mismas imágenes una y otra vez con la familia al lado, sin mucho más que decir que afirmar las opiniones que llegaban de prensa -la mayoría sandeces- y mirarnos, a veces, a los ojos, como diciendo: No creí que vería esto. Y en verdad ninguno lo creía. Bien… pues eso hice mientras se dieron los ataques al world trade center: Dormir, quizás soñar.
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Ayer llamé a una que es amiga (y es cierto que lo es -desde la adolescencia, cosa que su novio de toda la vida dice ser mío también-) y pareció muy sorprendida por el hecho de que yo no estuviera al tanto de que habían pasado una buena temporada en un país idílico. Es lo que tiene no tener facebook y la absoluta convicción de “tener una vida”, supongo. Yo, tras dejar mi número grabado un par de veces en el móvil de algún par, me olvido. Les concedo llamar o, bien por mi parte, darme a la desaparición con el fin de no resultar carga que no place. Pues algo relacionado con la emotividad me hizo llamar a esta buena amiga y ¡no sabía que habían pasado las vacaciones de su vida! Lo cuál, en sus maneras, como que le era un drama. Si hubieran tenido facebook en lugar de tener una vida probablemente me hubiera enterado, ya que yo no puedo permitirme mucho más que lo justo y necesario y, vaya, me he pasado un verano mirando una pantalla. Con descansos, cosa que procuro en la cocina en parte con el fin de no ceder al enganche, para leer plácidamente (han caído pocas) obras que no me apetece puntuar ni reseñar siquiera brevemente (en general decir que, con algún altibajo, buena nota) como Manifiesto Redneck, El delirio blanco, Lo absoluto, Pánico al amanecer, La ciudad de las desapariciones, Vidorra y parte de la obra de Joy Williams.
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Una de mis mayores desilusiones, tras abrir el correo a la búsqueda de probables amenazas por parte de mis vecinas de al lado (el resto -he comprobado para tranquilidad mía- tiene una vida o, al menos, tiene bastante con la que sea para no estar pendiente de la vida del vecino, que será o no será, pero en todo caso es suya) mi preocupación fundamental -retomo lo de la desilusión- era el estado de salud del cactus que me regalaron con cariño Marga y Jose Luis. Me da pavor tener responsabilidad sobre algo vivo y bien que me he cuidado de la posibilidad de procrear (hasta a la abstinencia me he dado en ocasiones, algunas más largas de lo que muy en el fondo hubiera deseado), mi Charly (la mayoría de los que leéis esto sabréis que tengo un loro) está ya muy hecho a la vida en la cocina de la casa de mis padres, aunque no goce de los privilegios que tiene cuando estoy yo, consistentes en cariñitos y algún que otro viaje subido a mi hombro, aparte exploraciones por la casa cuando nos encontramos solos. Temo que aquí, por mucho yo que hubiese al lado, correría el peligro de no adaptarse a un espacio donde puede llevárselo una corriente de aire (perdí dos así anteriormente). Pues las noticias son malas respecto al cactus. Me era agradable ver cómo debido a mis cuidados, consistentes en escasos centilitros de agua a la semana, crecían sus hojas ofreciendo un delirio óptico que ofrecía la posibilidad de que la maceta creciera. Algo murió en mí cuando me encontré una ruina que desaparecía con el mero hecho de soplarlo. Se sale de esto, pero sigo sabiendo que fui yo quien la olvidó aquí de cara a pasar un verano metido en una habitación más o menos confortable, ausente de calor al menos.
