Sentado casi cerca de un árbol, un día, mirando (13/05/11)

“Yo estaba exangüe sobre la yacija, con los pies helados… Era la muerte” (Yákov Polonski)

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Me he afeitado el bigote esta semana. Antes solía mesarlo sin darme cuenta y, aún hoy que no está, lo atuso como si siguiese allí con el pulgar y el índice. Mis dedos huelen a gasolina. La desaparición del bigote me ha llevado, cuando reparo en que no está, a volver a acariciarme el agujero de la cabeza. En ocasiones lo olvido, dejo de notarlo. Vivo con él como la gente que se acostumbra a vivir al lado de un volcán que está quieto y siempre uno tiende a pensar que es que está muerto, como el agujero de mi cabeza, tapado aún por un matojo de pelos castaños. A veces me cuesta encontrarlo, pero me empeño y, cuando doy con él, siempre manoseo los bordes, pues es fácil notar allí el pulso, mucho más que en la muñeca, cuando este (el pulso) hace caso. Primero lo toco despacio, como buscando en ello la sorpresa que, claro, luego nunca es tal, después, si me animo, ya arreo con la uña y en ocasiones acabo demasiado extasiado y luego he de tumbarme donde primero entiendo, tardes enteras, hasta superar el amodorramiento.

He desarrollado un miedo a meter mucho el dedo. Antes echaba allí la ceniza de los cigarros, tuviera o no cerca otro lugar, y me daba lo mismo, pero he acabado, ya digo, cogiendo miedo. Quizá no quiero que la fauna que habita dentro se enfade. Temo que se rebelen contra ese sol, pues es mi agujero lo único que les une a la luz, a la vida. Si supieran que aquí nunca ocurre nada. Cómo decirles que es este un lugar donde ella (llámese…) no coge el teléfono. Yo creo que escribo acá para reconciliarme con ellos. Pienso que, con la escritura, quién lo diría y cómo, aplaco sus gritos, sobre todo los nocturnos que, creo, son los que organizan lo que sueño, si es que sueño yo algo y no me confundo por las mañanas, al recordar, con lo que han soñado ellos. Hay dentro, anoté en una ocasión, un barco de Noé chiquito. Allí están todas las especies. El 70% restante es agua y, el resto, sangre e idiotez. También anoté al lado que me dan asco algunos de los bichos, quién sabe.

Con quince años tuve ocasión de visitar Guinea Ecuatorial junto con mi abuela, allí vivía mi tía. Enseguida, ya lo he dicho aquí, me acostumbré a vivir entre los bichos. En una ocasión, era ya de noche, volviendo en jeep de un poblado donde vivía, decían, la mujer más anciana de la isla de Malabo (le eran atribuidos algunos poderes por la etnia bubi), mi tío (Pushkin) paró en medio del camino y me dijo de salir a escuchar lo que se oía. Los reconocí inmediatamente, eran ellos en el lugar donde, quizá, han nacido. El sonido silencioso, esa aberración del globo terráqueo. Miraba inútilmente yo, por aquel entonces, las sombras de la noche, en la mitad de un camino todo caliente. Incluso vi una estrella fugaz y aproveché para pedir un deseo (siempre los olvido). El jeep permanecía con el motor apagado. Imaginé la línea del Ecuador mientras me saqué el pito para aprovechar y echar un chorro. Tuve miedo entonces de acercarme demasiado a las hierbas altas, pues simbolizaban el dominio de los otros, o la fuerza de la naturaleza (siempre girando en reverso a la del hombre, o viceversa), qué más da. Mi tío Pushkin, sentado en el capó, chupaba de un cigarro. ¿Y bien? ¿Qué pasó? Me preguntó. Yo dije que estaba bien, o algo así. Y volvimos a entrar en el jeep. Al encenderse las luces de nuevo y comenzar a arrancar, con la simple llamada al motor, giro de llaves, pude oír llorar a lo que creo que era un hombre muerto. Llegamos sobre las 23:00 y cenamos plátano frito y piña.

En ocasiones descuido la fauna. A veces, ya digo, olvido con el mayor propósito que puedo que soy una persona y, también, que tengo un agujero en la cabeza, a quien a veces he rezado, por si acaso siguen ahí dentro todas esas bestias.

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Imagen: Self-Portrait with hyacinth in a pot, de Lucian Freud

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