Miscelánea de mayo de 2018

Una vez, hace mucho, coincidí en los estudios con un chico roquero que me llamaba mucho la atención. Siempre que me trataba como una mierda (que era la mayoría de las veces) me convencía de serlo. Yo no pensaba que debía devolvérsela, sino qué habré hecho mal, pues veía en este chaval que me ganaba a todo. Había leído más que yo, había tomado muchas más drogas psiquedélicas que yo, le gustaba mucho más a las chicas que yo, cantaba en un grupo de rock que salía en la radio y los periódicos de eventos, entrevistas, cosas guays para gente que molaba de verdad. Incluso fui a ver dos actuaciones suyas. Aparte de en cantar bien (cosa que yo nunca he sabido hacer) consistían en hacer mucho el zángano. Convine en no llamarle nunca por su nombre de pila, porque eso era algo que se parecía demasiado a “tomar partido” por algo y también por uno mismo. Yo era basura para él. Él aire nuevo para mí. Hoy me ha dicho Ana que no se me ocurra caerle bien a todo el mundo, que en eso también hay mucha vanidad. Me ha repetido que examine todo lo que yo he podido hacer mal. Me ha increpado, y yo la he dejado, con un “pobre niño rico”. Odio a demasiada poca gente, pero odio mucho. Al chico del rock, que luego lo dejó -no me llegué a enterar bien por qué-, no le odio en absoluto. Procuro recordar cómo era. Y también pienso en Ana, sobre todo, y la canción de la Madre María y sus palabras de sabiduría, aunque Ana me dice cosas en las que hay uso de razón. Qué horror de tema y qué molón. Quizá lo busque en el Spotify.

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Mantengo una relación rara con el novelista y crítico Alejandro Gándara, aparte dinamizador interesado de la mayor engañifa literaria que se ha extendido por el Madrid ocioso, moderno y caro. En cuanto a sus novelas, fallidas de optar por la experimentación (Cristales justifica la ruptura del lenguaje con la ruptura del Partido socialista -últimos coletazos de Guerra y González-) y en cuanto al resto, se le perdona que no haya excelencia (su actitud como crítico la pide) gracias al esfuerzo que exige su obsesión por metamorfosearse en cuanto a generar estructuras de diferentes voces o el esfuerzo que requiere teclear de cara a un público joven. Como crítico literario tuvo su momento, que cumplió a diario en El Escorpión. En ocasiones ejerció la dejadez, pero son las menos. Él entendía que su trabajo (y no se equivocaba) era suficiente para zanjar una reseña demasiado deslavazada cerrándola con un “Me pone” (cosa en la que creó escuela). Excesivo, fuerte, viperino… ¿Follar o crear la gran novela americana sobre la transición española? Lo vio claro.

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Eso de la poesía permite ser poeta hasta a una persona como yo a la edad de quince años, en la que, ante el buylling, se encerraba en una habitación a poner adjetivos a nombres de árboles que no sabía cuáles eran y no me importaban nada. Me arrepiento mucho de un libro rojo que saqué con versos. Ojalá no le hubiera sacado jamás. Y es mi pequeño best-seller, lo cual es lo peor de todo. Menuda mierda. Y no hay marcha atrás. No hay una papelera de reciclaje ya donde echarlo. Intenté agradar a mis padres, que adoran las plantas aunque no las entiendan, ni ellos ni yo. Son una cosa que huele fresco y que hay que regar para que no muera, más allá de ahí: vida y ciencias naturales. Yo quería hablar de zurullos, cosa que también hice, desagradando a mi padre. Y en la mitad de ellos elogié despampanantemente a un fraude, haciendo exaltación de mi pobreza humana (sentimental) e inocencia. Lo de la inocencia cada vez me importa menos. Y el libro sigue ahí, al menos en la red, adquirible a precio módico. Y me da arcadas. Y no lo puedo tachar ya.

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Veo muy pocas películas. No sé de cine, aunque vi mucho hace tiempo. Hará dos semanas echaban por la tele La gran belleza y la vi, aunque fuera una de esas pelis más o menos actuales (hace mención a Facebook) que ya había visto. Todo bien, recuerda en lo menos esencial, en lo vago, a aquel Roma, de Fellini (que dejó unas memorias infumables), pero no en lo que tiene perdón. Hay tratamiento del personaje. Existe un personaje central, que no es el puto espectador, y que lo dice todo muy bien hasta que va y le dice una cosa a una señora santa (ella le pregunta -es importante el detalle de que ella le pregunte, no lo que pregunte- algo así como por qué lo dejó). Ella leyó un libro suyo y le gustó hace la tira de tiempo. Y él va y responde que buscaba la gran belleza. Ahí se jode todo. Es un momento que conviene olvidar para poder mencionar una verdadera obra magna del cine de este siglo. Podía haber dicho cualquier otra cosa y, sin embargo, tenía que decir esa puta cosa. Y le salvas al personaje. Le preguntas ¿Por qué le has dicho eso, gilipollas? Pero le salvas. Bueno… habrá quien no. Simón Pérez y Silvia Charro seguro que no lo hacen. Pobres hijos.