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Solía repetir mi abuela que más vale nacer con gracia que ser gracioso (y me lo decía a mí, cuando le hacía gracia). Hoy veo viable la idea de llevar el cinismo con el que doto a algunos de mis personajes a mi vida con tal de poder fumar mañana (como quien dice: el día de mañana, aunque lo otro no deja de traer a mi mente que sólo me queda media cajetilla). Quizás de no haber optado por declinar el amaño de unos cuantos premios en favor de alguna que otra de mis obras (la mitad la calculo en una papelera de reciclaje vaciada hace tiempo), hoy, algunas editoriales (no diré grandes, pero por qué no medianas) tendrían en cuenta, sólo quizá, la obtención de un mail mío por aquello de que les suena el nombre. Muchas veces me he dicho a mí mismo que mi actitud fue básica de un completo gilipollas, pero hace bastante tiempo que sé que no. Hay que tener en cuenta que lo ofrecido lo cogió a primera de cambio un segundo de la lista que, sin duda, le eran debidos menos favores (me refiero a trabajo duro, lo es, correcciones ortotipográficas a analfabetos funcionales y de estilo a egomaníacos sin remedio) y que eso de tener nombre también afecta a que te sean concedidos mayores espacios en publicaciones donde uno aspira a ganarse una pequeña compra en el Mercadona que no le llega ni a mitad de semana. A veces me pregunto si me cambiaría por otro. No lo haría, no sin antes caer en que uno es lo suficientemente voluble y, en ocasiones, no se quiere como pudiera ser de recibo para cambiarse por cualquiera, bien el portero con minusvalía de abajo, bien el mendigo que pide limosna en la esquina de su calle. Son estas cosas que le llevan a uno a decirse que dejará una genialidad (por mucho que al día siguiente no la perciba así) en su pequeña web y también las que le hacen preguntarse para qué. Bien, es madrugada y les diré que uno tiene un vicio de ese para qué que si estuviera mi abuela conmigo bien que me quitaría las dudas de un buen soplamocos. Y yo la dejaría, claro.
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Lo primero que noto al regresar a mi casa, sito en pleno Madrid cañí (y no tan cañí, que alguna franquicia rula por estos lares) me encuentro con el más que probable cierre de la hamburguesería de mi calle. No era franquicia, sino un lugar donde un tipo gordo y con cara de hamburguesa te hacía una hamburguesa a precio más o menos módico (el letrero de Low Cost de la entrada es una boutade). ¿Cuál quieres hoy? Tu cara rodeada por un par de panes de hamburguesa. Total, sólo es escupir los pelos de esa barba como si fueran espinas. Pues tampoco es eso. No es que fuera mucho, pero es la posibilidad de un plan que se va al garete. En una ocasión casi me hago amigo del tipo. La cagué cuando le dije que me llamaba John Lennon. Estaba bien porque no hay sitios así. Eso hoy se llama Steak Burger (tampoco están mal para un rato -cuatro dependientes al mes-). Este era un bar normal con carta de hamburguesas, incluso tenía un habitual que hacía las tardes allí bebiendo licor de hierbas. Además el nombre de la hamburguesería era Los amigos de Peter, que es como se debieran llamar todas las hamburgueserias del mundo. Más silencio para mi calle una vez caída la papelería (experta en literatura infantil). En fin… ya sabéis, yo compraré la carne y el queso la próxima vez. Los fuegos y los tomates y esas cosas verdes son cosa vuestra.
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Las chiquitas que elogiaban mi inteligencia práctica durante la adolescencia en el pueblo, hoy día, todas tienen hijos quinceañeros de albañiles portugueses (contrato para la mejora de las plazas del municipio). A veces esos, mis amores, les escriben cartas a las direcciones que les escribieron en una servilleta de papel del único bar que sirve coca-cola ligth en ese cúmulo de eras donde el viento avanza a sus anchas (sólo le dan sombra esos pobres muchachos).
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A las muchachas que, no exentas de buena fe, me echan algún medido piropo, no sin cierto uso de la diplomacia, en este programa:
Sé que, a la primera de cambio, me abandonarías tanto por Marwan como por cualquier jovencito que guarde cierta similitud física con Pablo Alborán.
Miradlo por el lado positivo: Mi decepción es inmune. Mi amor no, pero… eso es un problema que yo confiero a mi existencia debido a cosas que aún no he superado con respecto a mi infancia.
