Preludio de una borrasca, por María Gelpí

Alberto Masa me confesó un día que era un ruso perturbado venido de Siberia. ¡Claro, Alberto!
Como todo el mundo, Alberto, es más honesto cuando se pone una máscara que cuando se la quita, aunque él las tiene a cascoporro. “Preludio de una borrasca” es una tormenta de prosopon, prontuario de personajes. Es lo más parecido a hacer voyerismo en la sala de espera del psicoanalista con la simple motivación de que ponen esos caramelos que no encuentras en ningún otro lado. Desde ahí, charlatanería y delirio son transliterados por la sintaxis de Masa de manera magistral, en sinuoso lenguaje cotidiano que arrastra como por un tobogán del Aguapark, con la corriente y el bagaje cultural que transpira su alma de lector empedernido. Solo él sabe sacar ternura de los vicios más escabrosos siempre que haya cabida para el amor de lo cotidiano mirado por el lado más sórdido del poliedro. En ocasiones refleja conversaciones tiernas y paternales sobre niños muertos a los que les rebota la cabeza con natural brinco al ser arrastrados escaleras abajo por la pierna, u hombres que esputan el pulmón a trozos tan grandes que no cuelan por los agujeros del desagüe y tienen que darles con paciencia virtuosa para hacerlos pasar. Leer a Masa es como ir descalza por la hierba, placer absoluto de frescura del cosquilleo orgásmico de lo verde, sabiendo que en cualquier momento pisas la mierda: puta vida, nada más.
Alberto, desde la amistad que nos une, os diré es un honesto perdedor, rico en amores y melancolías de humo y espirituosos, detallista y cuidadoso con los suyos, con sabor a cebolla, dulce y picaresco, lleno de capas por descubrir. Es capaz de ponerse la máscara de follador conciliador, de niño adulto, de la melancolía y la necesidad, de la humanidad de la miseria, del que echa de menos ver personas decapitadas cuando sale a tomar el aire y del que duerme tranquilo porque sabe que tiene sobras en la nevera. No es difícil identificarse con personajes como aquel que desde que tomaba omeoprazol para cosa de una úlcera oía, en el interior de su cerebro, al presidente del gobierno de España dar discursos, sobre todo si pensamos en lo descabellado de lo cotidiano y la metralla de los media. El libro de Alberto te reconcilia con lo absurdo de lo real a hachazos de ironía y sarcasmo, ternura e ingenio, como la vaca que se mete la cabeza por el orto para oír la hierba al viento. Yo, desde que me he sumergido en Masa, veo corazones en los excrementos que mi perro deja pegaditos a la farola mientras espero su nuevo libro.

 

Serie colegas en cuya generosidad descanso. María Gelpí también es autora de la caricatura (ya le haré yo una a ella, ya)

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