Preludio de una borrasca, por Guillermina Royo-Villanova

Publicado originalmente en Revista Tarántula

 

“No es ropa tendida, son almas colgadas”, es la greguería de Alberto Ávila Salazar con la que Alberto Masa abre su libro de cuentos Preludio de una borrasca.

Hace sólo un momento el día era cálido, cálido y húmedo. Hubiera sido fácil imaginar una lubricada tarde de amor con “la vecinita” de Alberto Masa pero parece que está bajando la presión atmosférica, los minutos pasan en sentido ciclónico y el viento está asurado en mi muñeca. Un frío seco invade la consulta. Me giro hacia la puerta esperando a la anunciada, el minuto negro de La Borrasca no se hace esperar; nunca defrauda pero nunca sorprende. En cambio, lo del preludio es otra película, siempre trae del norte historias que te congelan las venas.

Alberto Masa lo sabe bien: Hay que ser muchos para llegar a ser uno solo. Y son esos muchos el preludio, la antesala del psicoanalista donde nos reúne mientras atendemos a la sucesión de una cara y otra cara como meras anécdotas. Cada uno somos el otro y nos calentamos en la hoguera de los miedos comunes. En este libro hay para todos -hasta para las barbas del vecino, diría yo- y en el camino es tan valiente el escritor como el lector que sepa reconocerse en sus páginas. Un libro es una victoria cuando el invitado se identifica solventando la alegoría.

En los hipnóticos cuentos de Alberto Masa caemos en un encadenado de greguerías con un lenguaje por el que es fácil dejarse llevar. Una mezcla de estilos pasados por el tamiz del escritor; frases cortas, coloquiales, sencillas pero llenas de lírica con la sonrisa que anuncia la inevitable tragedia. Un humor que en ocasiones es omitido al estar implícito en la metáfora para quedar en manos de la sensibilidad del lector inmerso en esta lírica plagada imágenes perturbadoras que permanecen grabadas como un recuerdo. Un olvido que despierta la memoria.

En ocasiones el ser humano se deja descender a terrenos fangosos para impulsarse a la superficie. Este libro es un dejarse las venas largas a pesar del paisaje, es decir, gracias al paisaje. Atrapado por el sistema el hombre busca la libertad en todos sus orificios. En uno de los relatos he sido la vaca que mete la cabeza en su culo para oír la hierba al viento como el que escucha el mar en una caracola. Esto es muy Masa: la belleza en la mierda; la testa en el recto para conseguir volar, para encontrarnos en esa merienda de relojes que es el desierto en la ausencia del tiempo.

Uno de sus personajes comenta que la vida imita una película de Berlanga, tan verdad como que este libro nos recuerda a Buñuel. El ángel exterminador: el hombre atrapado en su recinto del que le es imposible salir hasta que caen todas las caretas y aflora el “yo” más salvaje. O Ese oscuro objeto de deseo, donde la protagonista cambia de físico –de actriz- pero son la misma, es Alberto Masa, o el abuelo, el padre, la niña triste, la enferma, el hombre feliz, el poeta, los niños que son hombres, el espía, el médico, incluso en uno de los cuentos aparece él mismo, Alberto Masa como el mejor ejemplar del doctor Castillo. En cada uno de estos personajes se reconoce al escritor. Nos topamos con la famosa “vecinita” con la que tanto nos hace reír en Facebook; el loro, la ducha a la que tiene alergia, la cocina como lugar de reunión y reflexión, la medicación, el haloperidal, el benzodiazepán, los psicotrópicos y los ansiolíticos. Es buñuelesco también el desmiembre de las partes del cuerpo como símbolos surrealistas: “Yo sé poco, hoy sólo sé que quiero quitarme la cabeza…”, dice, pero detrás de esa falsa modestia sabe que en la ausencia está la fórmula como también sabe que “la palabra denota la existencia del diablo”.

Pedro le reprocha a Bertuca –es decir, Alberto le reprocha a Alberto- el hablar “demasiadas cosas a la vez”. Y a veces puede dar esa impresión pero Masa sólo habla de una cosa que va en todas las direcciones, no se sabe exactamente de qué pero está clarísima. En cada personaje se confiesan diferentes temores o retos, como la autoexigencia del artista en el escritor desesperado al que le piden ocurrencias a punta de pistola. A muchos os sonará esa flagelación que es la autopresión cuando uno ha perdido la inspiración. El libro también dedica varios bailes a la ausencia. “No me abandones. Necesito tu ayuda”, dice uno de sus personajes al teléfono cuando su interlocutora ya ha colgado. Si la soledad no te gusta puedes acostumbrarte a su condena -como el niño encerrado en el sótano que continúa hablando con su padre a través de la puerta aunque lo sabe ausente-, o caer en el autoengaño como la chica que aprieta la mano a su hermano pidiéndole que no le deje nunca. “Lo siento mi amor” piensa él –que también es ella-, ya desde el lado consciente de la inevitable separación. Alberto nos habla muchas veces a través de figuras familiares -la madre, el padre y la hermana- que son también valores importantes y recurrentes en el psicoanálisis. Con esto regresamos al surrealismo buñuelesco que nace en el subconsciente. No lejos de Los Putrefactos, Masa nos acerca a Dalí con la lírica de Lorca: Yo me lo he creído todo. De hecho sólo cree en esto. Aquí no hay trampa ni cartón -más que lírica-, sin perder el horizonte del humor que nos recuerda al humorismo de la Otra Generación del 27, sobretodo en esas metáforas humorosas tan de Ramón Gómez de la Serna mientras se construye la gran greguería por omisión del humor implícito. Incluso, en el relato Los mejores el perro se llama José López, como el académico José López Rubio, que dio nombre a la Otra generación del 27. Y será casualidad.

Dicho lo dicho, si no han entendido nada habrán entendido todo y tendrán muchísimas ganas de leer este vademécum que me dispongo a releer por si me vuelvo a encontrar en otra esquina, no asustarme.

Guillermina Royo-Villanova

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