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Existe algo demasiado hermoso en aceptar una solicitud de amistad donde no hay nadie en común y, como primera medida, escribir un privado (no importa que sea chico o chica) donde diga: Ámame locamente. Prometo cumplir a cambio cada día.
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Lo subsiguiente vale para todas mis queridas amigas de Fakebook: En mitad de nuestra cenita con velas se me caerá la cuchara (avisadas estáis, nenas).
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El primer día que me recibió la solterona profesora de piano acarició mi pelambrera, admitió mi similaridad con Mozart y me dijo que era un niño la mar de bonico. A lo que yo respondí que yo de bonico nada, que en el barrio era conocido como Mr. Empotrador. No funcionó. Vamos, que me salió el tiro por una culata que tampoco era la suya.
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Trucos para subir la autoestima:

Entrar de incógnito en una librería guay como, por ejemplo, Tipos infames y preguntar, por favor, por un libro de actualidad que sea molón. Sea cual sea decir: No, esto como que no me gusta una puta mierda. Preguntar súbitamente por un libro “de nivel” descatalogado como, por ejemplo “Cuervo” de Ted Hughes. Ah ¿No lo tienen? A mí me habían recomendado especialmente esta librería. Llorar. Decir que era la favorita de tu madre, que en paz descanse. Si ves que cuela di que tu madre se llamaba Carmen Balcells o Ana María Moix. Irse. Decir: Esperaba más del nivel cultural de esta ciudad. Pedirse una birra en un bar cercano, a ser posible de viejo.

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Cuando acudes a una revisión del proctólogo con ocasión de ver cómo llevas la micosis y te dice que has de seguir usando la cremita ¿Qué quiere decir exactamente el hecho de que, para referirse a una crema, utilice el diminutivo?
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No sé qué método emplear para aproximarme siquiera al cálculo de quién de ambos ha sido rozado antes por el otro. Nada más cruzar el umbral de mi portón un autobús parte hacia a algún lado a la hora exacta en que yo me encuentro observando la posibilidad de un rasguño tuyo en la rodilla izquierda. Apenas separados por cincuenta metros, un pasajero asegura al conductor haber equivocado su parada. El mundo se detiene en lo que alguien usa un freno. Y después de eso sólo existe la noche. Un eterno regresar a un sitio donde posiblemente, muy lejos de aquí, encuentra uno una nube descargando un chaparrón sobre un chubasquero cuyo color no acierto a adivinar en esta distancia que me separa de ti y de la herida antes citada. (Perdón, no sé qué decir, y a eso se debe que escriba esto).

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Hoy he soñado que me iba al cielo y, nada más llegar, tenía mi primera bronca con un camarero. Vale, bien el coñac, aunque yo había pedido whiskey irlandés. Y trae una botella de Jameson y se dispone a echármelo encima del coñac el tonto los cojones. Que no, hombre, que ahora yo no me bebo esto. Además en ese momento me doy perfecta cuenta de que está caliente. Tú verás, dice el pedazo de mamón, en el infierno lo más parecido a esto que tienen es Fernet Branca. De verdad, ha sido un sinvivir de sueño. No sé por qué ahora me ha dado por recordarlo. Muy malo tiene que ser uno para terminar en un bar así. Las sillas de esa terraza, eso sí, tipo Enmanuelle (pero sin Enmanuelle).
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Alguien ha accedido a mi web usando las palabras: COMIÉNDOME TU GARBANZO EN UN TRACTOR. Supongo que es lo que tiene dedicar alguna que otra entrada a la gastronomía y la agricultura.