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Bajo poco a Madrid, pero el viernes pasado lo hice y no me arrepentí, salvo en el apartado jolgorio, cosa que viene muy bien para no morirse con veintipocos. Primero visité la librería Antonio Machado, cosa que se me da muy bien hacer cuando no está Marta y la principal excusa con la que voy es a visitarla. Ahí empezó mi debacle monetaria (compensada por el ahorro en cafeterías). Pero no quiero hablar del gasto que hice allí, sino de mi posterior visita a la tienda de Javier Divisa, que estaba allí solo y capaces seréis de imaginarlo metido en el facebook eh… pues no, Divisa estaba perdido en un hálito de meditación cuasi nauseabunda mientras doblaba una chaqueta mirándola con cara de entre espanto y pena. Le dije que si luego una cerveza o algo pero JajajaNo (me he hecho adicto al JajajaNo por la edad yo también) y que si tenía algún libro suyo por la tienda (quedaban dos y medio). Hoy es que he empezado los dos a la vez, el de Divisa y el de Miguel Ángel Zapata, que lo presentaba más tarde y adonde acudí después. Divisa pone mucho cuidado en las redes y creo que en general con dar a conocer que ha salido un libro suyo. Como mucho una foto y un ¡Hale! invisible. Estuve curioseando su pequeña biblio, donde había una mezcla de autores toreros y cosa como muy culta. Una desfachatez con mucho de poco perdonable, pero es que mola leer. Luego me daba la hora ya para la presentación de Miguel Ángel, a quien puse persona por primera vez. Fue una presentación con mucho de familiar en la librería Nakama, que aprovecha la hostia de bien el espacio que tiene para meter grandes obras de la literatura occidental, con espacio para Asia, y a Eugénides (que a muchos les place y algún día a mí… mejor callo y otorgo). Fue una presentación muy amable y, al entrar, enseguida, tanto Miguel Ángel como yo vimos que tanto el uno como el otro preferimos poner en facebook fotos de hace diez años (él de hace cinco, de acuerdo). Se habló de varias cosas y hoy me doy cuenta de un nexo entre los libros de ambos. Miguel Ángel usa la imagen de una grieta en un edificio (un recuerdo misterioso de su infancia) para adentrar al lector en la psicología de sus habitantes. Y Divisa, antes de situarse en la historia que va a narrar (segundo o tercer párrafo), también hace uso de esa imagen para captar el desencanto del narrador hacia Magdalena, una chica así como satánica y cabrona, muy cabrona. ¡Todavía los tengo que leer! (¿Quién dijo que mola mucho más adquirirlos?). Son púgiles hechos a la medida de Pernell Whitaker, que esperan atizar al Potro de Vallecas de a poquito en poquito, moviéndose, blocando y riendo en lo que ven que sus personajes van cediendo a su engaño. Qué gente. Una de las cosas que se me quedaron muy grabadas de la presentación de Miguel Ángel fue en respuesta de una pregunta del público. Venía a decir la cuestión algo que da un poco de miedo, pero muy tremenda, acerca de la autocensura que hace uno de cara a la lectura de las personas más cercanas a su vida. Él la ejercita con éxito, creo. Divisa seguro que también (aunque no lo diga). Lo admito, incluso en las redes sociales paso un calvario con esa cuestión y, hace poco, en una galerada, borré de cuajo un relato de unas cinco páginas por impío-degenerado. Abrazos, y gracias por la tarde del viernes. Luego fui al bar y mi amigo estaba de vacaciones, que le llamé y me contestó el buzón en no sé qué idioma.

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Llamadme ocioso, incluso vacío, aprendiz de megalómano a la manera de Ciudadano Kane. A lo que voy: He librado una “auténtica” lucha (completamente inútil, lo sé) para que, tanto mi biblioteca como mi selección discográfica (que tengo en el olvido), no sean las de un fanático. Y, hoy me da igual casi, pero creo que no lo he conseguido.

