Preludio de una borrasca, por Manuel Rodríguez

Decir que Alberto Masa monologa en sus relatos faltaría a la verdad. Realmente sus narraciones se asemejan más a un dialogo en el que ambos participantes son y dejan de ser, se preguntan y apenas se responden con otra interrogación, mutan y se retuercen, lloran y acaso ríen, y siempre intercambian sus esencias al azar, como si sus almas fueran siameses y se unieran por ese cerebro único y boicoteado: el cerebro de Alberto.

Los relatos de este “Preludio de una Borrasca” –me quito el sombrero por el título- se encadenan como las olas de una marea que sube hasta la pleamar e, inmediatamente, se derrama otra vez sobre la orilla. Son uno, y son infinitos. Creo que los libros de Alberto siempre terminan conformando un organismo, ya lo desee el autor o no, de forma ineluctable y superviviente. Y creo que este fenómeno responde al método literario del autor, que se zambulle en las letras con una sinceridad y honestidad tan brutales que de lo fragmentario surge el todo de manera natural. Digamos que Masa tiene algo que decir, y lo dice por osmosis, con la libérrima estructura de quien hace prosa invertebrada.

Tiene razón Ávila Salazar cuando dice en su prólogo que el autor no escribe con aspiraciones de épater les bourgeois, que no hay impostura en su literatura, pero entiendo que, aquellos que no conozcan la personalidad de Alberto, puedan especular con su vocación de epatar. Lo hace con frases descabelladas, con puntos de vista irredentos, con esas imágenes de náufrago que extraen la poesía que se agazapa entre lo cotidiano. Pero lo hace sin afán de escandalizar o sorprender: simplemente él, como los poetas, observa el mundo desde esa lírica. Alguien pensará que eso ya lo han hecho muchos. Pero como lo hace Alberto, no, porque insisto: Masa es sincero hasta la calavera.

Estos relatos que preludian borrasca no siempre transmitirán una idea aprehensible, o no a todo el mundo, sino que, en ocasiones, sencillamente harán sentir, plantearán una pregunta, dejarán que una sensación cuasi mágica flote sobre la cabeza del lector. Quien lea sus páginas debe aceptar que acabará con los pies apuntando al cielo, libre, vertical y absurdo, unido a esa percepción inversa de la realidad por la escritura “Masiana”. Será en ese momento cuando el autor se habrá salido con la suya: descabezarnos para que, juntos, entremos en su mundo de letras evanescentes y maravillosas.

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