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Quién imaginaba que, tras 21 un años de conversaciones varias en consultas de hospitales con sus correspondientes pruebas -análisis de sangre y ecografía- me iba a ver preparándome para la probabilidad de las últimas y, según han dicho -que no seré yo quien dé fiabilidad a las palabras de los médicos-, si no sale nada raro, te presentas (no me han dado fecha aún para esa consulta) y te tratamos en ayunas. Las pastillitas dadoras de vida para muchos, las que eliminan en un 92% el virus C, con el que se convive desde pequeño (me vino de unas transfusiones) antes de que el virus adquiriese nombre. Entonces el médico de cabecera te decía que probablemente tenías una pequeña hepatitis B, daba por supuesto que no bebías (y vaya si lo hacías) el vinillo que guardaba el cura los domingos en que eras un monaguillo más en tu pueblo, y que descansases. Se pasaba. Yo era parte, de hecho, del virus porque nunca he experimentado el hecho de no tenerlo. Puedo decir que unas transaminasas altas son resumibles en un cansancio que duele, ya bien estés tumbado en una buena cama. Hay que andarse con ojo por si, como dicen ellos, al bicho le da por actuar. Pues no me he privado, también ha habido veces en que sí, de atizarme de whiskies hasta perder el control bajando Argüelles camino de las dársenas de donde salen los búhos. Unas borracheras serias, hermano. Yo lo justificaba diciendo que es que quería matarme, aunque fuese mentira. No faltaban médicos de cabecera que me explicaban alegremente cómo el hígado se hinchaba hasta arremeter contra el resto de órganos aledaños (incluso se animaban a veces a enseñarte hígados cirróticos). Sí, procuraba quitarle importancia, a veces he notado alguna punzada. Pero tened claro que es la sangre, que al principio no teníais ni puta idea y no nos dejabais ni fornicar (con goma o sin ella), hasta capaces erais de prohibirnos escuchar música rock. Menudos hijos de puta. El Dr. Escartín, hijo de la leyenda del Madrid, era un tardo-franquista que se iba a la cafetería tras cumplir con una visita. Las demás esperábamos pacientemente a que removiese bien el azúcar y le echara algún piropo aprendido de las películas de Manolo Escobar a una enfermera. A mí podía vérseme leyendo a Cioran. En esas esperas me dio para más de la mitad de su obra, subrayada hasta la saciedad. De veras, ahora, con el traslado a Majadahonda (aquella foto de Esperanza Aguirre haciendo los honores del nuevo proyecto), todo es más máquina, menos realidad y ningún lugar disponible a la redonda para echar un cigarrillo. Podría escribir un libro sobre esto, aunque no creo que lo haga. Es que hay muchos episodios más. Otro día os cuento, para entreteneros, cuando una que me sacó sangre me tiró los tejos de una manera escandalosa. Me vine abajo. Un camionero entraba en el uniforme blanco y estaba mucho más salido que un camionero. Pero, ya digo, esa es otra historia. Lo importante de aquí es que si el tratamiento funciona (dos meses) puedo ser algo que nunca he sido en mi vida: Yo, sin el puto virus ese de los cojones (si es que me lo dan y no formo parte de esa nimiedad de porcentaje en que no termina de darse ese resultado que todos esperamos).
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Hace un mes o más que no os doy noticias acerca de mi ANO. Es un campeón. Si no del todo casi ya me he quitado de en medio ka fisura. A día de hoy mi ANO es, básicamente, un campeón que ha superado victorioso todas las pruebas que venían a hablar de que su situación conmigo no era todo lo buena que cabría esperar. Tengo la teoría de que somos una boca y un ano, y que el hecho de que ese par de dos funcionen debidamente, incluso, por qué no, su supuesta relación de amistad siga intacta, las mayores guerras de una biografía tienden a la victoria. Agradecido a unos cuidados que me he dado que, parece ser, han dejado la micosis en un ridículo tras cinco meses de producirme ardores y picores que no son especialmente agradables cuando te encuentras en el transporte público, por poner un mero ejemplo. De hecho tengo la crema sin usar en el baño. Cualquier día que no tenga mayonesa para las papas la abro de nuevo.
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