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De entre actitudes y hábitos que pudieran estar planificados por mi parte no estaba el hecho de fumar más allá de alguna calada esporádica a un cigarro que algún compañero hubiese extraído del bolsillo a algún familiar en algún pajar o las eras durante la niñez. El humo no me gustaba. Ni siquiera tras empezar a abusarlo de manera casi compulsiva en un ingreso hospitalario (donde estaba permitido) tras el que no tenía pensado retomar ese vicio que uso casi siempre de manera inconsciente y que es cada vez más caro. Sí sé haber reducido o ampliado su consumo, no voluntariamente. Simplemente he visto cambiar mi ritmo porque sí. Intento calcular una cifra de paquetes de veinte para hacer una división y obtener una cifra, pero luego lo dejo y sé que es probable que encienda uno nuevo. No me va que me den consejos al respecto sobre este vicio, más allá de compartir la manera de vivirlo de cada cuál. Suelo apagar mi cigarro si alguien me hace notar que le es molesto o perjudicial, algunas veces sólo para ahorrarme tener que escuchar los motivos por los que la persona en cuestión valora que es nocivo. Los he tenido que escuchar todos, por mucho que suela haber nuevos. Por muchas razones también odio echar humo por la boca y a veces he explicado, de cara a atajar más explicaciones (por encima del humo, odio las explicaciones, indiferentemente si me veo usándolas a mí u otra persona), que esa es la razón por la que hago uso del tabaco. Procuro sincerarme al respecto de este vicio, que es mío y no sólo mío, pensando en algún momento particular a lo largo de veintidós años de dejarme acompañar por cigarrillos, en el que me he encontrado fumando. La verdad que no hay demasiados. En especial recuerdo el sabor de un Fortuna (marca que yo no usaba más que prestada en favor de otras de precio similar o menor -sobre todo negro en los años en los que procuro situarme-), a finales de 1998. Me encontraba en la cama de mi habitación de los libros, tras cuatro días sin fumar (por voluntad propia) y expuesto a una multitud de miradas, juzgado sin que yo encontrase un motivo por demasiada gente de la que me libraría con el tiempo de volver a ver, mientras hacía consciente un diagnóstico y unas cuantas cajas de píldoras que, desde aquel entonces, me acompañan, aparte una pequeña pensión (que me sirve para tabaco) y alguna que otra revisión médica. Es cierto que odio ese vicio, incluso, salvo en pequeños recuerdos como el que he citado, el sabor del humo me es indeseable, por malo. Sin embargo, claro, he tenido que acostumbrarme a no echarlo en falta durante las salas de espera de las mencionadas revisiones, y es, con mucha diferencia, cuando más dinero pagaría por acceder a uno (no más de 3 €, diré).

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Acabo de ver mis recuerdos. Qué asco me doy en un día como hoy hace un año por las cosas que digo y por cómo las digo. Menos mal que hoy me caigo un poco mejor que hace un año en todos mis recuerdos (hasta llegué a poner que amaba a mi madre, que no es que no, pero ¿Ponerlo?). Y, sin embargo, recibía más corazones cayéndome fatal que hoy en día, que me veo como un tipo salaete a secas. Sí, incluso a veces pierdo un poco el norte y hablo con cierta vehemencia -que llego a creerme, aunque luego se me pase- acerca de un libro o algún autor o incluso cineasta o músico, tanto más o menos conocidos como aquel procedente de Islandia del que oí hablar un día en una tertulia y que he buscado por Internet sin encontrarlo. Hoy, de momento, me caigo bien, aunque me puedo ir abajo fácilmente incluso mirando lo que escribí aquí hace un año. Conviene saber estar en otra guerra, pasar página, olvidarse, calentar poco la mochila. Y no recordarse diciendo lo que conviene y lo que no es un buen paso. El mejor. Y un cigarro, sólo uno, aunque ayer escribiera un mamotreto sobre que el tabaco es basura, que lo es. Cómo mola el tabaco. Cuando yo no fume veré, quizá, este recuerdo y toseré mucho, debido a las putas alergias de la maravillosa y resplandeciente primavera.

