Quien lo probó, lo sabe

A finales de los sesenta, William Burroughs, bien instalado en lo que llamó su búnker, en Saint James (Londres), grabó los fragmentos de un carismático discurso reunido en unos casetes cuyo contenido, siempre de manera aproximativa, se encuentra a menudo tergiversado por un legado y una figura que representa, entre otras cosas, la huida de la sumisión ante el poder -el fáctico y, casi más, los otros-. Ediciones La Felguera nos ofrece una muestra (traduce el infatigable, y bien reputado, Javier Calvo) en este Manual, prologado con suficiente fervor admirativo por un Genesis P-Orridge que contaba con apenas veinte años el día en que obtuvo cita con WSB, tras un breve intercambio epistolar. Lo encontró -taxi pagado-, nos dice, sentado en su sofá de la calle Duke haciendo zapping -lo que el amigo P-Orridge llama en su prólogo “hacer cut-ups instantáneos”- (de su acercamiento a la figura de Burroughs, se comenta, extrajo, entre otras cosas, alusiones que lo introdujeron a la obra de otro padre de la sensatez inducida y la materia vinculada a ciertas propensiones místicas, el Saludado por los dioses Aleister Crowley, autor de El libro de la Ley), y una nota de los editores (en el que el texto se vindica como ensayo) indicativa en cuanto a los preliminares que vendrían a conformar la existencia de estos papeles, a caballo cronológico entre la publicación de Los chicos salvajes y el regreso de Burroughs a EEUU.

Tiene (con lo que es y antecede) esta mezcla de géneros, para bien, cierto aire de broma dadaísta, casi coincidente en España con la publicación (de la mano de Dirty Works) del testimonio autobiográfico de William Burroughs Jr.

Durante el desfile de este ensueño de revolución pequeña (y grande, como no podía ser de otro modo) surgen reminiscencias a otras obras, anteriores y sobre todo posteriores, del autor de Ciudades de la noche roja (incluidas sus, más o menos célebres -de difícil rastreo en nuestro país-, entrevistas, más bien espontáneas, con gente como Eric Mottram, Daniel Odier o las conversaciones con fenómenos de la contracultura y farándula neoyorquina recogidas por Victor Bockris en With William Burroughs), así como la aparición del plano que elude, en favor de un mayor protagonismo del lector, a un narrador-cámara (luego explotado en el breve, e intenso, Las últimas palabras de Dutch Schultz) y circunvoluciones entre el panfleto, el tratado y una lírica no exenta de ruptura con el lenguaje, pero también -sobre todo- con la imagen (mezclada a menudo con el ruido -sería, en cuanto a representación, el santo y seña del autor desde la “aprobación” jurídica de El almuerzo desnudo-), por no hablar del manejo de la información (porque Burroughs, más aún  que del lenguaje y la imagen literaria, fue bizarro en la información -más concreto que acá, en cuanto al manejo del ensayo, en La revolución electrónica, ampliado con unas cuantas series de entrevistas en The Job-) y un humor un poco (bastante) menos desenfadado que el del Burroughs beat, esto es: el uso del disparate bajo pretexto de delirio, por ejemplo, en Las cartas del yagé, el paisaje, preciso (casi documental), de Yonqui, o, de nuevo, adicción resuelta en novedad, amor y recurrencia por la búsqueda constante, en Marica, de una materia (siempre a ser posible) inerte (lo más inerte posible). Respecto al proyecto Boy Scout, conste en estas líneas su estribillo: “Dios joda a la reina”. Manual recomendable como introductorio al “tour de force de delirante imaginería erótica” Los chicos salvajes, que vio luz en nuestro país en 2006, de la mano de El Aleph.

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 Publicación original en el número de junio de Revista Leer

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