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Con mucha diferencia, la prenda que más he usado en mi vida son los pijamas. Salgo a menudo con él puesto para tirar la basura, incluso en una ocasión aproveché que iba a una fiesta de disfraces para no cambiármelo y, sin embargo, dar el pego en la fiesta y, si no te mirasen raro, iría con él a la cafetería y a la ferretería, al estanco, al servicio técnico de Movistar, a correos e incluso lo llevaría puesto en el transporte público. El caso es que no te dejan. Y a lo que voy es que el pijama más guay que he tenido en mi vida (tela finita lo suficientemente holgada y sencillos motivos de rayas a cuadros negros sobre azul marino) se rasgó irreparable y salvajemente y mi tía, que busca muy bien entre las ofertas de las tiendas que ella conoce, me ha tenido que coger uno. Había una maldad intolerable en la frase que ha soltado nada más verme: “Te he tenido que coger la XL”, pero qué se le va a hacer (Ana es mucho más cruel, pues me sugiere dietas y sabe todo acerca de calorías, hidratos y vida sedentaria). De estar gordo lo que peor llevo son los mofletes. El caso es que no me he adaptado al pijama de verano que me ha traído. Es de marca, por mucho que ella me haya aclarado que costaba tres veces menos por estar fuera de temporada. Ese detalle me es nimio comparado con el hecho de que no tenga cordón. Y no sé qué vamos a hacer ahora, si puede lo cambiará por uno que sí traiga cordón (es que se caen). El cordón es muy importante, incluso más que el botón para sacar la pilila, a mi juicio. Yo creo que la culpa es del afán provocador de la gente que hace los diseños. Con las chanclas hicieron lo mismo. También puede ser que yo tenga que poner de mi parte y conseguir adaptarme. Me parece una cuestión definitiva de la que se habla poco. ¿Vosotros qué opináis? ¿Usáis pijama? ¿Cómo son vuestros pijamas? ¿Quién tiene la culpa del deterioro del pijama, los tiempos, EEUU o los putos genios? No sé.

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Es cierto que no está prohibido ir a correos en pijama. Mi idea de la diversión será todo lo personal o impersonal que uno quiera, sí, pero ¿Por qué no lo hago? Por la misma razón que ya no abro la puerta a los comerciales o a los testigos de Jehová vestido de Napoleón, cosa de la que he disfrutado haciendo en el pasado. A lo mejor otros tenéis la suerte de que no os pase, pero mi experiencia es que se ha extendido el rumor de que estoy chalao, lo cual, a otros no os pasará, lo sé, puede acabar fácilmente conmigo en un centro de asistencia social (sitios que se soportaban mejor cuando no prohibían fumar en ellos). Otra cosa que también me importa es la pérdida de crédito que se hace de tu calidad moral, el defenestro. Lo de menos es que auténticos despojos humanos te saluden al entrar en el bar a la voz de Ya llega el jodío trastornao, cosa que no sólo no me gusta sino que me veo cada vez menos armas para luchar contra ella.

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Los Escritos periodísticos de Benedetto es una de las mayores bazofias que no he terminado. Sé que es Benedetto. Sé que es Adriana Hidalgo. Procuro tener en cuenta tiempo y lugar. Sé que el autor era joven cuando lo escribió, por mucho que poco después escribiera sus mejores cuentos, con mucho lo mejor de su producción. Conozco lo básico de la biografía de Benedetto. Abrazaría a este hombre. Sus novelas hoy más mitológicas (La trilogía -dicen, y así la reeditó El Aleph- de Zama, El silenciero y Los suicidas) me es aburrida a más no poder, al igual que los cuentos que escribió en su exilio en El Escorial. De sus novelas, la única buena, para mí, bastante buena, pero tampoco para tanto, es “El pentágono”. Algún día lo mismo me da por leer “Sombras, nada más…”, título de bolero. Pereza enorme. Que Benedetto tenía una habilidad especial para recrearse en imágenes entrañables lo demuestra cuando quiere, pero muy poco. Era vaguete. Bueno con el drama, pero le puede una especie de deber que siente a la hora de cargárselo todo para hacer el puto chiste, cosa que le salía bien, y no siempre, a Mario Levrero (otro con el que a veces riño). Ya me callo. Me fascina, y al tiempo lo odio, ir a la feria del libro por muchas cosas muy diferentes. En Adriana Hidalgo me vine arriba, quizá porque es lo más parecido que queda de aquella caseta Los Tarahumaras -donde, hasta que desapareció, me gastaba los ahorros sin siquiera dejarme tentar por otras casetas-. Supuse que éste no lo podría encontrar -es el caso- y lo pillé, por si me entraba el runrún. Me callo ya. Decepcionante. Si tengo que ir a firmar, que parece que sí, iré a visitar las mejores editoriales pequeñas y medianas, cierto, de la Historia de España (a la vuelta de Palma e incluso con amigos o de la mano de mi papá y mi mamá).

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Ya pronto, imagino, va a salir mi último libro por el momento. Son relatos. Habrá quien diga, no necesariamente tras haberlo leído, que tratan sobre frivolidades y bajas pasiones. Que haya de eso, vaya si lo hay, no indica que el fondo sea ese. Sobre lo que subyace en algunos: El sexo o las drogas populares, por poner ejemplos conocidos que trato a veces, son temas en exceso subestimables, pero sí hay un tema al que refieren y del que hablo por encima de la ambientación. Es un tema que me toca de veras: La autoridad. Considero que los relatos que prefiero de este libro (calculo que habrá unos setenta u ochenta) son aquellos en los que se hace más manifiesto este término. El más universal que padezco.

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